Plantar árboles suele sonar a buena noticia. Pero un bosque no se construye solo sumando troncos. Un estudio publicado en 2026 ha encontrado que las antiguas plantaciones de abeto rojo o pícea de Noruega (Picea abies) de los Prealpes italianos albergan un 50,3 % menos de diversidad vegetal que los bosques caducifolios cercanos y un 74,5 % menos que los pastizales.
Las parcelas llevan alrededor de un siglo asentadas en el paisaje y, aun así, no han recuperado la riqueza vegetal de los hábitats que sustituyeron. El problema no es plantar árboles, sino convertir parte de un mosaico de prados y bosques nativos en filas densas de una sola especie. ¿La lección? Más árboles no siempre significan más naturaleza.
Una decisión de los años treinta
Las plantaciones estudiadas se instalaron en Monte Bisbino y Alpe del Vicerè, en la provincia de Como. Las del primer enclave datan de la década de 1930 y las del segundo se establecieron entre 1930 y 1935 dentro de un proyecto del régimen fascista. Aquellas políticas combinaban la protección hidrogeológica con la búsqueda de madera y ocuparon también pastos y tierras agrícolas.
El abeto rojo crece rápido y ofrece una madera apreciada. Era una elección práctica para una silvicultura centrada en la producción. El coste ecológico tardó décadas en hacerse visible.
Cómo se midió el impacto
Entre marzo y julio de 2023, el equipo siguió 25 parcelas permanentes de 9 metros cuadrados. Comparó monocultivos de abeto, bosques caducifolios nativos y prados o pastizales de montaña. El muestreo se repitió durante cinco meses para no perder especies que aparecen en momentos distintos de la temporada.
Los investigadores identificaron 136 especies de plantas y 201 especies o morfoespecies de artrópodos (grupos separados por rasgos visibles). También analizaron las capas superiores del suelo, donde se acumulan las acículas y se mueve buena parte de la vida pequeña del bosque. Era una radiografía bastante completa del paisaje, desde las hojas hasta la hojarasca.
Solo siete especies por parcela
El contraste fue claro. La mediana quedó en siete especies vegetales por parcela dentro de las plantaciones, frente a 18,5 en los bosques caducifolios y 37 en los pastizales. No es poca cosa.
En términos relativos, la diversidad vegetal fue un 50,3 % menor que en el bosque nativo y un 74,5 % menor que en la vegetación abierta. Los autores no encontraron un nuevo conjunto de especies especialmente adaptado al abeto. Lo que quedó fue, en buena parte, una versión empobrecida de la comunidad del bosque caducifolio.
La sombra que no descansa
Bajo un bosque de hoja caduca, la primavera llega al suelo antes de que las copas se llenen de hojas. Ese breve baño de luz permite que muchas plantas broten y florezcan temprano. Bajo los abetos perennes, esa ventana apenas se abre.
La cubierta mantiene poca luz durante todo el año y crea un microclima más fresco. Así quedan fuera muchas plantas de floración temprana, entre ellas varios geófitos (plantas que rebrotan desde bulbos o rizomas). El techo verde parece estable, pero el sotobosque pierde oportunidades.
El carbono que se acumula
El contenido de carbono orgánico fue un 25 % mayor en las plantaciones. A primera vista puede parecer una ventaja climática, pero el dato necesita contexto. Buena parte de ese carbono se acumuló porque las acículas se descomponen más despacio y la materia orgánica tarda más en volver al ciclo de nutrientes.
Además, el suelo bajo los abetos era más ácido, con valores de pH que oscilaron entre 4,11 y 6,58. La proporción entre carbono y nitrógeno también era mayor, una señal de recambio lento y menor disponibilidad de nutrientes. En el fondo, el suelo almacena más restos, pero los recicla peor.
Menos funciones ecológicas
El equipo también midió la regularidad con la que se reparten los distintos papeles ecológicos de las plantas. Ese indicador, conocido como equidad funcional, fue un 30 % menor en los monocultivos. Dicho de forma sencilla, había menos variedad en la manera de aprovechar la luz, el suelo y el espacio.
Una comunidad con huecos funcionales puede usar peor los recursos y responder con menos solidez ante cambios bruscos o perturbaciones. El estudio habla de una menor estabilidad potencial, no de un colapso inmediato. Ese matiz importa.
Los artrópodos no respondieron igual
La diversidad de artrópodos del suelo no mostró una diferencia estadísticamente clara entre los tres hábitats. La mediana fue de 25 taxones por parcela en los abetales, 28,5 en el bosque caducifolio y 37 en los pastizales. Aquí la historia es menos contundente.
Los propios autores señalan varias explicaciones posibles, como la movilidad de estos animales entre hábitats vecinos o su recuperación a lo largo de las décadas. También advierten de una limitación importante. Las trampas usadas capturan sobre todo fauna del suelo y la hojarasca, por lo que polinizadores, herbívoros y especies ligadas a la madera muerta quedaron peor representados.
Qué deben cambiar las reforestaciones
La conclusión no es que reforestar sea un error. Restaurar terrenos degradados sigue siendo necesario para frenar la pérdida de bosques y ayudar frente al cambio climático. Pero plantar una sola especie por su rápido crecimiento puede crear una cubierta verde que no recupera la complejidad del ecosistema.
En la práctica, los proyectos deberían medir algo más que hectáreas plantadas, supervivencia de árboles y carbono. También necesitan seguir la diversidad de plantas, la calidad del suelo, la mezcla de especies y la recuperación del sotobosque durante años. Un bosque no es una plantación con más tiempo.
Los autores recomiendan vigilar las intervenciones a largo plazo y favorecer masas con distintas especies, porque restaurar no consiste solo en contar árboles.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Ecosystems.



