Naturaleza

250 millones de años de evolución casi intacta en un solo animal: así es el reptil que fue padre por primera vez a los 111 años y sigue sorprendiendo a los expertos

Henry, el tuátara que fue padre a los 111 años, vuelve a sorprender con nuevos hallazgos sobre una especie única.

250 millones de años de evolución casi intacta en un solo animal: así es el reptil que fue padre por primera vez a los 111 años y sigue sorprendiendo a los expertos

Henry, el tuátara más famoso de Nueva Zelanda, fue padre por primera vez en 2009 a una edad estimada de 111 años. De los 12 huevos puestos por Mildred, 11 eclosionaron después de 223 días de incubación, un caso extraordinario incluso para una especie conocida por vivir durante décadas.

Diecisiete años después, Henry sigue despertando interés. La ficha actual del Ayuntamiento de Invercargill lo sitúa en torno a los 135 años y nuevos estudios publicados en 2026 muestran por qué su especie es mucho más que una rareza longeva. Su cerebro, su esqueleto y hasta su forma de cazar guardan pistas sobre la evolución y han inspirado nuevas herramientas informáticas.

Henry fue padre, no madre

Conviene aclararlo desde el principio. Henry no dio a luz, porque es un macho. Fue Mildred, una hembra que entonces rondaba los 70 años, la que puso los huevos que dieron lugar a las 11 crías.

La historia tuvo un giro inesperado. Henry había mostrado una conducta muy agresiva y había llegado a morder la cola de Mildred, pero su comportamiento cambió tras la extirpación de un tumor canceroso situado cerca de sus genitales. Poco después se reprodujo con éxito y se convirtió en una celebridad internacional.

En la actualidad vive en Te Moutere Tuatara Island, un recinto especializado construido en 2024 dentro de Queens Park, en Invercargill. Allí dispone de madrigueras, zonas para tomar el sol y espacios pensados para que pueda trepar, excavar y comportarse de una forma más natural.

Un reptil que no es un lagarto

A simple vista parece un lagarto robusto con una cresta de espinas. Sin embargo, el tuátara pertenece a Rhynchocephalia, un linaje distinto que se separó de los antepasados de lagartos y serpientes hace alrededor de 250 millones de años. Hoy es el único representante vivo de ese antiguo grupo.

Por eso suele recibir el nombre de «fósil viviente», aunque la expresión necesita un matiz. No ha permanecido congelado desde la época de los dinosaurios. También ha evolucionado y existen diferencias relacionadas con la edad, el tamaño y el sexo de cada individuo.

Su famoso «tercer ojo» tampoco funciona como los dos ojos normales. Es un ojo parietal situado en la parte superior de la cabeza, con estructuras sensibles a la luz, pero no forma imágenes completas. Los científicos creen que ayuda a detectar cambios de luminosidad y que puede intervenir en los ritmos biológicos y la regulación térmica.

El cerebro conserva señales antiguas

Un estudio publicado en mayo de 2026 analizó el cerebro de un ejemplar de tuátara mediante inmunohistoquímica. Esta técnica utiliza marcadores para localizar sustancias que participan en la comunicación entre neuronas y permite reconocer distintas regiones cerebrales.

Los investigadores estudiaron 12 neurotransmisores y neuropéptidos, con especial atención al cerebro anterior y al cerebro medio. La conclusión fue que la distribución observada muestra una «notable semejanza» con la descrita en las tortugas. Esa coincidencia puede ayudar a reconstruir cómo estaban organizados algunos circuitos de los primeros reptiles.

Pero hay que mantener la prudencia. El trabajo se realizó con un solo cerebro y los propios autores recuerdan que existen pocos estudios modernos debido a las necesidades de conservación de la especie. Es una pieza valiosa del puzle, no la última palabra.

Un esqueleto leído en tres dimensiones

Otro estudio de 2026 utilizó tomografías computarizadas para examinar el esqueleto axial de 33 tuátaras de diferentes edades y sexos. Los modelos en tres dimensiones permitieron estudiar con detalle las vértebras, las costillas y los cambios que aparecen durante el crecimiento.

El equipo identificó siete regiones en la columna y confirmó que el tamaño es uno de los factores que más influye en la forma de las vértebras. Los ejemplares grandes presentan, en proporción, espinas neurales más altas y vértebras más cortas y estrechas. Y eso se nota cuando se comparan animales jóvenes y adultos.

¿Qué aporta todo esto a la paleontología? Puede ayudar a separar las diferencias normales dentro de una misma especie de aquellas que realmente podrían indicar especies distintas en el registro fósil. También ofrece una referencia mejor para comparar al tuátara actual con sus parientes del Jurásico.

La naturaleza inspira un algoritmo

La sorpresa más inesperada llega desde la ingeniería. Un grupo de investigadores presentó en 2026 el «Algoritmo de Optimización del Tuátara», una herramienta informática inspirada en tres comportamientos del animal, la búsqueda de alimento a larga distancia, sus movimientos nocturnos imprevisibles y la caza al acecho.

El método convierte esas conductas en fases de exploración y ajuste de posibles soluciones. Sus autores lo probaron en cuatro problemas de diseño de ingeniería y lo compararon con otros nueve algoritmos, obteniendo mejores resultados estadísticos en sus ensayos.

Aun así, se trata de una propuesta reciente. Los resultados deben repetirse con más problemas, en otros equipos y en situaciones reales antes de hablar de una ventaja general. Es prometedor, pero el camino entre una prueba informática y una aplicación industrial puede ser largo.

Una especie antigua que necesita protección

La longevidad de Henry puede dar una falsa sensación de seguridad. El Departamento de Conservación de Nueva Zelanda explica que las poblaciones silvestres naturales sobreviven sobre todo en islas sin roedores introducidos, porque estos depredadores comen huevos y crías y compiten por el alimento.

Además, el sexo de las crías depende de la temperatura de incubación. Las temperaturas más altas producen una mayor proporción de machos, por lo que el calentamiento del clima puede desequilibrar algunas poblaciones. Un animal capaz de superar el siglo de vida también puede ser vulnerable a cambios rápidos. No es poca cosa.

En el fondo, Henry es mucho más que la historia simpática de un padre tardío. Su especie funciona como una ventana a millones de años de evolución, pero conservar esa ventana exige proteger sus hábitats, controlar a los depredadores introducidos y vigilar los efectos del aumento de las temperaturas. 

El estudio más reciente sobre el cerebro del tuátara ha sido publicado en Brain, Behavior and Evolution.

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