Género, salud y medio ambiente, derechos y oportunidades

Por salud entendemos el estado de bienestar que resulta de la interacción de los principales determinantes de salud, y la relación que se establece entre los mismos. El modelo social de salud (1) considera que el bienestar y la salud se ven afectadas por las complejas interacciones entre los factores económicos y sociales, el ambiente físico y el comportamiento individual, así como por factores hereditarios. Salario, empleo, vivienda, acceso a la educación y a los servicios básicos son determinantes de salud, que modulan los niveles de salud. Estos determinantes tienen un desigual impacto entre mujeres y hombres.

El medio ambiente incluye aquellas condiciones físicas, económicas, políticas y socio culturales que nos rodean y que varían a lo largo de los años, y a lo largo de nuestra vida. Estas condiciones constituyen un riesgo para la salud y afectan de una forma diferente a mujeres y hombres.

Hablar de exposición a riesgos ambientales supone identificar aquellas situaciones que ponen en peligro la salud.  En estos momentos el cambio climático y la exposición a riesgos medioambientales son hechos que están siendo estudiados. Por ejemplo, están bien documentados los riesgos de  la contaminación del aire, el medio ambiente laboral o la presencia de ambientes obesogénicos, que se han visto determinados por el aumento en la disponibilidad y promoción de comida barata y altamente calórica. (2)

En las dos últimas décadas se ha reflexionado mucho en la investigación en salud sobre las diferencias y desigualdades entre mujeres y hombres, buscando teorías que explicaran esta variabilidad. Las teorías feministas y el análisis de género en salud o perspectiva de género (PG) son paradigmas que consideran el género un elemento central que explica una parte del origen de estas desigualdades. Género, entendido como constructo social que asigna roles diferentes a mujeres y hombres en el proceso de socialización, y que establece unas relaciones de poder desiguales entre ambos sexos.

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Desde el ámbito legal, los tres momentos impulsores para la incorporación de la PG en la investigación en salud son: La Ley 30/2003, de 13 de octubre, sobre medidas para incorporar la valoración del impacto de género, que aprueba integrar la transversalidad de género en el conjunto de las políticas comunitarias (3). La Ley 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva entre mujeres y hombres, en la que se indica que se deberá incluir sistemáticamente la variable sexo en las estadísticas, las encuestas y la recogida de datos, y también “fomentar la investigación científica que atienda las diferencias entre mujeres y hombres» (4). Y, en 2008, las recomendaciones del Consejo de Ministros de los Estados Miembros para que se incluyan las diferencias de género en las políticas de salud (5).

Pero ¿por qué integrar la perspectiva de género en el análisis de los problemas de salud en relación al medioambiente? Fundamentalmente, porque, aunque mujeres y hombres somos biológicamente distintos, los roles de género que nos han sido asignados a lo largo de la vida nos exponen a diferentes riesgos medioambientales. A lo que se añaden las diferencias en el acceso a la salud.

Así, se han originado importantes desigualdades. Desigualdades que están motivadas en gran medida por la división genérica del trabajo, la distribución de beneficios y recursos entre unos y otras y el modo en el que se establecen las relaciones de poder entre mujeres y hombres (6).  Las diferencias de salud entre hombres y mujeres, motivadas por diferencias de sexo o de género pueden resultar discriminatorias, y ser injustas y evitables. Es decir, pueden ser desigualdades e inequidades de género en el estado de salud y en la atención sanitaria. (7)

Distintas investigaciones señalan diferencias en el conocimiento científico. En el ámbito de la salud laboral, se conoce menos sobre determinantes de salud en las mujeres que en los hombres. Por ejemplo, en el caso del medio ambiente laboral,  la exposición a pesticidas fue considerada como un riesgo que afectaba a los hombres; no obstante, estudios que analizaban la exposición entre mujeres granjeras observaron que las concentraciones de los hidrocarbonos hidroclorinados alcanzaban mayor concentración en el cuerpo de las mujeres porque estos compuestos son solubles en grasa y las mujeres tienen mayor adiposidad. (8)

En el campo de la seguridad en la salud ocupacional y ambiental, en el documento de la OPS (9), se cita que las mujeres no suelen estar incluidas en los estudios toxicológicos y que cuando se les considera, o no se tiene en cuenta su especificidad biológica o solamente se atiende a su potencial reproductor. Otro estudio señalaba que los reglamentos contra el plomo solo ofrecían protección a las mujeres en edad fértil,  lo que suponía que se pasaban por alto los riesgos para la salud del resto de mujeres, y  los riesgos para la salud, reproductiva o de otro tipo, de los hombres. También destacan que hay que centrarse en las diferencias biológicas no reproductivas entre mujeres y hombres, ya que las mujeres tienen una proporción mayor de tejido adiposo, que aumenta el riesgo de los productos químicos solubles en grasa, así como la piel más delgada y un metabolismo más lento, que originan diferencias en la absorción, metabolismo y excreción de productos químicos.

Se reconoce que los ambientes obesogénicos son determinantes de obesidad en la infancia y adolescencia, pero pocos estudios han documentado el modo en el que el medio ambiente, a nivel macro y micro, contribuye a la obesidad en la infancia (10,11). La obesidad puede, en parte, ser resultado de la influencia de la búsqueda de beneficio económico por parte de las empresas; ha aumentado la venta de comida rápida y rica en grasas que incrementa la ingesta de más calorías, y a la vez, el aumento de venta de coches influye en el descenso de la actividad física y la consiguiente disminución de gasto energético (12). Los retos con los que se enfrenta el problema de la obesidad en estos momentos serían dos, tratar a las personas obesas y prevenir la obesidad. Para ello es necesario identificar tanto los factores psicológicos y de comportamiento como los factores socioeconómicos y ambientales. Hay que replantearse las estrategias de prevención incorporando los nuevos conocimientos de los factores asociados (13).

El efecto de la contaminación del aire en los problemas respiratorios también es diferente en hombres y mujeres. En un reciente artículo se señala que existe una mayor afectación en las mujeres que en los hombres, aunque no hay consistencia en esta asociación, y plantean la necesidad de incorporar la perspectiva de género en el estudio de la epidemiología medioambiental; así, habrá que desagregar los datos biológicos y sociales por sexo para poder estudiar las diferencias entre mujeres y hombres (14).

Nos planteamos una cuestión ¿se pueden cambiar los factores sociales de vulnerabilidad de género que determinan los riesgos medioambientales y sus efectos en la salud? Se han citado leyes y normativas cuya aplicación debería favorecer un aumento de la sensibilidad de género en el estudio de los problemas de salud y medio ambiente y en el desarrollo de políticas de salud. También se deben realizar más investigaciones que incluyan el análisis separado por sexos, y que utilicen el género como categoría de análisis; esto posibilita identificar las causas de esas desigualdades, contribuirá a promover una equidad de género en la salud y en el acceso a los servicios y reducirá las situaciones discriminatorias, injustas y evitables.

Fuente: Artículo de introducción del Especial de mes de mayo del boletín de ECODES. Texto y coordinación del especial de Concepción Tomás Aznar.

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