Humanos avanzan, glaciares andinos retroceden

El Antisana es un nevado del ramal oriental de la Cordillera de los Andes, cuyas tres gibas se admiran desde Quito en días despejados, pues se encuentra en su misma latitud, apenas al sur de la línea equinoccial y 50 kilómetros hacia el este.

Por su importancia estratégica, es el más estudiado de estas cumbres andinas. Se mide su longitud anualmente y su masa cada mes, como parte del seguimiento del francés Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD), junto al Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología y (INAMHI) y la Empresa Metropolitana de Alcantarillado y Agua Potable de Quito (EMAAP-Q.

El Cotopaxi, uno de los volcanes activos más altos del mundo, cuyo níveo cono también se ve desde Quito, perdió 40 por ciento de su masa glaciar entre 1976 y 2006, indicó Bernard Francou, representante del IRD en Ecuador, en entrevista con Tierramérica.

Los estudios del IRD y sus contrapartes nacionales han demostrado que en Ecuador ocurre lo mismo que en los glaciares de las cordilleras Real, de Bolivia, y Blanca, de Perú y Colombia, que han perdido, en promedio, 30 por ciento de su masa.

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En el caso de los nevados que no llegan a los 5.400 metros sobre el nivel del mar (m.s.n.m.) el deterioro es mayor, como pasa con Chacaltaya y Charquini, en Bolivia, Broggi, Yanamarey y Pastoruri en Perú, y Carihuairazo en Ecuador, que se estima desaparecerán en un plazo de 10 a 20 años.

Bolívar Cáceres, responsable del proyecto Glaciares en el Ecuador que el INAMHI mantiene desde 2000, precisó a Tierramérica que se realiza «el monitoreo del balance de masa, de energía y dinámica de los nevados, sobre dos del Antisana (el 15 y Los Crespos) y sobre el Carihuairazo».

Este experto cree que hay que profundizar más el estudio de los cambios sufridos con las variaciones del clima y «su posible relación con el recalentamiento global, lo cual aún no es bien conocido».

La ingeniera ambiental Margarita Arias, que realiza una tesis de maestría en el Antisana, explicó a Tierramérica que utiliza modelos matemáticos para discriminar cuál de las variables meteorológicas (temperatura, velocidad del viento, brillo del sol y otras), tiene mayor influencia en su retroceso.

Aunque sabemos que se trata el cambio climático, lo que «tratamos de determinar es su influencia de manera exacta», puntualizó Cáceres.

Tras muchos estudios, la conclusión de Francou, con todas las precauciones que toman los científicos, es que «el aumento de la temperatura atmosférica, y su efecto sobre la altura del límite nieve/lluvia, debe ser la causa más probable del aumento de la línea de equilibrio de los glaciares».

Francou, uno de los mayores expertos mundiales en la materia y autor o coautor de libros y artículos científicos y de divulgación, indicó que la disminución de los glaciares es uno de los marcadores del cambio climático.

Las cosas han cambiado radicalmente en todos los Andes tropicales en los últimos 35 años, si bien estas masas heladas han venido disminuyendo desde el final de la llamada Pequeña Edad del Hielo (PEH), precisó.

Los paleoclimatólogos llaman así al período frío iniciado en el siglo XIV y que terminó a mediados del siglo XIX y, en el caso concreto de los Andes ecuatoriales, hacia 1880.

«La dramática pérdida de glaciares en estos últimos lustros es antrópica, es decir producida por el hombre, consecuencia del errado modelo de consumo de energía al que se aferra la actual civilización», sostuvo Francou, colaborador del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés).

Francou y sus colegas realizan estudios con distintos métodos, incluso en los «archivos de hielo», es decir realizando perforaciones en el hielo y observando sus señales químicas e isotópicas.

Científicos del IRD y andinos han sacado muestras profundas en la cima del Chimborazo (6.280 m.s.n.m.), en Ecuador, en el Illimani (6.350 m.s.n.m.) y el Sajama (6.550 m.s.n.m.), en Bolivia, y perforaciones cortas en los nevados ecuatorianos Antisana, Cotopaxi y Cayambe.

Estudiando las muestras de columnas de hielo de las profundidades de los glaciares que subsisten han realizado una reconstrucción climática de los últimos 20.000 años, para diseñar modelos de escenarios climáticos presentes y futuros.

Para conocer la historia de los glaciares en estos últimos siglos, además de los «archivos de hielo», se usan otras fuentes, como la cartografía antigua y las observaciones hechas desde el siglo XVIII por científicos, exploradores y pintores, aunque las miran con ojo crítico.

Modernamente, los glaciólogos echan mano de la datación de las morrenas depositadas por los glaciares y de una cartografía precisa de la evolución de sus superficies con ayuda de fotografías aéreas.

Así han encontrado que la línea de nieve permanente de los Andes ecuatoriales se mantuvo constante entre los 4.750 y 4.800 m.s.n.m. desde comienzos del siglo XVIII a inicios del XX, que luego retrocedió levemente y que hacia 1975 perdió su equilibrio entre los 4.900 y 4.950 m.s.n.m.

A partir de entonces, la pérdida se aceleró bruscamente. Hoy la línea de nieve permanente está en 5.100 m.s.n.m. Los pocos glaciares que subsisten en algunas montañas de Ecuador debajo de esa altura «están condenados a desaparecer irremisiblemente en pocos decenios», sostienen.

Pero Francou se resiste a especular sobre lo que puede pasar con los glaciares más grandes que en general están sobre los 5.100 m.s.n.m.

«Para saberlo se requeriría relacionar modelos matemáticos sobre las tendencias del clima del futuro con una modelación de su respuesta dinámica. Eso requiere de una base de información glaciológica que no existe todavía sobre ninguno de los Andes», explicó.

«Por lo tanto, toda clase de especulación o de declaración perentoria que repercuta en la prensa sobre la desaparición de los glaciares dentro de tal o cual lapso no tiene ninguna base científica», enfatizó.

Con todo, acepta que la simple extrapolación de la tendencia climática de los últimos 35 años a los próximos decenios «es fatal para muchos glaciares, particularmente para los más pequeños, los cuales son los más desequilibrados frente al clima actual».

«Pero», exclamó, «¡el clima es nuestra responsabilidad! Y tenemos que hacer todo para revertir esta tendencia…Cada uno desde su función. Por eso es tan importante la prensa», puntualizó.

* Este artículo fue publicado originalmente el 5 de junio por la red latinoamericana de diarios de Tierramérica.

http://ipsnoticias.netGonzalo Ortiz

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