Una carcajada parece algo espontáneo, casi imposible de medir. Sin embargo, detrás de cada «ja» hay pausas, respiración y un ritmo. Un nuevo estudio ha descubierto que humanos, chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes comparten una estructura temporal sorprendentemente regular al reír.
Los investigadores creen que ese patrón ya estaba presente en el antepasado común de todos los grandes simios, hace unos 15 millones de años. En la comparación, la risa humana aparece más rápida, variable y sensible al contexto. Esto no demuestra que el lenguaje naciera de una carcajada, pero sí ofrece una pista poco habitual sobre cómo aumentó nuestro control de la voz.
Una risa con metrónomo
El patrón identificado se llama isocronía. Significa que los sonidos de una secuencia aparecen separados por intervalos parecidos, como los golpes de un metrónomo. Dicho de forma sencilla, el «ja, ja, ja» no sale completamente al azar.
El equipo encontró esta regularidad en todas las especies analizadas. En total estudió 140 secuencias de risa de 17 individuos, entre ellos cuatro orangutanes, dos gorilas, tres bonobos, cuatro chimpancés y cuatro niños. Es una muestra pequeña, pero se trata de la primera comparación de este tipo que incluye a todos los grandes simios actuales.
Cómo escucharon las carcajadas
Las grabaciones de los simios se realizaron entre 2004 y 2006 en siete instituciones. Los animales estaban en sus entornos habituales y participaban en interacciones de juego con personas conocidas, que también les hacían cosquillas de manera controlada. Los niños, con edades de seis meses a siete años, fueron grabados mientras jugaban con sus madres en casa.
Los científicos no se centraron en si una risa era más aguda, fuerte o ronca. Midieron el tiempo entre el inicio de un sonido y el siguiente. A partir de las secuencias seleccionadas obtuvieron 458 intervalos útiles para comparar el tempo, la regularidad y la variación de la risa.
Las cosquillas muestran el ritmo
La risa provocada por las cosquillas fue la más regular, mientras que la del juego social se apartaba más del ritmo exacto. ¿Por qué puede ocurrir? Correr, forcejear o girar el cuerpo altera el pecho y la respiración, y eso también cambia la salida de la voz.
Para los autores, las cosquillas ofrecen una ventana menos alterada por los movimientos propios del juego. Así resulta más fácil observar el patrón respiratorio y vocal de fondo. Y ahí aparece ese pulso compartido que, según la reconstrucción evolutiva del equipo, podría tener millones de años.
La risa humana cambia de marcha
El análisis también detectó que el tempo de la risa se aceleró a lo largo de la evolución de los grandes simios. Los humanos mostraron la mayor variabilidad temporal y, dentro de esta muestra, fueron los únicos que cambiaron claramente la velocidad según el contexto estudiado. Los niños reían más rápido con cosquillas que durante el juego.
Eso conecta con algo muy cotidiano. No reímos igual cuando alguien nos hace cosquillas que cuando intentamos ser educados en una reunión, cometemos un error incómodo o nos contagia la carcajada de un amigo. El estudio no midió todas esas situaciones, pero sus resultados encajan con una capacidad humana mucho más flexible para ajustar el tiempo de la voz.
Una pista sobre el habla
«El habla no deja fósiles y el lenguaje complejo existe solo en nuestra especie», explica Chiara De Gregorio, autora principal del trabajo. Ese es el problema de estudiar cómo empezamos a hablar. Los huesos pueden conservarse durante millones de años, pero una voz desaparece en cuanto termina el sonido.
La risa permite rodear en parte ese obstáculo porque sigue presente en todos los grandes simios. Su estructura repetitiva exige coordinar la respiración, la producción de la voz y el tiempo de cada movimiento. Esas capacidades no son lenguaje, pero forman parte de la maquinaria que habría favorecido sonidos cada vez más controlados.
No fue un salto repentino
La principal idea del estudio es que el control vocal humano podría haberse construido poco a poco. En lugar de aparecer de repente con los primeros humanos, algunas capacidades relacionadas con el ritmo ya existirían en antepasados mucho más antiguos y se habrían vuelto progresivamente más flexibles.
Marina Davila-Ross, coautora de la investigación, resume esta interpretación al señalar que ese control «ya se estaba construyendo, paso a paso, durante la evolución de los homínidos». La risa sería así un hilo vivo que conecta formas antiguas de comunicación con nuestra capacidad actual para modular la voz.
Reír evita malentendidos
En los grandes simios, la risa aparece sobre todo durante el juego y otras interacciones amistosas. Ayuda a señalar que un empujón, una persecución o un forcejeo no son una agresión real. En la práctica, funciona como una etiqueta sonora que dice «esto es juego».
Esa función social pudo ser importante mucho antes de que existieran las palabras. Mantener una interacción positiva, coordinarse y reducir malentendidos son necesidades básicas para animales que viven y juegan con otros. La carcajada no solo expresa alegría, también organiza la relación.
Lo que falta por saber
El trabajo no prueba que la risa se transformara directamente en lenguaje. Tampoco permite escuchar a un antepasado de hace 15 millones de años. La fecha surge de comparar las especies actuales y situar el patrón compartido sobre su árbol evolutivo.
Además, solo participaron entre dos y cuatro individuos de cada especie, y la mayoría de los simios fue observada fuera de su hábitat natural. Los propios autores reconocen que harán falta muestras mayores para precisar cuánto varía la risa dentro de cada especie. El hallazgo es sugerente, pero no es la última palabra.
Una ventana al pasado
La conclusión más sólida es sencilla. Todos los grandes simios estudiados mantienen una risa de base regular, mientras que los humanos muestran más velocidad, variación y ajuste al contexto. Lo antiguo sigue ahí, debajo de cada carcajada.
¿Puede una risa explicar por sí sola el origen del lenguaje? No, pero sí revela que un componente del control rítmico relacionado con el habla tiene raíces más profundas de lo que parecía.
El estudio científico fue publicado el 25 de junio de 2026 en la revista Communications Biology.



