Descubren que las abejas utilizan huesos de búhos gigantes para construir nidos más seguros y duraderos

Publicado el: 23 de abril de 2026 a las 08:01
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Abeja sobre hueso fósil con cavidades usadas como nidos en cueva de República Dominicana.

En una cueva del sur de República Dominicana, un equipo de paleontólogos encontró algo que no estaba buscando. En lugar de un “simple” registro de extinciones pasadas, apareció una escena extraña y muy reveladora, abejas solitarias usando cavidades de huesos y dientes como pequeñas guarderías para sus larvas.

Lo importante no es solo lo llamativo de la imagen. Este hallazgo aporta una pista nueva sobre cómo se adaptan los polinizadores cuando el entorno aprieta, y también sobre el valor ecológico de las cuevas como archivos naturales que pueden desaparecer en silencio si no se protegen.



Una cueva dominicana que guardaba dos historias

El lugar se conoce como Cueva de Mono y está en la isla de La Española (donde hoy están Haití y República Dominicana). Allí, durante miles de años, se fueron acumulando capas y capas de restos de animales, con episodios marcados por depósitos de carbonato ligados a periodos lluviosos.

Una parte clave de esa historia la escribieron lechuzas de gran tamaño. Los investigadores creen que, generación tras generación, estas aves llevaron presas a la cueva y también regurgitaron egagrópilas con huesos, convirtiendo el interior en un auténtico almacén de restos.



El detalle en un diente que encendió la alarma

La pista empezó en algo muy pequeño. Al limpiar mandíbulas y cráneos de roedores, Lázaro Viñola López vio que en algunos huecos dentales el sedimento no tenía el aspecto “desordenado” de un relleno normal, sino un acabado liso y con forma, como si alguien lo hubiera trabajado a propósito.

Él mismo lo resumió con una frase muy directa, “Okay, there’s something weird here”. Y esa sensación no era un capricho, porque cuando limpias fósiles, lo habitual es retirar ese sedimento sin más, así que detectar una textura distinta es, literalmente, ver lo que otros pueden borrar sin querer.

A partir de ahí, el equipo fue encajando piezas. Lo que parecía un nido de avispa no terminaba de cuadrar, y al comparar con estudios sobre “icnofósiles” (rastros fósiles indirectos), la idea cambió de golpe, aquello tenía más pinta de celdas de cría construidas por abejas.

Un nido sin abeja, pero con nombre propio

Aquí viene uno de los matices más interesantes. No encontraron cuerpos de abejas fosilizados, algo esperable en un ambiente cálido y húmedo donde los insectos pequeños se degradan con facilidad. Aun así, las estructuras eran tan características que pudieron describirse y clasificarse como un tipo de rastro fósil.

Esas celdas recibieron un nombre, Osnidum almontei. El nombre honra a Juan Almonte Milan, vinculado al hallazgo y al trabajo paleontológico en la zona, y sirve para identificar el “rastro” aunque la abeja concreta siga siendo una incógnita.

Este punto es clave para entender por qué el descubrimiento pesa más de lo que parece. La mayoría de la gente piensa en abejas como colmenas y miel, pero los investigadores recuerdan que solo una parte pequeña es social, y que muchísimas especies llevan vida solitaria, poniendo huevos en cavidades discretas y dejando alimento para la larva.

Lo vieron sin romper nada, escáner y modelos 3D

Para confirmar la sospecha sin destruir fósiles, el equipo usó escáneres tipo tomografía (CT) para “ver” dentro del sedimento. Con esas imágenes pudieron reconstruir en 3D las formas internas y comprobar que no eran rellenos casuales, sino celdas bien definidas, con paredes trabajadas.

En algunos casos, el detalle es casi cinematográfico. En un solo alvéolo (el hueco donde encaja un diente) llegaron a identificar hasta seis celdas encajadas una dentro de otra, señal de que distintas generaciones reutilizaron el mismo espacio. Es el tipo de dato que convierte una anécdota en comportamiento repetido.

Y hay un detalle más que conecta con la ecología real. En algunas celdas se detectaron granos de polen antiguos, lo que encaja con la idea de que la hembra sellaba alimento dentro para que la larva lo consumiera al nacer, como hacen muchas abejas actuales.

La clave estaba fuera, un paisaje sin suelo

¿Por qué una abeja excavadora acabaría criando dentro de una cueva y, encima, dentro de huesos. La explicación más plausible no es “misterio”, sino paisaje. La zona es kárstica, con mucha caliza y suelos muy pobres o arrastrados, algo que limita dónde se puede excavar con seguridad.

Mitchell Riegler, coautor, lo explicó de forma muy gráfica al describir esa caliza afilada y la pérdida de suelos naturales. En la práctica, el sedimento que sí se acumula termina muchas veces dentro de cuevas, y ahí puede aparecer un “parche” habitable para animales que, fuera, lo tendrían mucho más difícil.

Además, el “material” no faltaba. Si durante generaciones hubo lechuzas dejando restos de presas, las cavidades de mandíbulas, vértebras o dientes ofrecían huecos del tamaño perfecto, protegidos y listos para usar. Para una abeja solitaria, eso puede ser la diferencia entre sacar adelante una puesta o perderla.

Qué nos dice esto sobre polinizadores y conservación

La lectura ecológica va más allá del titular curioso. Este comportamiento muestra hasta qué punto algunas abejas pueden ser oportunistas y adaptarse a microhábitats raros cuando el entorno “normal” (suelo disponible, textura adecuada, estabilidad) no acompaña. ¿Qué significa esto en la práctica? Que proteger la biodiversidad también es proteger lugares pequeños y poco vistosos, como taludes, suelos sanos o cuevas que actúan como refugio.

También es un recordatorio de que las cuevas no son solo turismo o geología. Son bibliotecas naturales, con información sobre fauna, clima y relaciones ecológicas del pasado, y pueden estar en riesgo por decisiones muy mundanas. En este caso, llegó a plantearse convertir la cueva en una instalación séptica, y el equipo aceleró la retirada de fósiles ante esa posibilidad. Así de frágil puede ser un yacimiento.

Y queda trabajo por delante. Los investigadores han señalado que todavía quedan muchos fósiles recuperados por analizar, así que es probable que aparezcan más sorpresas sobre cómo funcionaba aquel ecosistema caribeño, con sus especies hoy extintas y sus polinizadores aún poco conocidos. No es poca cosa.

El estudio ha sido publicado en Royal Society Open Science.

Imagen autor

Adrián Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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