El lobo ibérico tiene espacio para avanzar, pero no consigue ocuparlo al ritmo esperado. Un estudio liderado por la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) señala que la elevada mortalidad de los animales que viven dentro de las manadas está frenando la recuperación, incluso más que las bajas de los ejemplares dispersantes.
El dato central es llamativo, aunque procede de un modelo y no de una predicción cerrada. Reducir un 10% la mortalidad de los lobos residentes haría crecer los grupos familiares, mejoraría la reproducción y podría duplicar el área de distribución en unas tres décadas. No es poca cosa.
Una expansión que no llega
Durante las últimas décadas, varias poblaciones de lobos de Europa y Norteamérica han recuperado terreno, incluso en paisajes muy transformados por las personas. En la península ibérica, en cambio, la distribución apenas ha variado pese a que existen amplias zonas con hábitat adecuado. Algunas áreas se colonizan, pero otras se pierden.
El caso más claro es Sierra Morena, donde la población terminó desapareciendo. Ana Morales, primera autora del trabajo, resume el punto de partida con una pregunta sencilla. «¿Qué factores podrían explicar esta dinámica?»
La manada es la pieza clave
Los lobos dispersantes son los que abandonan su lugar de nacimiento y buscan nuevos territorios. Parecía lógico pensar que protegerlos sería la vía más rápida para ampliar el mapa, pero el modelo mostró que reducir solo su mortalidad cambiaba poco la trayectoria de la población.
La diferencia apareció al actuar sobre los residentes, los lobos que forman parte de una manada. Eloy Revilla, coautor del estudio, explica que «la muerte de estos individuos genera efectos en cascada». La pérdida resulta especialmente grave cuando afecta a uno de los reproductores.
No desaparece solo un ejemplar. También se debilita la familia que cría a los cachorros, se reproduce y mantiene ocupado el territorio. Y eso se nota en todo el mapa.
Qué cambia con un 10%
La reducción simulada del 10% en la mortalidad de los residentes aumentó un 11% el tamaño medio de los grupos y un 8% el éxito reproductor. Las distancias de dispersión crecieron alrededor de un 130%, desde unos 32 kilómetros hasta más de 70 kilómetros en línea recta.
¿Por qué viajarían más lejos los jóvenes? Con manadas más estables y territorios ocupados cerca de su lugar de nacimiento, los dispersantes tendrían que seguir avanzando para encontrar un espacio libre. Así aparecerían nuevas familias en zonas que hoy siguen vacías.
El modelo también estima una mortalidad anual elevada. Muere aproximadamente una cuarta parte de los lobos integrados en grupos, más de un tercio de los dispersantes y más de la mitad de los cachorros. Reducir una fracción de esas pérdidas podría cambiar el rumbo.
Un modelo, no una bola de cristal
El equipo construyó un modelo espacial que sigue a individuos concretos y reproduce procesos como la supervivencia, la reproducción y la dispersión. Fue ajustado con datos oficiales de distribución y tamaño de población entre 1991 y 2021, además de información ecológica publicada.
El territorio se dividió en celdas de 100 kilómetros cuadrados y se incorporaron variables relacionadas con la topografía, el agua, la vegetación, las presas y la presión humana. Para calibrarlo, el código ejecutó 13.500 simulaciones por cada periodo histórico analizado. Es un trabajo considerable.
Pero un modelo no adivina el futuro. Sirve para probar qué ocurriría bajo determinadas condiciones, y sus resultados dependen de la calidad de los datos que recibe. Los autores reconocen que faltan mediciones directas y comparables sobre supervivencia, reproducción y movimientos.
El censo no cuenta toda la historia
El último censo coordinado por el MITECO localizó 333 manadas en España entre 2021 y 2024, frente a 297 una década antes. El aumento fue del 12,1% y el Ministerio lo calificó como moderado, con la mayor parte de la población todavía concentrada en el noroeste.
El estudio comparó ese resultado con las predicciones del modelo y no encontró una mejora apreciable del estado de conservación. No hay una contradicción automática. Contar más manadas no significa necesariamente que la especie esté ocupando todo el hábitat disponible ni que sus grupos sean estables.
La población ibérica sigue además aislada y la evaluación citada por la EBD-CSIC la considera «Vulnerable» en España y «En Peligro» en Portugal. El número importa, claro, pero también la conexión entre territorios, la supervivencia de las familias y la capacidad real de colonizar nuevas áreas.
La protección entra en juego
En 2021, el lobo fue incluido en el LESRPE en toda España y la caza terminó en el conjunto del país. En 2025 esa protección homogénea se revirtió, y el texto consolidado vigente volvió a limitar la referencia del listado a las poblaciones situadas al sur del Duero.
Morales advierte de que ese cambio legislativo podría dificultar la recuperación si la mortalidad vuelve a niveles parecidos a los registrados hasta 2021. El equipo destaca también la necesidad de prevenir y perseguir la mortalidad ilegal.
La conclusión no dice que cualquier muerte tenga exactamente el mismo efecto. Apunta a algo más concreto, la pérdida de residentes y, en especial, de reproductores puede desordenar la manada, dejar territorios vacíos y frenar la expansión. Ahí está el punto clave.
Qué debería cambiar ahora
Los autores señalan dos prioridades. La primera es reducir de forma efectiva la mortalidad entre los lobos que sostienen las manadas. La segunda es mejorar y armonizar el seguimiento entre administraciones para saber qué ocurre realmente sobre el terreno.
En la práctica, no basta con sumar huellas, avistamientos o grupos si cada territorio trabaja con métodos distintos y estos cambian con el tiempo. Hace falta información comparable sobre cuántos animales sobreviven, cuáles se reproducen y hasta dónde llegan los dispersantes. Sin esa base, las decisiones se toman con el mapa a medias.
La idea que deja el trabajo es sencilla. Para que el lobo ibérico recupere territorio no solo importa cuántos ejemplares mueren, sino cuáles mueren y qué función cumplían dentro de su familia.
El estudio ha sido publicado en la revista Journal of Applied Ecology.



