El pino negro del Pirineo podría desaparecer por el cambio climático. La especie ha duplicado su superficie en las últimas décadas, colonizando antiguos prados de montaña, pero su futuro climático es mucho más frágil de lo que aparenta el paisaje actual.
El diagnóstico más completo realizado hasta ahora en Cataluña, Aragón y Navarra advierte que, bajo los escenarios más severos, las zonas idóneas para este hábitat protegido por la Unión Europea podrían reducirse más de un 70% en apenas 15 años y casi extinguirse a finales de siglo.
El principal problema es el aumento sostenido de las temperaturas. El pino negro está adaptado a inviernos largos y fríos y a veranos cortos y suaves. A medida que las temperaturas medias suben, su hábitat óptimo se desplaza hacia cotas más altas.
El inconveniente es que en los Pirineos el margen altitudinal es limitado: cuando la especie alcanza las cumbres, no tiene más espacio al que migrar. Este fenómeno, conocido como “efecto cima”, reduce progresivamente su territorio disponible.
El pino negro del Pirineo podría desaparecer por el cambio climático según el informe más exhaustivo hasta la fecha
Un informe del proyecto LIFE Uncinata alerta de que el hábitat prioritario protegido por la UE podría reducirse hasta un 70% en 2040 y casi desaparecer en el escenario más severo.
Durante décadas avanzó en silencio. Colonizó prados abandonados. Recuperó laderas donde antes pastaba el ganado. Ganó terreno. Pero ahora podría retroceder a una velocidad mucho mayor.
El pino negro (Pinus uncinata), uno de los bosques más emblemáticos y valiosos ecológicamente del Pirineo, ha aumentado su superficie de forma notable desde mediados del siglo XX. En algunas zonas, la cobertura forestal ha pasado del 18% en 1956 al 45% en la actualidad. Una expansión evidente desde el aire.
Solo el 9% de los bosques ha alcanzado la madurez ecológica
Sin embargo, el informe más exhaustivo publicado hasta la fecha por el proyecto LIFE Uncinata —coordinado por el Centro de Ciencia y Tecnología Forestal de Cataluña (CTFC) con participación del CREAF— introduce un matiz inquietante: más superficie no significa más seguridad.
Solo el 9% de estos bosques presenta un grado significativo de madurez. La mayoría son masas jóvenes, densas, estructuralmente homogéneas. Más vulnerables. Más expuestas.
Un 70% menos de hábitat idóneo ya en 2040
Los modelos de distribución futura muestran un escenario preocupante: ya en 2040, las áreas con condiciones óptimas para el pino negro podrían reducirse más de un 70%. A finales de siglo, bajo el escenario climático más severo, la idoneidad podría desplomarse casi por completo.
Temperaturas más altas. Sequías más largas, frecuentes e intensas. Estrés hídrico acumulado.
El bosque podría desplazarse hacia cotas más elevadas, pero el espacio disponible allí es limitado. El resultado sería una reducción drástica en las zonas bajas y medias. Una contracción progresiva del hábitat prioritario que la Unión Europea protege por su rareza en suelos calcáreos.
Hoy, solo el 27% del total se considera en buen estado de conservación.
La respuesta no pasa por intervenir sin criterio, sino por gestionar mejor. Los investigadores proponen favorecer la madurez ecológica: proteger árboles viejos, aumentar la madera muerta de gran tamaño, crear pequeñas aperturas que permitan diversidad estructural, introducir irregularidad.
En algunos rodales, la mejor solución es no hacer nada. Permitir la libre evolución.
Los últimos refugios: Aigüestortes y la Red Natura 2000
Temperaturas más altas. Sequías más largas, frecuentes e intensas. Estrés hídrico acumulado.
Los bosques más maduros y resilientes se concentran precisamente en zonas con mayor protección y menor presión humana: el Parque Nacional de Aigüestortes y Estany de Sant Maurici, el Parque Natural del Alt Pirineu, el Cadí-Moixeró y otros espacios de la Red Natura 2000.
Allí el tiempo ha trabajado a favor del ecosistema.
El proyecto LIFE Uncinata, que finalizará en 2027, busca precisamente eso: ganar tiempo. Dotar a la administración de herramientas para decidir dónde intervenir, dónde dejar evolucionar y cómo adaptar la gestión forestal a un clima que ya no es el de hace 50 años.
Porque el paisaje verde que hoy vemos desde la carretera no garantiza el bosque del mañana.
Y el pino negro, símbolo de la alta montaña pirenaica, podría convertirse en una víctima silenciosa del calentamiento global si la adaptación no llega a tiempo.
Aunque el escenario es preocupante, los expertos señalan que una reducción significativa de las emisiones de gases de efecto invernadero y una gestión forestal adaptativa podrían mitigar parte de los impactos y favorecer su conservación. Seguir leyendo en NATURALEZA.




















