Verter roca triturada en el océano para combatir el cambio climático suena a una idea arriesgada. Pero el primer ensayo real con arena de olivino en una playa de Nueva York acaba de dejar un dato importante. Durante el primer año, los investigadores no detectaron efectos adversos claros en la comunidad de organismos que viven en el fondo marino.
La conclusión no es una carta blanca. Significa que, bajo esas condiciones concretas, la técnica pasó una primera prueba ecológica mejor de lo que muchos podían esperar. Ahora falta responder a la gran pregunta. ¿Puede escalarse sin dañar el mar y capturando tanto CO₂ como promete?
Una roca verde contra el CO₂
El olivino es un mineral verde formado principalmente por silicatos de magnesio y hierro. Cuando se disuelve poco a poco en el agua de mar, puede aumentar la alcalinidad y transformar parte del carbono en formas disueltas más estables. En sencillo, ayuda al océano a absorber más CO₂ del aire.
La idea se conoce como meteorización acelerada de rocas en el mar. No es magia, ni tampoco una máquina que quite emisiones al instante. En el fondo, busca acelerar un proceso natural que ya ocurre en la Tierra, pero llevándolo a una escala útil para el clima.
El ensayo de Nueva York
En julio de 2022, la empresa Vesta colocó unas 650 toneladas de arena de olivino en una zona intermareal de Peconic Bay, en Southampton, Nueva York. La prueba se hizo dentro de un proyecto más amplio de regeneración de playa, donde también se usaron 13 500 toneladas de arena dragada convencional.
La vigilancia no se limitó a mirar si la arena seguía allí. Se tomaron muestras de agua, sedimentos y organismos hasta noviembre de 2023, con análisis liderados por Hourglass Climate y colaboradores científicos de varias instituciones. No era un acuario controlado, era una costa real, con mareas, corrientes y cambios de estación. Y eso se nota.
Los primeros resultados
El estudio sobre la comunidad bentónica, que es el conjunto de pequeños organismos que viven en el sedimento, usó un diseño de comparación antes y después con zonas de control. La abundancia y la riqueza de especies en las zonas tratadas con olivino volvieron a niveles similares a los controles en unos dos meses. La diversidad y la distribución de individuos entre especies se mantuvieron sin cambios claros.
También hubo cambios en la composición de la comunidad, pero los autores los relacionan más con la variabilidad natural o con el propio aporte de arena a la playa que con un efecto específico del olivino. Es una diferencia importante, porque en la costa casi nada permanece quieto. El mar mueve, entierra, mezcla y vuelve a descubrir sedimentos.
El otro dato clave está en los metales. Las concentraciones de níquel, cromo, cobalto y manganeso asociadas al olivino fueron comparables entre tratamientos durante aproximadamente un año, sin pruebas de acumulación clara en la comunidad estudiada. En las ostras, un trabajo revisado por pares publicado en Frontiers in Climate tampoco encontró diferencias significativas de biomasa o acumulación media de metales tras un año de exposición.
La parte incómoda
El punto delicado está precisamente en esos metales. El olivino no es solo una arena bonita de color verdoso. Puede liberar níquel, cromo o cobalto, y por eso los científicos llevan años preguntándose si una aplicación masiva podría alterar la vida marina. Esa duda no desaparece por un solo ensayo.
Los resultados de campo, eso sí, apuntan a que el entorno natural pudo limitar la exposición. La dispersión de los granos, el intercambio de agua y la sedimentación redujeron la biodisponibilidad de los metales frente a lo que puede ocurrir en un laboratorio cerrado. Dicho de otra forma, una playa viva no se comporta como un tanque.
Pero conviene ir con cuidado. Los propios autores señalan que hacen falta más pruebas con otros lugares, otros tiempos de exposición y especies más sensibles. También falta entender mejor qué pasa con larvas, organismos que excavan en el sedimento y ecosistemas costeros más abiertos o más energéticos. No es poca cosa.
La prueba mayor
Vesta ya ha dado un paso más grande. En 2024 colocó 8200 toneladas métricas de arena de olivino frente a Duck, en Carolina del Norte, en un piloto que la empresa estima que podría retirar unas 5000 toneladas métricas de CO₂ netas tras descontar emisiones del proyecto.
La compañía asegura que quiere avanzar con vigilancia independiente. Su director ejecutivo, Tom Green, defendió que han priorizado «una ciencia sólida y la participación comunitaria». Además, Hourglass Climate llevará un programa de seguimiento de tres años para medir calidad del agua, efectos ecológicos y retirada de carbono.
Ahí está la clave. No basta con que la arena no cause daños visibles durante unos meses. También hay que demostrar con datos cuánto CO₂ se retira, durante cuánto tiempo queda almacenado y qué costes ambientales aparecen cuando se pasa de toneladas a miles o millones de toneladas.
Lo que falta por demostrar
Para el lector, la lectura más honesta es esta. El olivino en el mar acaba de superar una primera prueba importante, pero todavía no es una solución climática lista para aplicarse sin límites. Puede ser una herramienta más, siempre que no sirva de excusa para retrasar lo urgente, que es reducir emisiones.
En la práctica, esta tecnología tendrá que convivir con permisos, pesca, biodiversidad, comunidades costeras y mercados de carbono que necesitan mucha transparencia. Si algún día llega a playas europeas o españolas, la pregunta no será solo si captura CO₂. También será si merece la pena hacerlo en ese lugar concreto.
El estudio principal sobre la comunidad bentónica ha sido publicado en CDRXIV, y el trabajo revisado por pares sobre ostras ha sido publicado en Frontiers in Climate.









