Los pulpos vuelven a sacudir lo que creíamos saber sobre la inteligencia animal. Un nuevo estudio de Dartmouth ha demostrado que estos cefalópodos pueden aprender a usar un espejo para localizar comida que no está a la vista, una habilidad espacial que hasta ahora solo se había documentado en algunos vertebrados, como mamíferos y aves.
La clave no está en que el pulpo se mire y se reconozca, como solemos imaginar cuando hablamos de espejos. Lo llamativo es otra cosa. El animal ve una imagen reflejada, entiende que esa pista se corresponde con algo situado fuera de su campo visual y se mueve hacia el lugar correcto. Parece sencillo. No lo es.
Un espejo y una presa oculta
El experimento se hizo con tres pulpos de dos manchas de California (Octopus bimaculoides) en el laboratorio de pulpos de Dartmouth. Los investigadores los entrenaron para no atacar la imagen de un cangrejo reflejada en el espejo, sino para deducir dónde estaba realmente el estímulo oculto detrás de ellos.
Primero, los animales se acostumbraron al espejo dentro de su hábitat. Después aprendieron a conseguir una recompensa real, un cangrejo dentro de un frasco de cristal, que podían ver reflejado. Para llegar hasta él tenían que girar alrededor de una esquina. En la práctica, era como aprender que el espejo no era el premio, sino una pista.
Más tarde, el equipo usó una imagen virtual de un cangrejo en lugar de un animal vivo. Esto tenía sentido, porque los pulpos tienen quimiorreceptores que les permiten oler y saborear al tocar, así que una presa real podía dar demasiadas pistas químicas. El reto era visual y espacial.
El dato que más sorprende
Los resultados mostraron que los pulpos fueron al lado correcto en torno al 73% de las veces. Además, aunque no siempre eligieron el camino más corto, se volvieron más rápidos a medida que avanzaban los ensayos. Y eso se nota, porque no hablamos de una reacción automática.
Mary Kieseler, autora principal del estudio, resumió el hallazgo con una frase muy clara. «Nuestros hallazgos son los primeros en demostrar que los invertebrados pueden usar espejos para entender su entorno». La investigadora añadió que esta capacidad se había documentado antes en vertebrados, como algunos mamíferos y aves.
Aun así, conviene no ir más allá de lo que dicen los datos. El propio equipo señala que hacen falta más investigaciones para probar si los pulpos tienen mapas internos de su entorno. Dicho de otra forma, el estudio abre una puerta enorme, pero todavía no permite afirmar que piensen el espacio como lo hacemos nosotros.
No piensan como nosotros
Los pulpos resultan tan fascinantes porque se parecen a nosotros en algunas capacidades, pero no en su historia evolutiva. Según Dartmouth, nuestro último antepasado común con ellos pudo ser un gusano que vivió hace entre 350 y 500 millones de años. Es una distancia enorme.
¿Qué significa esto en la práctica? Que la inteligencia puede aparecer por caminos muy diferentes. No hace falta tener columna vertebral ni un cerebro construido como el de un mamífero para resolver problemas complejos. La evolución, a veces, llega a soluciones parecidas usando materiales muy distintos.
El Smithsonian recuerda que existen unas 300 especies de pulpos y que la cifra exacta cambia a medida que se descubren nuevas especies. La mayoría vive en el fondo marino, suele ser solitaria y cuenta con un cuerpo blando que le permite colarse por espacios muy estrechos.
Un cazador con ocho brazos
Para entender por qué un espejo puede ser útil a un pulpo, hay que mirar su vida cotidiana. No vive en un mundo limpio y despejado. Vive entre rocas, grietas, fondos marinos y arrecifes, donde una presa puede desaparecer en cuestión de segundos. Allí, ver sin exponerse demasiado puede marcar la diferencia.
Peter Tse, autor sénior del estudio, lo explicó con una comparación muy sencilla. «Los pulpos son como gatos», dijo, porque se acercan sigilosamente a la presa y saltan sobre ella. También apuntó que los cazadores son más eficaces cuando tienen algún tipo de mapa mental de su territorio, aunque en este caso aún falta confirmarlo con más pruebas.
No es poca cosa. Un animal blando, vulnerable y sin caparazón necesita combinar escondite, rapidez, tacto, visión y aprendizaje. Por eso los pulpos no solo impresionan por abrir frascos o escaparse de acuarios. Lo verdaderamente interesante es cómo ajustan su conducta a cada problema.
Cuando cazan con peces
La inteligencia de los pulpos no se queda dentro del laboratorio. En 2024, un estudio publicado en Nature Ecology & Evolution analizó grupos de caza formados por Octopus cyanea y varias especies de peces. Los investigadores observaron que estos grupos no funcionaban al azar, sino con una dinámica sorprendentemente organizada.
Según el Instituto Max Planck de Comportamiento Animal, los peces, especialmente los salmonetes, ayudan a explorar el entorno y a señalar dónde puede haber presas. El pulpo, a cambio, decide cuándo se mueve el grupo y usa sus brazos para capturar animales escondidos. Es una especie de cooperación práctica, nada romántica, pero muy eficaz.
El estudio también observó que los pulpos podían «golpear» a algunos peces que se aprovechaban demasiado del grupo. Ese detalle, casi cómico si uno lo imagina bajo el agua, tiene una lectura seria. Muestra control de los compañeros, flexibilidad y capacidad para adaptar la conducta ante otras especies.
La lectura correcta
El nuevo trabajo no convierte a los pulpos en pequeños humanos con ventosas. Esa sería una exageración. Lo que sí demuestra es que algunos invertebrados pueden resolver problemas espaciales de una manera mucho más compleja de lo que se pensaba.
También nos obliga a mirar el mar con otros ojos. Un fondo rocoso no es solo un paisaje bonito para buceadores. Es un escenario lleno de decisiones, estrategias, huidas, engaños y aprendizajes. Y muchas veces ocurre delante de nosotros sin que sepamos verlo.
En el fondo, lo que este estudio recuerda es algo muy simple. La inteligencia de la naturaleza no tiene una sola forma. A veces aparece en un ave que usa herramientas, en un mamífero que reconoce una ruta o en un pulpo que mira un espejo y entiende que la comida no está ahí, sino detrás.
El estudio completo ha sido publicado en la revista científica Current Biology.



