Naturaleza

Ni mulo ni burro: la inmensa mayoría no sabe cómo se llama realmente la cría del cruce entre asno y yegua

Ni mulo ni burro: la inmensa mayoría no sabe cómo se llama realmente la cría del cruce entre asno y yegua

Parece un caballo pequeño, pero tiene orejas largas. Recuerda a un burro, aunque suele ser más fuerte y con más cuerpo. Cuando una yegua se cruza con un asno macho, la cría tiene nombre propio. Si es hembra se llama mula y si es macho, mulo. No es ni caballo ni burro, sino un híbrido de primera generación entre una yegua y un asno.

La curiosidad rural, sin embargo, tiene más historia de la que parece. Una investigación de la Universidad de Barcelona ha identificado en el Penedès la mula más antigua documentada en Europa continental y en el Mediterráneo occidental, datada entre los siglos VIII y VI antes de Cristo. Y eso cambia bastante la forma de mirar a este animal tan conocido en el campo.

Qué animal es en realidad

La mula no es una raza de caballo ni una variedad de burro. Es el resultado de cruzar dos especies distintas del género Equus, una yegua y un asno macho. Por eso mezcla rasgos de ambos animales, aunque no pertenece por completo a ninguno de los dos.

De la yegua suele heredar parte del tamaño, la estructura corporal y cierta capacidad de movimiento. Del asno recibe la resistencia, la seguridad al caminar en terrenos complicados y, muchas veces, esas orejas largas tan fáciles de reconocer. En un camino de montaña o en una finca con suelo irregular, esa mezcla se nota.

Durante siglos, esa combinación fue muy valiosa. Las mulas se usaron para cargar, tirar, transportar y trabajar donde un caballo podía cansarse antes o donde un burro se quedaba corto de fuerza.

Por qué casi nunca cría

La respuesta está en los cromosomas. Los caballos tienen 64 cromosomas y los burros tienen 62. La mula queda en medio, con 63, y ese número impar dificulta la formación normal de óvulos y espermatozoides.

Por eso se dice que las mulas son estériles. Conviene matizarlo, porque la biología rara vez es tan limpia como un esquema de colegio. Hay casos excepcionales de mulas o burdéganos fértiles, sobre todo hembras, pero son muy poco frecuentes y no cambian la regla general.

En la práctica, esto significa que una mula no forma una población propia como lo haría una raza doméstica. Para que nazca otra, hay que repetir el cruce entre sus progenitores.

Mula y burdégano

Aquí llega una confusión muy habitual. Si el cruce es entre un asno macho y una yegua, nace una mula o un mulo. Pero si la combinación se invierte y el padre es un caballo mientras la madre es una burra, el animal se llama burdégano.

A simple vista pueden parecer casi iguales. Pero no son exactamente lo mismo. La mula suele ser más común y, en muchas zonas, se ha valorado más para el trabajo duro. El burdégano, en cambio, suele ser menos frecuente y puede presentar una constitución más cercana a la de la madre burra.

¿Qué significa esto para alguien que no vive entre animales de campo? Que el nombre no depende solo del aspecto. Depende de quién es el padre y quién es la madre. Parece un detalle menor, pero en biología ese detalle lo cambia todo.

Un hallazgo en Cataluña

La historia se ha vuelto más interesante con el estudio del yacimiento de Hort d’en Grimau, en Castellví de la Marca, Barcelona. Los restos del animal aparecieron en 1986 dentro de una fosa, probablemente un silo reutilizado, junto a restos humanos parcialmente quemados. Décadas después, nuevas técnicas permitieron resolver la duda.

El equipo usó datación por radiocarbono y análisis genético para identificarlo como una mula hembra. Según la Universidad de Barcelona, el hallazgo pertenece a la Primera Edad del Hierro y se sitúa entre los siglos VIII y VI antes de Cristo. No hablamos de una anécdota moderna, sino de una pista antigua sobre transporte, comercio y manejo animal.

Hasta ahora, las mulas documentadas en Europa se vinculaban sobre todo a momentos varios siglos posteriores, ya bajo influencia romana. Este ejemplar adelanta el reloj y apunta a que el conocimiento para criar híbridos equinos pudo llegar antes a la península ibérica, probablemente ligado a las redes fenicias.

Qué cuenta ese esqueleto

Los huesos no solo dicen el nombre del animal. También cuentan cómo vivió. El estudio señala que el ejemplar era una hembra adulta, con rasgos de caballo y de asno, y con señales en la mandíbula compatibles con el uso para montar o manejarlo con arreos.

Además, los análisis de isótopos indican una dieta rica en cereales cultivados. Dicho de forma sencilla, no parecía un animal abandonado a lo que encontrara por el campo. Todo apunta a que recibió alimento preparado por humanos, algo lógico si era una pieza valiosa para transportar cargas o personas.

Ese detalle importa. Una mula exigía conocimiento, cuidado y una intención clara de cría. No era solo «un cruce raro», sino una herramienta viva en una economía donde mover mercancías podía marcar la diferencia.

Por qué importa hoy

Hoy las mulas ya no ocupan el lugar que tuvieron antes de la mecanización. Los tractores, los camiones y las carreteras cambiaron el campo para siempre. Pero en muchas zonas rurales del mundo siguen siendo animales de trabajo, sobre todo donde el terreno es difícil y el dinero no sobra.

También nos recuerdan algo más incómodo. A menudo se habla de ellas como animales tercos, cuando muchas veces esa «terquedad» es cautela, memoria y autoprotección. La literatura veterinaria insiste en que burros y mulas se malinterpretan con facilidad y que trabajar con ellos requiere paciencia y atención a su comportamiento.

No es poca cosa. Entender qué son ayuda a tratarlos mejor. Y también evita repetir errores muy comunes, como pensar que una mula es simplemente un burro grande o un caballo con orejas largas.

La lección de una palabra

La pregunta parecía sencilla. ¿Cómo se llama la cría de una yegua y un asno? Se llama mula si es hembra y mulo si es macho. Pero detrás de esa respuesta hay genética, historia rural y hasta comercio mediterráneo antiguo.

El hallazgo de Cataluña demuestra que estos animales ya formaban parte de la vida humana hace unos 2800 años. Quizá no tenían el protagonismo de los caballos en los relatos de guerra, ni la presencia humilde del burro en los pueblos. Pero estaban ahí, haciendo el trabajo duro.

El estudio completo ha sido publicado en Journal of Archaeological Science: Reports.

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