Polonia ha levantado una isla artificial en la laguna de Szczecin, cerca de Świnoujście, pero no para construir hoteles, puertos deportivos ni apartamentos de lujo. La isla Jana Zabawy-Wróblewskiego, conocida durante años por muchos ornitólogos como Brysna, nació del material extraído al dragar el canal de navegación Świnoujście-Szczecin. Y lo más llamativo es lo que ocurrió después. Las aves llegaron antes que los turistas.
La operación se ha convertido en un caso muy poco habitual de infraestructura con resultado ecológico. El proyecto portuario buscaba permitir el paso de buques de mayor calado hacia Szczecin, pero una parte del sedimento extraído terminó creando nuevos terrenos aislados, sin perros, sin paseantes y sin urbanización. En pocos años, esos espacios han pasado de ser arena y lodo a convertirse en una zona de cría para especies raras y amenazadas. No es poca cosa.
Una isla nacida del dragado
El origen está en la modernización del canal Świnoujście-Szczecin. El Ministerio de Infraestructura de Polonia explica que las obras profundizaron el canal hasta los 12,5 metros en unos 62 kilómetros y lo ensancharon hasta 100 metros en varios tramos. Durante esos trabajos se extrajeron unos 24 millones de metros cúbicos de material del fondo.
Con ese material se formaron dos islas artificiales en la laguna de Szczecin. La W22, asociada a Brysna y hoy llamada oficialmente Wyspa Jana Zabawy-Wróblewskiego, tiene alrededor de 123 hectáreas. La otra, W28, ronda las 250 hectáreas y cumple también funciones de campo de refulado.
La inversión completa del canal fue de unos 1.900 millones de zlotys, con financiación europea superior a 1.200 millones. Es decir, no fue una obra pensada solo para la naturaleza. Pero el resultado abre una pregunta interesante. ¿Puede una gran intervención humana dejar también un hueco real para la vida silvestre?
El refugio que faltaba
En la costa polaca del Báltico no sobran los lugares tranquilos para las aves que crían en playas, bancos de arena o zonas abiertas. El Monitoring Ptaków Polski señala que la falta de hábitats adecuados había limitado el número de especies y parejas reproductoras, y que muchas colonias sufrían por depredadores, temporales o presión humana.
Ahí entra Brysna. La isla quedó como compensación natural y se mantiene como reserva para aves, mientras que Śmięcka sigue teniendo una función más técnica ligada al depósito de sedimentos. En la práctica, Brysna imita algo que antes era más común en ríos y costas (una gran lengua de arena poco alterada). Eso, para muchas aves, es casi un lujo.
El aislamiento es parte de la receta. Al estar separada de tierra firme, la isla reduce la presencia de depredadores terrestres y evita buena parte de las molestias humanas. Para un ave que pone los huevos directamente sobre el suelo, un paseo mal dado o un perro suelto pueden arruinar una puesta entera. Y eso se nota.
Las aves respondieron rápido
Los primeros datos sorprendieron a los propios expertos. Según el Monitoring Ptaków Polski, en 2021 ya se detectó la cría de tarros blancos, charranes comunes, charrancitos, chorlitejos chicos y chorlitejos grandes en las nuevas islas. Era el primer aviso de que la naturaleza no iba a esperar décadas para ocupar el terreno.
El salto llegó en los años siguientes. En 2022, Brysna acogió una colonia de avocetas comunes con 14 parejas, que entonces fue la mayor colonia de cría registrada en el país para esta especie. En 2023 subieron a 25 parejas en ambas islas y en 2024 alcanzaron las 44.
La lista no acaba ahí. En 2024 se registraron en estas islas 23 parejas de tarro blanco, 20 de chorlitejo grande, 45 de charrancito común, 890 de charrán común y unas 3600 parejas de gaviota reidora. También aparecieron especies raras o amenazadas en Polonia, como la cigüeñuela común, el archibebe común, la gaviota cabecinegra y la pagaza piquirroja.
Casi 5000 parejas en cuatro años
Un artículo publicado en la revista Oryx resume la magnitud del cambio. Las aves reproductoras en estas islas pasaron de 185 parejas en 2021 a casi 5000 parejas en 2024. Para un terreno recién creado, la cifra es llamativa. Y también deja claro que el éxito no depende solo de poner arena en medio del agua.
Los autores destacan que las islas han favorecido incluso la llegada de especies nuevas para Polonia como reproductoras. Uno de los casos más relevantes es la pagaza piquirroja, con un ave incubando observada el 7 de junio de 2024. También señalan la presencia de cigüeñuelas y la expansión de la avoceta común.
En el fondo, lo que está pasando es sencillo de entender. Muchas aves costeras necesitan suelos abiertos, poca vegetación, buena visibilidad y tranquilidad. Cuando una isla recién formada ofrece justo eso, la respuesta puede ser muy rápida. La vida encuentra el hueco.
El problema de dejarla sola
Pero una isla artificial no se convierte automáticamente en un santuario para siempre. El propio Monitoring Ptaków Polski advierte de que la sucesión vegetal puede ser una amenaza. Dicho de forma sencilla, si la isla se llena de hierbas altas, arbustos y sauces jóvenes, pierde parte del atractivo para las aves que crían en suelos abiertos.
Por eso los expertos apuntan a medidas activas, como el control de depredadores y el mantenimiento de fases tempranas de vegetación. No se trata de «domesticar» la isla, sino de conservar el tipo de hábitat que muchas aves ya no encuentran fácilmente en playas ocupadas, ríos regulados o costas muy transformadas.
Aquí está la parte menos vistosa de la conservación. No basta con inaugurar una obra y hacer una foto. Hay que seguir midiendo, cortar vegetación cuando toque, evitar molestias y sostener el seguimiento científico. El reloj ecológico no se detiene.
Un nombre con debate
La isla también tiene una historia curiosa con su nombre. En el uso ornitológico se popularizó Brysna, más corto y fácil de recordar. Sin embargo, el nombre oficial actual es Wyspa Jana Zabawy-Wróblewskiego, mientras que la otra isla recibe el nombre de Wyspa Tadeusza Przygody-Wronowskiego.
Ese detalle puede parecer menor, pero muestra algo importante. Para la administración, las islas forman parte de una gran obra hidráulica. Para los científicos, son un experimento vivo. Para las aves, claro, el nombre da igual. Lo que importa es que haya espacio, tranquilidad y alimento suficiente.
La noticia de fondo es esa. Una infraestructura pensada para barcos ha terminado creando una oportunidad para aves raras en una costa donde los hábitats naturales son cada vez más escasos. Si se mantiene bien, Brysna puede ser algo más que una isla artificial. Puede ser una pequeña brújula para diseñar obras públicas con más inteligencia ecológica.
El estudio de conservación ha sido publicado en la revista científica Oryx.









