El último árbol de su especie en el mundo sobrevive en un acantilado en la isla Robinson Crusoe sujeto por cuerdas: ya han mandado 400 semillas al Banco de Semillas en la última oportunidad de salvar millones de años de evolución

Publicado el: 25 de junio de 2026 a las 18:44
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Último ejemplar silvestre de Dendroseris neriifolia sujeto con cuerdas en un acantilado de la isla Robinson Crusoe.

Solo queda un ejemplar silvestre conocido de Dendroseris neriifolia, una especie de árbol margarita que sobrevive en la isla Robinson Crusoe, en el remoto archipiélago chileno de Juan Fernández. No está en un bosque frondoso ni protegido por una gran población natural. Está en un acantilado, sujeto con cuerdas para evitar que caiga al vacío.

La noticia importante es que esta historia aún no ha terminado. El Millennium Seed Bank de Kew Wakehurst ha recibido 29 semillas procedentes del último árbol silvestre conocido y los primeros análisis han dado una señal muy valiosa. Kew confirma que 25 parecen viables y que ya han germinado ocho plántulas, una cifra mínima para cualquier cultivo normal, pero enorme cuando una especie depende casi de un solo individuo.



Un árbol al límite

Dendroseris neriifolia es una planta endémica de las islas Juan Fernández. Esto significa algo sencillo y preocupante a la vez. No crece de forma natural en ningún otro lugar del planeta.

Durante años, la especie fue desapareciendo de las zonas bajas y barrancos de Robinson Crusoe. Kew explica que en 1980 quedaban ocho ejemplares silvestres, pero hoy solo se conoce uno en la naturaleza. La pérdida de hábitat, las especies invasoras, el pastoreo, los incendios y la degradación del terreno han ido cerrando el cerco.



El caso impresiona porque no hablamos de una amenaza lejana. Si ese árbol muere sin dejar descendencia útil, la especie puede pasar de estar al borde del abismo a desaparecer del medio natural. Y esta vez el abismo es literal.

Semillas contra la extinción

La recolección no ha sido precisamente un paseo por el campo. El árbol crece en una ladera muy escarpada y los equipos tienen que acceder a las ramas con extremo cuidado durante la maduración de los frutos, que ocurre en marzo. Según Kew, este año se recogieron 400 semillas, de las que 29 fueron enviadas al Millennium Seed Bank.

Una vez allí, los científicos analizaron las semillas con rayos X para comprobar cuáles tenían posibilidades reales de germinar. El resultado fue mejor de lo que muchos podían esperar, 25 de 29 eran potencialmente viables. Después llegó la parte más delicada, hacer que nacieran sin someterlas a condiciones que pudieran dañarlas.

Kew decidió sembrarlas directamente en compost dentro de los invernaderos de Wakehurst. La razón era práctica. Así se reducía el riesgo de exponer las plántulas a demasiada humedad en placas de laboratorio y se evitaba moverlas más de lo necesario en una etapa muy sensible.

La carrera del banco de semillas

El Millennium Seed Bank funciona como una especie de seguro de vida para plantas amenazadas. No sustituye a un ecosistema sano, pero guarda material genético que puede ser decisivo si todo falla en la naturaleza. En la práctica, es como tener una copia de seguridad antes de que se borre el único archivo que queda.

Este banco de semillas, situado en Wakehurst, conserva más de 2.500 millones de semillas de más de 40.000 especies de plantas silvestres. No es poca cosa. Para especies rarísimas como Dendroseris neriifolia, esa infraestructura puede marcar la diferencia entre conservar una posibilidad o quedarse solo con una fotografía de lo perdido.

Pero guardar semillas no basta. También hay que saber cómo germinan, qué temperatura toleran, cuánta humedad necesitan y cómo crecen cuando salen del estado de emergencia. Esa información será clave si algún día se intenta reforzar la población o devolver plantas a zonas protegidas de Robinson Crusoe.

Un problema genético

El mayor reto no es solo conseguir que nazcan plántulas. También importa que esas plantas puedan formar una población sana en el futuro. Cuando una especie queda reducida a un solo ejemplar silvestre, la diversidad genética se vuelve muy pobre y eso puede afectar a la fertilidad, la resistencia a enfermedades y la capacidad de adaptación.

Kew advierte de otro dato serio. Alrededor del 90 % de las semillas pueden no ser viables por el aislamiento geográfico, y las plantas mantenidas en jardines pueden sufrir problemas de hibridación, lo que impide usar sus semillas para recuperar la especie con garantías. Es decir, no todo lo verde que crece sirve para salvar la línea original.

Por eso estas nuevas plántulas son tan importantes. No son la solución completa, pero sí una puerta abierta. Si crecen hasta la madurez y producen semillas, los equipos de conservación tendrán más margen para trabajar.

Juan Fernández no es una isla cualquiera

El archipiélago Juan Fernández es uno de esos lugares donde la naturaleza ha hecho su propio laboratorio. Kew lo describe como un punto caliente de biodiversidad, con una altísima concentración de especies endémicas. Alrededor del 65 % de sus plantas no se encuentran en ningún otro sitio del mundo.

Dentro de ese mundo vegetal, el género Dendroseris ocupa un lugar muy especial. Son plantas con forma de árbol y flores parecidas a margaritas, una rareza evolutiva que solo aparece en estas islas. Perder una especie así no sería como perder un árbol más. Sería borrar una rama entera de una historia natural muy concreta.

Además, estas plantas forman parte de relaciones ecológicas frágiles. Kew señala que el picaflor de Juan Fernández, también en peligro crítico, depende de flores como estas. Cuando cae una pieza en una isla pequeña, el golpe no se queda en una sola especie. Se nota alrededor.

Qué pasará ahora

Parte de las plántulas se enviarán al Logan Botanic Garden, en Escocia, dentro de un programa de conservación de especies en peligro crítico. Allí intentarán cultivarlas en condiciones adecuadas y aprender más sobre su crecimiento. La idea es repartir el riesgo, porque concentrarlo todo en un solo lugar sería tentar demasiado a la suerte.

Diego Penneckamp, científico del Jardín Botánico VerdeNativo, resumió la urgencia con una frase clara, «es una carrera contra el tiempo». Paulina Hechenleitner, del Royal Botanic Garden Edinburgh y VerdeNativo, también destacó que ver germinar la especie demuestra la fuerza de la colaboración internacional. Dos ideas sencillas, pero muy reales.

Ahora queda lo más lento. Cuidar las plántulas, evitar pérdidas, estudiar su desarrollo y preparar futuras colecciones de semillas. Si todo va bien, el último árbol silvestre de Dendroseris neriifolia ya no estará completamente solo.

El comunicado oficial ha sido publicado por Royal Botanic Gardens, Kew.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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