Naturaleza

Lo llaman el árbol de la dinamita y es uno de los más peligrosos del mundo: puede matarte de tres formas distintas, incluso lanzando semillas a más de 240 km/h

El árbol de la dinamita esconde espinas, savia tóxica y frutos capaces de lanzar semillas a más de 240 km/h.

Lo llaman el árbol de la dinamita y es uno de los más peligrosos del mundo: puede matarte de tres formas distintas, incluso lanzando semillas a más de 240 km/h

Un árbol tropical de copa amplia puede parecer un buen refugio contra el calor. Pero el jabillo (Hura crepitans) reúne un tronco cubierto de espinas, una savia irritante y unos frutos que se abren de forma explosiva cuando se secan. No es precisamente el árbol al que conviene acercarse sin conocerlo.

Lo más llamativo está en sus cápsulas, parecidas a pequeñas calabazas. Un estudio clásico midió velocidades medias de salida de 43 metros por segundo y registró un caso por encima de 70 metros por segundo, más de 250 kilómetros por hora. La conclusión práctica es sencilla. Sus frutos maduros no deben manipularse ni observarse a corta distancia.

Un árbol con tres defensas

La fama del «árbol dinamita» no procede de una clasificación científica que lo corone como el más peligroso del planeta. Es una etiqueta divulgativa nacida de una combinación poco habitual. El jabillo puede pinchar con su corteza, irritar o intoxicar con su látex y lanzar semillas cuando el fruto se rompe.

Cada riesgo funciona de una manera distinta. Las espinas forman una barrera física, la savia aparece al dañar los tejidos y el estallido forma parte de la reproducción. Juntas convierten un árbol inmóvil en una especie que exige mantener cierta distancia.

Así estalla el fruto

El fruto mide alrededor de 6 a 9 centímetros de diámetro y contiene varias cavidades, cada una con una semilla grande. A medida que la cápsula pierde agua, sus tejidos acumulan tensión. Cuando está suficientemente seca, las piezas se separan de golpe, suena un chasquido fuerte y las semillas salen despedidas.

No se trata de una explosión química como la de un petardo. Es una liberación súbita de energía elástica almacenada en el propio fruto, algo parecido a soltar un muelle comprimido. El Servicio Forestal de Estados Unidos describe las separaciones internas de la cápsula como estructuras que actúan como resortes bajo presión.

Semillas que salen disparadas

La investigación publicada en 1977 sigue siendo la referencia para las cifras más llamativas. Los autores midieron una velocidad inicial media cercana a 43 metros por segundo, unos 155 kilómetros por hora, y en una prueba se superaron los 70 metros por segundo. No es poca cosa para una semilla plana de unos dos centímetros.

Eso no significa que cada fruto alcance siempre la velocidad máxima ni que todas las semillas recorran la misma distancia. Influyen el grado de secado, el ángulo de salida, la altura del árbol y la resistencia del aire. Por eso conviene desconfiar de los titulares que presentan una única cifra como si fuera una regla fija.

El giro que alarga el vuelo

Décadas después, otro equipo grabó la apertura del fruto con vídeo de alta velocidad. Descubrió que las semillas vuelan con giro hacia atrás, y no hacia delante como se había supuesto. Ese movimiento las mantiene mejor orientadas y reduce la resistencia del aire.

¿Qué significa esto en la práctica? La semilla no sale dando tumbos sin control, sino que aprovecha su forma y su giro para viajar más lejos. Los investigadores consideran que esa mejora puede facilitar la colonización de nuevos espacios y ayudar a que las plántulas escapen de enfermedades o depredadores cercanos al árbol madre.

Un tronco lleno de púas

El jabillo puede alcanzar varias decenas de metros y desarrollar una copa amplia. Su corteza gris está cubierta por numerosas espinas cónicas y afiladas, visibles incluso desde cierta distancia. De ahí nombres populares como «tronador», «salvadera» o «árbol del diablo» en distintas zonas de América.

Las espinas dificultan trepar y pueden causar heridas al rozar o abrazar el tronco. Además, cortar la corteza añade otro problema, porque abre la vía para que salga el látex. Una cosa lleva a la otra. Y ahí aparece el riesgo menos visible.

La savia no es inocente

El látex lechoso del jabillo se considera cáustico, tóxico e irritante para la piel y las mucosas. Fuentes forestales advierten de irritación cutánea y daños oculares, mientras que las semillas crudas también se describen como venenosas para las personas y muchos mamíferos. El riesgo documentado se concentra sobre todo en el contacto con la savia, en los tejidos dañados y en la ingestión.

Los análisis químicos han identificado en el látex compuestos como la huratoxina y otros diterpenos. Una investigación publicada en 2025 encontró además diferencias importantes entre muestras recogidas en Perú, Benín y Togo. Esto indica que la composición no es idéntica en todos los lugares, aunque la recomendación de evitar el contacto no cambia.

Dónde crece el jabillo

Kew reconoce Hura crepitans como una especie nativa de la América tropical. Su distribución natural abarca zonas del Caribe, Centroamérica y el norte de Sudamérica, con presencia documentada desde Costa Rica y las Antillas hasta Perú, Bolivia y el norte de Brasil. Crece principalmente en ambientes tropicales húmedos.

Pese a sus defensas, también se ha plantado como árbol ornamental y de sombra por su porte y su follaje oscuro. Eso explica que aparezca fuera de su área original en jardines, calles o plantaciones tropicales. Bonito desde lejos, problemático cuando llega el momento de podarlo.

Qué hacer al encontrar uno

La recomendación más sensata es mantener distancia, no tocar el tronco y no recoger frutos secos del suelo. Tampoco conviene permanecer bajo un ejemplar cargado de cápsulas maduras, especialmente si hay niños o animales cerca. El peligro no exige pánico, pero sí respeto.

Si la savia entra en contacto con la piel o los ojos, conviene lavar la zona con abundante agua y solicitar orientación sanitaria, sobre todo si aparecen dolor, inflamación o alteraciones de la visión. En España, el Servicio de Información Toxicológica atiende las 24 horas en el 91 562 04 20. Ante síntomas graves, hay que recurrir a los servicios de emergencias.

Una estrategia de supervivencia

Nada de esto convierte al jabillo en un árbol «malvado». Las espinas dificultan el acceso al tronco, el látex desanima a posibles consumidores y el fruto explosivo dispersa la descendencia lejos de la copa. Es un sistema de defensa y reproducción muy eficaz.

El estudio que observó con vídeo de alta velocidad el giro de las semillas fue publicado en la revista Integrative and Comparative Biology.

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