Cambio climático

Llevamos décadas tratando los árboles como simple decoración urbana y ahora la ciencia dice que ese descuido nos está pasando factura con cada ola de calor

La ciencia confirma que los árboles urbanos son clave para reducir el calor extremo y proteger la salud en las ciudades.

Llevamos décadas tratando los árboles como simple decoración urbana y ahora la ciencia dice que ese descuido nos está pasando factura con cada ola de calor

Las ciudades tienen un problema que se nota nada más salir a la calle en verano. No es solo que haga calor, es que el asfalto, el tráfico y las plazas sin sombra convierten algunos barrios en auténticas trampas térmicas. Basta con cruzar una avenida al sol y entrar después en una calle arbolada para entenderlo sin mirar ningún gráfico.

Ahora, un ensayo publicado en PLOS Climate plantea un cambio de mirada importante. Los árboles urbanos, los parques y los corredores verdes no deberían verse como decoración, sino como una infraestructura esencial para resistir el cambio climático, proteger la salud y hacer las ciudades más habitables. Y eso cambia muchas cosas.

Los árboles ya no son un adorno

Durante años, el arbolado urbano se ha tratado muchas veces como un extra bonito. Algo que mejora una calle, da buena imagen y hace más agradable una plaza. Pero la ciencia lleva tiempo diciendo que ese enfoque se queda corto.

El nuevo ensayo, firmado por Manuel Esperon-Rodriguez y otros especialistas internacionales, defiende que los bosques urbanos deben entrar en los marcos legales, financieros y de planificación de las ciudades. En la práctica, esto significa que deberían protegerse y mantenerse con una prioridad parecida a la de las carreteras, el alcantarillado, el suministro de agua o la red eléctrica.

No se trata solo de plantar árboles para una foto. Los autores insisten en que perder árboles maduros puede tener consecuencias durante décadas, porque una sombra grande no se recupera de un año para otro. Un plantón ayuda, claro, pero no sustituye de inmediato a un árbol adulto.

La sombra también salva salud

El calor extremo ya no es una rareza de unos pocos días. En muchas ciudades españolas, ese calor pegajoso de verano se alarga, llega antes y golpea más fuerte a quienes viven en calles con poco verde. ¿Qué significa esto para una persona mayor, un niño o alguien que trabaja al aire libre? Que la sombra puede ser mucho más que comodidad.

Los árboles ayudan a enfriar el entorno, reducen la contaminación y el ruido, mejoran la infiltración del agua en el suelo y frenan parte de la escorrentía cuando llueve con fuerza. También ofrecen hábitat para aves, insectos y otras especies que apenas encuentran espacio en ciudades cada vez más duras.

Además, el ensayo recuerda que los espacios verdes favorecen estilos de vida más saludables, reducen enfermedades relacionadas con el estrés y mejoran el bienestar. No es poca cosa en barrios donde el tráfico, el ruido y la falta de sombra forman parte del paisaje diario.

El problema no afecta a todos igual

La gran cuestión es que no todos los barrios tienen los mismos árboles. El estudio advierte de que la pérdida de cubierta vegetal suele ser más grave en zonas densamente pobladas, justo donde sus beneficios son más necesarios. Ahí es donde la desigualdad se ve también en la temperatura de la calle.

En muchos lugares, las comunidades con menos ingresos o más vulnerables tienen menos acceso a zonas verdes, menor cubierta arbórea y más exposición al calor y a la contaminación. Por eso, los autores piden que el acceso equitativo al verde urbano sea una prioridad real, no una frase bonita en un plan municipal.

En el fondo, la pregunta es sencilla. ¿Quién puede bajar a pasear bajo sombra y quién tiene que cruzar todos los días una avenida sin un solo árbol? La respuesta tiene consecuencias para la salud, la calidad de vida y hasta la factura de la luz cuando el aire acondicionado se vuelve casi obligatorio.

No basta con plantar

El ensayo recoge cuatro prioridades principales. Invertir en bosques urbanos como infraestructura viva, garantizar un acceso justo a las zonas verdes, integrar estos espacios en la gobernanza climática y de biodiversidad, y gestionar los árboles con datos, seguimiento y adaptación continua.

Eso implica cuidar el suelo, elegir especies adecuadas, diversificar el arbolado y vigilar plagas, sequías o enfermedades. También obliga a pensar dónde se planta, cuánto espacio tendrán las raíces y quién se encargará del mantenimiento cuando pase la campaña de anuncios.

Los investigadores también reconocen que los árboles pueden tener inconvenientes si se gestionan mal. Algunas especies pueden provocar alergias, levantar pavimentos o causar problemas si se plantan en lugares inadecuados. Precisamente por eso, la solución no es plantar sin pensar, sino planificar mejor.

Los expertos piden medir mejor

Science Media Centre España recogió la reacción de Daniel Jato, profesor en Ingeniería y Gestión Ambiental de la Universidad Internacional de Valencia. Su valoración es clara, aunque también introduce un matiz importante.

Jato señala que el trabajo debe leerse como un ensayo de síntesis y posicionamiento, no como un artículo que presente nuevos experimentos. Aun así, destaca que reúne de forma rigurosa el conocimiento científico disponible sobre bosques urbanos, resiliencia climática, biodiversidad, salud pública y equidad social.

El experto también advierte de que, en un contexto de olas de calor “cada vez más frecuentes, intensas y tempranas”, podría haberse dado todavía más peso al papel del arbolado urbano como refugio climático. Además, pide avanzar hacia indicadores cuantitativos para medir beneficios y costes, porque sin métricas sólidas es más difícil justificar inversiones y convencer a quienes toman decisiones.

Una infraestructura viva

La idea central es potente. Un árbol no es una farola, ni una tubería, ni un banco. Está vivo, tarda años en crecer y necesita espacio, agua, suelo sano y cuidados. Pero, a cambio, ofrece algo que ninguna obra gris puede copiar del todo.

Las ciudades del futuro tendrán que decidir si siguen tratando sus árboles como elementos prescindibles o si los incorporan de verdad a sus planes contra el calor, las inundaciones y la pérdida de biodiversidad. El reloj corre más deprisa que la política. Y en verano, eso se nota.

El ensayo oficial ha sido publicado en la revista PLOS Climate.

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