Parece una contradicción de las que obligan a mirar dos veces. El lince ibérico se alimenta sobre todo de conejo, pero en algunas zonas donde se ha reintroducido este felino las poblaciones de conejo y perdiz roja han mejorado. ¿Cómo puede pasar algo así?
La respuesta está en el papel que ocupa el lince dentro del ecosistema. Un estudio realizado en el valle del Matachel, en Badajoz, muestra que su regreso reduce con fuerza la presencia de depredadores medianos como zorros y meloncillos. Y cuando baja esa presión constante sobre el campo, las presas pequeñas tienen más margen para recuperarse. No es magia. Es equilibrio natural.
Una paradoja con explicación
El lince ibérico (Lynx pardinus) es un especialista del conejo. Esa es una de las razones por las que su conservación siempre ha estado tan ligada a la salud de las poblaciones de este animal, muy golpeadas durante décadas por enfermedades, cambios en el hábitat y presión humana.
A primera vista, devolver linces al monte podría parecer una mala noticia para los conejos. Pero el estudio apunta justo a lo contrario en el área analizada. El lince no actúa solo como cazador de conejos, también ordena el territorio y desplaza a otros carnívoros más generalistas.
En la práctica, esto significa que un depredador grande puede reducir la presión de muchos depredadores medianos. Y ahí está la clave. Un lince come conejos, sí, pero su presencia puede evitar que una comunidad entera de zorros, meloncillos y otros carnívoros los consuma de forma continua.
Menos zorros y meloncillos
La investigación se centró en el valle del Matachel, en Extremadura, una zona de paisaje mediterráneo con dehesas, cultivos y matorral. Allí, tras la reintroducción del lince, los investigadores observaron una reducción aproximada del 80% en la abundancia de zorros y meloncillos.
El dato más llamativo llegó en el segundo año del seguimiento. El establecimiento de una pareja territorial de linces y sus crías se asoció con la desaparición de al menos 19 zorros, 11 meloncillos, 3 garduñas y 1 gato asilvestrado en la zona de estudio. Algunos pudieron abandonar el área. Otros fueron víctimas de interacciones directas con los linces.
Esto no convierte al lince en una solución simple para todos los problemas del campo. Pero sí muestra algo importante. Cuando una especie superior vuelve a ocupar su lugar, el resto de piezas se recoloca. Y eso se nota.
La cascada trófica
Los científicos llaman a este proceso «cascada trófica». Dicho de forma sencilla, ocurre cuando un cambio en la parte alta de la cadena alimentaria acaba afectando a especies situadas más abajo. En este caso, el regreso del lince modifica la comunidad de carnívoros y eso termina beneficiando a conejos y perdices.
El estudio estimó que el consumo de conejo por parte de toda la comunidad de carnívoros se redujo un 55,6%. Es un dato importante, porque no mide solo lo que come el lince, sino el efecto conjunto de todos los depredadores presentes en la zona.
La idea de fondo es clara. Un ecosistema con su gran depredador puede ser más estable que uno donde ese depredador ha desaparecido. Sin el lince, los mesodepredadores ganan terreno. Con el lince, su número baja y las presas pequeñas respiran un poco más.
Conejos y perdices
El conejo de monte no es una especie cualquiera en la península ibérica. Es alimento básico para muchas especies, entre ellas el propio lince, el águila imperial y otros animales del monte mediterráneo. Cuando el conejo cae, el golpe se reparte por todo el ecosistema.
La perdiz roja también aparece en esta historia. Aunque no es la presa principal del lince, sí puede sufrir la presión de depredadores generalistas, sobre todo en huevos, pollos y ejemplares jóvenes. Por eso la reducción de zorros y meloncillos puede tener un efecto indirecto favorable.
Para propietarios, gestores de fincas y cazadores, este punto es sensible. Durante años, algunas reintroducciones de grandes carnívoros han generado recelos. Pero aquí el estudio aporta una lectura distinta. El lince no solo vuelve por su valor como especie amenazada, también puede ayudar a restaurar funciones ecológicas perdidas.
No todo está resuelto
El lince ibérico vive ahora uno de los momentos más positivos de su recuperación. El censo oficial de 2024 en España y Portugal alcanzó 2.401 ejemplares, con 1.557 adultos o subadultos y 844 cachorros nacidos ese año. Además, el MITECO informó de un crecimiento del 19% respecto a 2023.
La mejora también ha tenido reflejo internacional. En 2024, la UICN reclasificó al lince ibérico de «en peligro» a «vulnerable», un avance enorme para una especie que hace poco más de dos décadas estaba al borde de la desaparición. Aun así, vulnerable no significa salvado.
El propio MITECO advierte de retos importantes. En 2024 se detectaron 214 muertes de linces, 162 de ellas por atropellos en infraestructuras viarias. Ese dato recuerda que la recuperación no depende solo de soltar animales, sino de conectar territorios, reducir riesgos y mantener poblaciones sanas de conejo.
Por qué importa este hallazgo
Lo interesante de este trabajo es que cambia la conversación. El lince no aparece únicamente como una especie bonita, rara o protegida. Aparece como una pieza funcional del monte mediterráneo, capaz de influir en otras especies y en la forma en que se reparte la vida en el territorio.
José Jiménez, investigador del CSIC y primer firmante del estudio, lo resumió al señalar que estas investigaciones muestran «un impacto positivo de las reintroducciones». También destacó que estos resultados pueden ayudar a mejorar la aceptación social del regreso del lince ibérico.
Y esa aceptación es clave. Porque muchas áreas de reintroducción dependen de acuerdos con fincas, propietarios, gestores cinegéticos y administraciones. Sin esa colaboración, el lince tendría mucho más difícil recuperar el espacio perdido.
El monte se ordena solo
La lección que deja el valle del Matachel es sencilla, pero potente. A veces, para recuperar una presa no basta con protegerla directamente. También hay que restaurar las relaciones naturales que la rodean.
El lince ibérico no aumenta los conejos porque deje de cazarlos. Los aumenta, en buena parte, porque reduce la presión de otros depredadores que antes ocupaban el hueco dejado por su ausencia. Es una de esas piezas invisibles del campo que solo se entienden cuando se mira el conjunto.
El estudio oficial ha sido publicado en la revista científica Biological Conservation.










