Colgar un hotel para abejas en el jardín parece uno de esos gestos ecológicos que no admiten discusión. Sin embargo, el experimento de los investigadores J. Scott MacIvor y Laurence Packer mostró algo menos cómodo y mucho más útil. Las estructuras también atrajeron avispas, especies introducidas y parásitos, mientras que las abejas nativas no fueron las principales beneficiadas.
El estudio no acaba de publicarse, aunque haya vuelto a circular ahora en redes y medios. Se realizó en Toronto entre 2011 y 2013 y apareció en PLOS ONE en marzo de 2015. Tras analizar 574 instalaciones y 27.275 abejas y avispas, los autores advirtieron de que estos refugios no son una solución automática para conservar polinizadores.
No son pequeñas colmenas
Un hotel para abejas no funciona como una colmena de abejas melíferas. Es un conjunto de túneles donde distintas hembras solitarias pueden preparar sus propios nidos, depositar huevos y dejar polen o néctar para las larvas. Cada agujero es, en la práctica, una habitación independiente.
En Europa, alrededor del 80 % de las especies de abejas silvestres son solitarias, pero eso no significa que todas utilicen madera o cañas. Cerca del 70 % anida bajo tierra, por lo que un hotel solo puede ayudar a la parte que busca cavidades en tallos, troncos o antiguos agujeros de escarabajos. No es poca cosa, pero tampoco representa a todo el vecindario.
Doscientos hoteles cada año
Los investigadores colocaron 200 hoteles cada año durante tres temporadas, no 200 en total. Los repartieron entre jardines residenciales, huertos comunitarios, parques urbanos y azoteas, con una separación mínima de 250 metros. Cada estructura contenía 30 tubos de cartón de tres diámetros distintos.
Al terminar cada temporada, el equipo abrió los tubos, separó las celdas de cría y esperó a que emergieran los adultos. Después identificó cada abeja y avispa, distinguió las especies nativas de las introducidas y registró los parásitos. Fue un trabajo paciente, de esos que convierten un pequeño agujero de cartón en una radiografía de la ciudad.
Los resultados incluyeron 36 especies de abejas, cinco de ellas cleptoparásitas. Las abejas nativas representaron alrededor del 27,6 % de todos los individuos criados, mientras que las avispas nativas alcanzaron el 37,8 % y fueron el grupo más abundante. Además, ocuparon casi tres de cada cuatro hoteles cada año.
Las avispas cambiaron el relato
Los propios autores resumieron que «los hoteles para abejas parecen favorecer más a las avispas que a las abejas nativas». También observaron que las abejas introducidas suponían casi la mitad de todas las abejas obtenidas en las estructuras. El cartel decía hotel para abejas, pero la recepción estaba abierta a muchos más huéspedes.
¿Significa eso que las avispas arruinaron el experimento? No. Muchas de las especies encontradas eran solitarias y pueden capturar pulgones, orugas y otros insectos que dañan las plantas, de modo que también prestan un servicio ecológico en parques y huertos.
El hallazgo importante fue otro. Una intervención pensada para una especie puede modificar toda una comunidad, incluida la competencia por los huecos disponibles. Las avispas no fueron un error, fueron el dato que obligó a mirar el hotel completo.
El riesgo está en la concentración
Agrupar muchos nidos en una misma estructura facilita la observación, pero también puede ofrecer a parásitos y depredadores un objetivo fácil de localizar. En Toronto, las abejas nativas sufrieron más parasitismo que las introducidas. Los investigadores también advirtieron de posibles problemas con moho, enfermedades, hormigas, arañas y aves cuando el diseño o el mantenimiento son deficientes.
Aun así, el estudio no demostró que todos los hoteles sean dañinos ni que reduzcan por sí solos las poblaciones de abejas. Comparar estos refugios con nidos naturales es muy difícil, porque estos últimos suelen estar ocultos dentro de tallos, madera o suelo. Por eso, los especialistas siguen pidiendo estudios largos y controles adecuados antes de dictar una sentencia general.
MacIvor lo explicó con una frase bastante más realista que cualquier promesa comercial. «Si construyes la caja nido, quizá vengan. Puede que no. O puede que vengan el año siguiente». Y eso se nota cuando el jardín no ofrece comida, materiales o un entorno apropiado.
La evidencia más reciente
Una investigación publicada en julio de 2026 amplía ahora esa imagen. Sus autores revisaron 90 hoteles de insectos en Europa Central, con 73.259 cavidades disponibles, y encontraron nidos en 11.600 de ellas. Identificaron 110 especies de abejas y avispas, incluidas 16 presentes en listas rojas.
El éxito dependió mucho del material y del paisaje que rodeaba la estructura. Los tallos huecos de carrizo fueron utilizados con frecuencia, mientras que las cavidades demasiado anchas apenas recibieron ocupantes. Los hoteles situados en hábitats seminaturales o zonas verdes urbanas bien estructuradas funcionaron mejor que los colocados en entornos urbanos degradados.
En otras palabras, la ciencia más reciente no convierte estos refugios en inútiles. Confirma algo más sencillo y menos vistoso, que el hotel puede servir cuando forma parte de un hábitat de calidad. Sin flores, suelo sano y refugios naturales, la fachada bonita hace poco.
Qué hacer en un jardín español
Conviene elegir una estructura pequeña, con menos de unos 100 túneles, madera sin tratar o tallos naturales y entradas lisas, sin astillas. Los conductos deben estar cerrados por el fondo y ofrecer varios diámetros razonables. El plástico y el vidrio retienen humedad, mientras que piñas, musgo y corteza suelen ser más decoración que alojamiento para abejas.
También hace falta proteger el hotel de la lluvia y del calor fuerte de la tarde. En buena parte de Europa se utiliza una orientación hacia el sur o sureste para recibir calor temprano, aunque el clima local manda, sobre todo durante esos veranos cada vez más duros. Los tubos usados deben revisarse, limpiarse o sustituirse de forma segura para evitar que parásitos y hongos se acumulen año tras año.
En el fondo, el mejor hotel es solo un complemento de un jardín con flores autóctonas durante distintas épocas, rincones de suelo sin remover, tallos secos, algo de madera muerta y el menor uso posible de pesticidas. La prioridad no es llenar una pared de agujeros, sino mantener un lugar donde los polinizadores puedan comer, anidar y completar su ciclo.
El estudio original fue publicado en PLOS ONE y la investigación más reciente apareció en Biodiversity and Conservation.



