Un cargamento de juguetes de baño acabó convirtiéndose en una pista para entender cómo se mueve el océano. El 10 de enero de 1992, una tormenta provocó la caída al Pacífico Norte de un contenedor con 28.800 figuras de plástico, entre ellas patos, tortugas, castores y ranas.
Aquellos objetos permitieron a los investigadores comparar sus cálculos con hallazgos reales en las playas y estudiar viajes de varios años. Pero esta historia también deja una advertencia ambiental fácil de entender. Que un residuo desaparezca de nuestra vista no significa que haya desaparecido del mar.
Las cifras de los juguetes del Pacífico
| Dato | Cifra |
|---|---|
| Fecha del accidente | 10 de enero de 1992 |
| Juguetes en el contenedor | 28.800 |
| Contenedores perdidos por el buque | 12 |
| Primeras llegadas a Sitka (Alaska) | Unos 10 meses después |
| Recogidos por Dean y Tyler Orbison (1993-2005) | 124 (el 0,4 % del total) |
| Vuelta media al giro subártico | Unos 3 años |
| Ajuste de velocidad por el viento | +50 % sobre la corriente |
| Tamaño de un microplástico | Menos de 5 mm |
10 de enero de 1992: 28.800 juguetes al agua
El buque viajaba desde Hong Kong hacia Tacoma, en Estados Unidos, cuando perdió doce contenedores cerca de la línea internacional de cambio de fecha. Uno transportaba los animales de juguete que terminarían dispersándose por el agua.
El primer trabajo sobre el accidente, publicado en 1994 por Curtis Ebbesmeyer y W. James Ingraham, documentó la llegada de figuras a las playas próximas a Sitka, en Alaska, diez meses después del vertido. Una carga pensada para la bañera había cruzado una enorme extensión de océano.
Para los científicos, lo valioso era conocer cuándo y dónde había empezado el viaje. Al añadir el lugar y la fecha de un hallazgo, obtenían una referencia con la que poner a prueba sus explicaciones sobre la deriva.
El modelo OSCURS y los avisos desde la costa
Ebbesmeyer e Ingraham aprovecharon los avisos de personas que recogían objetos en la costa. Cada juguete identificado sumaba información, aunque entre su caída al agua y su recuperación quedase un largo tramo sin observar.
Ingraham trabajaba con OSCURS, un modelo informático utilizado para estudiar las corrientes superficiales del Pacífico Norte. El programa combinaba información atmosférica con datos sobre la circulación del agua para calcular trayectorias posibles, que después podían compararse con las recuperaciones.
El modelo ya existía antes del accidente y tenía aplicaciones pesqueras, como estudiar el desplazamiento de huevos y larvas. Los juguetes aportaron una oportunidad adicional para ajustarlo. Su interés estaba en comprobar si los cálculos encajaban con lo que aparecía en las playas.
Tres años para dar la vuelta al giro subártico
El seguimiento dio lugar a otra publicación en 2007, firmada también por Thomas Royer y Chester Grosch. Entre los registros figuraban los 124 juguetes recuperados por Dean y Tyler Orbison cerca de Sitka entre 1993 y 2005. Esos 124 juguetes son apenas el 0,4 % de los que cayeron al mar.
Los investigadores combinaron esos hallazgos con otros objetos flotantes, simulaciones y mediciones del agua. Así estimaron cuánto podía tardarse en rodear el giro subártico del Pacífico, un gran circuito de corrientes que conecta regiones próximas a Asia y América.
«Un objeto a la deriva tarda, de media, tres años en rodear el giro», concluyeron los autores. Es una estimación del conjunto de datos, no el tiempo exacto que tardó cada pato. Algunos objetos podían desviarse, quedar varados o seguir circulando.
Un 50 % más rápidos que la corriente
¿Un juguete flotante se mueve exactamente igual que el agua? No siempre, porque la parte que sobresale recibe directamente el empuje del viento. El informe de Ingraham de 1997 explica que, para reproducir la primera recuperación, hubo que ajustar la velocidad de los juguetes a un valor un 50 % superior al de la corriente.
Además, su comportamiento podía cambiar con los años. El trabajo de 2007 señala que los juguetes desarrollaron fugas y terminaron flotando casi sumergidos, de modo que tampoco conviene describirlos como objetos capaces de mantenerse intactos indefinidamente.
Estas limitaciones ayudan a interpretar los mapas de su viaje. Las líneas trazadas por un ordenador son reconstrucciones posibles entre observaciones, no posiciones transmitidas por cada figura durante toda su travesía. Los hallazgos aportan pruebas, pero no permiten conocer cada giro del recorrido.
Plástico que acaba en microplásticos
La imagen de un pato amarillo recorriendo el océano resulta simpática, pero sigue siendo plástico fuera de lugar. La NOAA, la agencia estadounidense dedicada al océano y la atmósfera, explica que el sol, el agua salada y el oleaje pueden fragmentarlo en piezas cada vez más pequeñas.
Esos fragmentos pueden convertirse en microplásticos, partículas de menos de cinco milímetros. Por eso, una playa sin juguetes reconocibles no demuestra que el material haya desaparecido. Recoger residuos y evitar que lleguen al agua permite actuar antes de que su retirada resulte más difícil.
La aportación científica de aquel accidente fue aprovechar las pistas que dejaron unos objetos perdidos para comprender mejor su dispersión. El estudio de seguimiento se publicó en 2007 en Eos, la revista de la Unión Geofísica Americana.
Imagen: NordNordWest / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)











