Alerta, tóxicos en las bibliotecas

Publicado el: 7 de septiembre de 2015 a las 09:48
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Alerta

Todos los años, durante semanas, cientos de estudiantes se agrupan en las bibliotecas públicas para repasar asignaturas antes de realizar el examen escrito, obligado en España, para el acceso a la universidad pública o privada.

Maribel Pérez, recién llegada de USA, donde reside, ha visitado varias bibliotecas de Madrid para realizar varios trabajos profesionales. Lo que ha vivido allí lo cuenta en este artículo sin desperdicio. Las bibliotecas y otros espacios públicos se desinfectan con productos químicos muy nocivos para la salud. Las consecuencias no se hacen esperar. La Administración debería tener una discriminación positiva hacia la compra de productos ecológicos y saludables para sus recintos, sean estatales, autonómicos, municipales, etc.



Todos los años, durante semanas, cientos de estudiantes se agrupan en las bibliotecas públicas para repasar asignaturas antes de realizar el examen escrito, obligado en España, para el acceso a la universidad pública o privada. Cualquier persona que haya coincidido con ellos en las diferentes salas habrá oído una sucesión de ruidos procedentes de la tos, del estornudo y la carraspera, no solamente de estudiantes sino de bibliotecarios y lectores allí presentes que constantemente emiten, interrumpiendo la continuidad de su propia concentración. La causa de estas perturbaciones ambientales se debe a las sustancias tóxicas que los trabajadores de la limpieza rocían todos los días antes de que la biblioteca abra sus puertas.

Hace algún tiempo, a uno de los asistentes a la sala de ordenadores se le ocurrió comentarle a una trabajadora (parada en el vestíbulo de una biblioteca, empujando un carrito cargado de detergentes y desinfectantes) que estos productos seguramente eran muy fuertes ya que no era normal que todas las personas allí presentes, incluido él mismo, mostraran idénticos síntomas respiratorios. La señora admitió que los productos eran muy fuertes pero muy efectivos y que ella prefería que fueran así para no tener que frotar ni que aclarar los tableros de las mesas, sillas y demás. Al preguntarle el nombre de los productos, la señora se irritó sobremanera y le respondió: «Vaya a preguntarle a quien sea el responsable de comprarlos. Nosotros solamente los usamos».



Los gases tóxicos que desprenden los productos de limpieza y desinfección entran en el cuerpo humano a través de la piel, de las membranas, mucosas y por inhalación; irritan los ojos, la piel y causan los síntomas respiratorios que se ven en la biblioteca. Algunos pueden ser neurotóxicos, cancerígenos e incluso causan defectos al nacer (1),(2), (3). Parece ser que estos artículos de ingredientes tóxicos para la salud se adquieren firmando contratos con compañías manufacturadoras de productos clorados y derivados del petróleo y benceno, y quizás no prestando mucha atención a los efectos secundarios que aparecen en la hoja informativa que se entrega a la hora de la compra. Si después de su adquisición, estos compuestos resultan tóxicos, es muy difícil que se retiren de las bibliotecas o que se sustituyan por otros. Desgraciadamente, las remesas contratadas se usan hasta que se consume la última gota.

La compra de estos productos debe consultarse a profesionales especializados en medicina ambiental y ocupacional y no dejarse en las manos de cualquier funcionario/a sin conocimientos químicos. Los riesgos a la salud del público deben ser inaceptables. Lo profesionalmente ético sería investigar antes de la compra y luego observar cuidadosamente sus efectos. Si estos son tóxicos, hay que sustituir el producto por otro eficaz, biológico y más saludable de los que existen en el mercado. De esta forma no se seguirá causando año tras año las mismas alternaciones a la salud.

La desinfección es muy importante para controlar la gran variedad de microorganismos patógenos en el ambiente. Sin embargo, para eliminar germenes contaminantes no hay que causar enfermedades respiratorias a las víctimas inocentes que ignoran la existencia de los gases tóxicos que les rodean mientras tratan de prepararse para la prueba de selectividad en la biblioteca pública, donde repasan, comparan y corrigen notas porque en sus casas no hay ni espacio, ni quietud o se interfiere con el horario de otros miembros de la familia.

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