Hay bicicletas urbanas pensadas para compartir. La bicicleta es el único vehículo compartido para el transporte urbano de personas en que el usuario es a su vez conductor. La bici urbana compartida, por ello, es el vehículo público más zarandeado y maltratado. Ello explicaría, al menos en parte, por qué las bicicletas públicas de Barcelona, los vehículos del famoso Bicing barcelonés, sufren tantas incidencias. La que no tiene esto tiene lo otro. Y eso que son de una completa elementalidad. De hecho, las bicicletas públicas padecen muchas averías en todas partes.
Urbike es una bicicleta pensada para enfrentarse a semejante desafío. Ganó un Delta de Plata en la edición de 2009 de estos premios, otorgados por la Associació de Disseny Industrial (ADI-FAD). No lleva neumáticos, sino ruedas macizas. No tiene cadena, sino transmisión por cardan. Es una bicicleta robusta, a prueba de vandalismos y conductores poco cuidadosos, fácil de mantener (el 80% de las averías en las bicicletas públicas se producen en las ruedas y en las cadenas). Por eso Urbike tal vez sea la mejor bicicleta para usos urbanos compartidos. Ya está evolucionando hacia un vehículo de 4ª generación, integrado telemáticamente en su red (informaciones en pantalla on line en el manillar) e incluso dotado de motor eléctrico. Una bicicleta eléctrica y con cardan desconectado de los pedales, que no accionan la transmisión, simplemente van recargando la batería según la capacidad de cada usuario. El diferencial entre el nivel de carga en el momento de coger la bicicleta y en el de dejarla es detectado automáticamente al devolverla y facturado proporcionalmente.
Lástima que la Urbike tenga un serio «defecto»: estar diseñada y fabricada en Rubí por un equipo de gente joven sin conexión con los grandes lobbies del sector y con motivación sostenibilista, además de sentido empresarial y comercial. Por fortuna, parece ser que ya han establecido acuerdos con un distribuidor holandés y pronto habrá producción seriada de estos vehículos y, lo que es aún más importante, de todos los periféricos que hacen posible un servicio realmente eficiente y eficaz de bicicleta pública compartida (anclajes, controles telemáticos de gestión, etc.). Ojalá substituyan pronto a la filfa de bicicletas que muchos bicings tienen actualmente en servicio.
La mayoría de bicings se mantienen, en buena parte, gracias a los convenios publicitarios con el proveedor. Me parece bien. Es el caso del Bicing barcelonés o el de muchos de sus homólogos (Bycykler de Copenhague, Vélo’v de Lión, OYBike de Londres, SmartBike de Washington, etc., por no hablar de iniciativas más próximas, como las de Terrassa o Sevilla, por ejemplo). Como quiera que sea, con publicidad o sin ella, con o sin averías, el problema de las bicicletas de uso compartido es otro. El problema es que, más que convertir automovilistas en ciclistas, más que estimular el uso de la bicicleta o del transporte público, estos servicios tienden a convertir peatones en ciclistas subvencionados.
Sería espléndido que muchos de los actuales automovilistas se movieran en bici por la ciudad, pero quien quiera ir en bicicleta, que se compre una. El ciclista debe ser el propietario responsable de su vehículo. La bicicleta pública compartida debe ser otra cosa, un complemento al transporte público colectivo que permite hacer «la última milla», al decir de los anglosajones. Vas en metro, tranvía o autobús y completas el trayecto en bicicleta. El bicing, entonces, refuerza al transporte colectivo, en lugar de quitarle usuarios potenciales. En bicicleta, sólo unos cuantos pueden hacer trayectos largos. Que lo hagan en su propia máquina, magnífico. El ciudadano corriente, que complete el servicio colectivo pedaleando en bici compartida.
Las ciudades postindustriales han de plantearse este tipo de cosas. La movilidad no es hoy tanto un tema de vehículos, como de sistema. Conviviendo con las personas que van a pie, habrá coches, bicicletas, metros, autobuses, taxis y tranvías. Ninguna opción es excluíble, se trata de saber cual de ellas conviene en cada caso y qué concreto tipo de vehículo se adecua mejor a cada circunstancia. Con todo terrenos llevando niños a la escuela o con bicicletas de dos al cuarto haciendo kilómetros por las aceras no se va a ninguna parte. La ciudad postindustrial sostenible no es una cruzada contra nada ni una feria de despropósitos. Es el triunfo del buen sentido que se sirve de la mejor tecnología disponible.


















