En los últimos años he ido a algunas cumbres mundiales sobre desarrollo sostenible y cambio climático: estuve en Río+10 (Johannesburgo, 2002), en el COP15 (Copenhague, 2009) y en varios congresos mundiales de ICLEI-Gobiernos Locales por la Sostenibilidad, dónde siempre ha quedado claro que se ha hecho muy buen trabajo desde los gobiernos locales. Sin embargo, tensión, nervios, cabreo por la falta de concreción y de ambición de los acuerdos finales pero, al fin y al cabo, emoción e ilusión para que se llegue a buen puerto, o al menos, para demostrar que unos cuantos sí que trabajan en la dirección adecuada. ‘Río+20 ha sido extraño’
Cuando pocos días antes de la Cumbre sólo se habían consensuado 70 de los más de 300 puntos del documento final y todo hacía pensar en reuniones y noches interminables, el día anterior al inicio de la Cumbre; el 19 de junio, apareció, como de la nada, el documento final de la Conferencia. Jugada maestra de la diplomacia brasileña (muy desarrollada desde los tiempos del presidente Lula da Silva), que no quería permitirse un fracaso en esta importante cita en su país.
La opinión de los asistentes (no de todos) era de no saber qué pensar: ¿optimismo o pesimismo? Optimismo por tener, aunque fuera, un mal acuerdo pero acuerdo, como mínimo. Pero pesimismo porque todos los puntos del documento donde se tenían que concretar objetivos, acciones, medios, recursos, fechas; fueron sacados del papel de golpe. Naturalmente que las grandes ONGs (Greenpeace, Oxfam, WWF) hablaban de fracaso absoluto pero otros pensaban «bueno, mejor esto que nada». La verdad es que después de tantas cumbres mundiales y de fracasos como el de Copenhague, en 2009, no nos podíamos permitir un fracaso más que, en este caso, hubiera sido ya demasiado y hubiera dado más alas aún a todos aquellos que dudan (y con cierta razón) de la utilidad de estos encuentros.Y evidentemente que sirven: para conocer experiencias maravillosas, gente heroica (sí, heroica: Jeb Brugmann, por ejemplo, el fundador de ICLEI y redactor, con sólo 32 años, del capítulo 28 del Programa 21, las conocidas Agendas 21 locales-A21L-, de las cuáles se benefician 10.000 municipios en todos los rincones del mundo), para reunirse, para charlar, para valorar lo que hacemos, para mejorarlo y para comprometerse (e ilusionarse) en colaboraciones futuras.
No se han incluido cuestiones concretas, no se ha decidido el paso del PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) a una Agencia u Organismo Internacional (pero sí pasará de tener 52 países a incorporar todos los países del planeta).Sí que ha habido un compromiso que se ha concretado en el establecimiento de unos Objetivos de Desarrollo Sostenible, que continuarán, a partir del 2015, la no muy exitosa labor realizada con los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Esperamos que los Objetivos de Desarrollo Sostenible sean ambiciosos y sobre todo que se cumplan.
El punto positivo para los gobiernos locales y regionales (o subnacionales, de acuerdo con la terminología de la ONU, con Cataluña a la cabeza; y muy coordinados en esta ocasión) es la inclusión, de manera relevante y destacada en un documento de estas características de Naciones Unidas, del importante papel de ciudades y regiones en la implementación de las políticas de sostenibilidad. Este reconocimiento siempre se enfoca desde los gobiernos nacionales, con la vista demasiado puesta en la economía, como si ésta no dependiera, en último término, de la ecología de los bienes y servicios ambientales que el planeta nos proporciona para que podamos (sobre)vivir.