El medio ambiente: tres décadas de cambios que reclaman nuestra acción

Publicado el: 27 de mayo de 2014 a las 08:04
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El medio ambiente: tres décadas de cambios que reclaman nuestra acción

En treinta años la forma en que miramos el medio ambiente ha cambiado mucho. O no tanto, bien mirado.

En el fondo, seguimos teniendo sobre la mesa los mismos grandes retos ambientales que teníamos en 1984: por un lado, la gestión de unos recursos escasos (con dos vectores principales, agua y energía) y, por otro, la mitigación y adaptación del cambio climático. Lo que ha variado es la forma en que hemos interpretado estos retos y sobretodo cómo nos hemos posicionado para hacerles frente. Y las palabras que hemos ido usando.



A continuación, os proponemos un breve repaso de todo lo que ha cambiado en estas tres décadas desde el punto de vista del medio ambiente y la sociedad.



– De la tecnología-amenaza a la tecnología-oportunidad. La comunicación ambiental abusaba a principios de los ochenta de fantasmagóricas recreaciones gráficas. ¿Recuerdan aquellas ilustraciones con interminables caravanas de vehículos que colapsaban ciudades inmersas en la contaminación y el humo? Hoy la representación de éstas es muy diferente en nuestro imaginario: de ser uno de los principales problemas del ambiente, a ser parte de la solución; de la tecnología vista como amenaza, a la tecnología vista como oportunidad. Las llamadas ciudades inteligentes se reivindican en este contexto como el instrumento para facilitar la transformación a través de la gestión de la información (big data) y la mejora de la eficiencia. Habrá que ver, sin embargo, si política y socialmente van más allá de la mera actualización superficial y nos permiten instalar un auténtico cambio de sistema operativo. Este es el reto.

– De la contaminación que se ve a la que no. De acuerdo: en el mundo occidental hemos acabado con las chimeneas humeantes y los coches cada vez contaminan menos. Sin embargo, ha crecido la preocupación sobre la contaminación que no se ve, la del aire, avalada por las crecientes evidencias científicas sobre sus efectos en la salud, tal y como explica incansablemente la Fundación Roger Torné. Compuestos químicos y micropartículas en suspensión son los temidos agentes infiltrados en nuestro día a día, y la legislación apenas comienza a adaptarse a estas amenazas invisibles. Algunas de las principales preocupaciones relacionadas con el ambiente tienen que ver hoy con estos agentes secretos, los cuales, sin embargo, son desenmascarados cada vez con más facilidad por la ciencia. Y el grupo más vulnerable es el de los niños, tanto en los países occidentales como en los que están en desarrollo, donde, por cierto, la postal con las chimeneas humeantes sigue teniendo mucho sentido, desgraciadamente. En un contexto de crisis en el sector público como el actual, es clave no dejar de invertir en ciencia. No sólo depende de ello nuestra competitividad: también depende nuestra salud.

– De los gobiernos a las ciudades. A mediados de los ochenta, la construcción europea daba un paso importante con la entrada en la UE de España y, a la vez, empezaban a agrietarse los muros de la guerra fría. Faltaba poco para la Conferencia de Río, en el 92, que ayudó a situar la cuestión ambiental en el centro del debate global. Nada exageradamente se describió el evento como la Cumbre de la Tierra. La preocupación por el medio saltaba a la agenda política y se presentaba con una fórmula entonces innovadora y asumida hoy en buena parte: el ambiente, la economía y la equidad social debían entenderse agrupadas, y para hablar del entorno era necesario proyectar también la mirada a las generaciones futuras. Había que ampliar el foco. El pensamiento sostenibilista se presentaba en sociedad como una solución de síntesis, pragmática y necesariamente transversal.

Las ciudades se tomarían el reto como propio y lo comenzarían a concretar en las primeras agendas 21, después de la cumbre de Aalborg en 1994. El poder local, y en parte el regional, iría cogiendo cada vez más protagonismo. Buenas noticias, porque en poco tiempo, y gracias a la tenacidad de muchos, la cotidianidad de millones de personas comenzaría a cambiar con prácticas como el reciclaje y la eficiencia energética.

– La globalización, un paradigma que hay que repensar. La cumbre de Río, en el año 1992, evidencia de forma particularmente elocuente un paradigma que en realidad ya hacía tiempo que se estaba desplegando: el de la globalización.

La economía inicia en los noventa un acelerado ciclo, ayudada por la desregularización de los ochenta -cuyos efectos padecemos ahora- y por las mejoras diversas en el campo de las comunicaciones y las telecomunicaciones. El del cambio climático es uno de los primeros grandes retos a abordar en ese nuevo contexto y, para hacerle frente, nacen los primeros organismos internacionales con la certeza de que hay que avanzar hacia una respuesta coordinada y común que implique compromisos concretos, además de buenas palabras. El protocolo de Kyoto de 1997 es un documento de una importancia mayúscula porque implica a diferentes gobiernos en acciones concretas y obligaciones económicas en un marco objetivado y cuantificado. Las euforias, sin embargo, se van enfriando a medida que el pragmatismo cortoplacista de los estados se impone. La siguiente conferencia global, la de Johannesburgo, diez años después, se cierra con una pregunta que no es fácil de responder: ¿éxito o fracaso? El protocolo de Kyoto no logra ser la herramienta prometida, ante la negativa a ratificarlo de la mayor economía del mundo, la de EEUU, y la dificultad para establecer su continuidad.

Europa lidera durante cerca de una década el proceso hasta que, inmersa en su propia crisis, deja de lado su papel impulsor. La cumbre de los veinte años en Río llega con aires de pesimismo y desconcierto, y con la cuestión del cambio climático desaparecida de la agenda internacional. Sólo el mundo local, y gracias, lo mantiene hoy como prioridad. ¿Qué actores y a través de qué instrumentos plantarán cara, pues, al desafío climático? Las ciudades y la ciudadanía en general deberán tener, forzosamente, un papel mucho más importante.

– De la falta de información a la sobreinformación. Tiene un punto de ironía. El mundo que George Orwell imaginaba para el año 1984, el año del nacimiento de la Fundación, y el mundo actual, tienen algunos paralelismos. La información nos despierta, sí, pero la sobreinformación nos aturde. ¿Cómo no morir en el intento? En el camino que nos ha llevado del papel al bit como principal soporte del conocimiento hemos ganado acceso a contenidos impensables hace unas pocas décadas y hemos adquirido también herramientas valiosas para relacionar, comparar y trabajar colaborativamente. En contraposición, hemos tenido que aprender a gestionar la sobreinformación y a estar dispuestos, no siempre con éxito, a la amenaza de la intimidad y del control del gran hermano de Orwell. Las redes serán -se convierten ya- instrumentos para tomar conciencia y, sobre todo, para pasar a la acción.

LOS RETOS

La necesidad de una gobernanza global a través de una ONU renovada y de una UE reforzada choca con la crisis política actual, definida por un aumento de las desigualdades y una profundísima desconfianza cívica. La inexistencia de mecanismos de regulación vinculantes desplegados y asumidos por todos complica aún más un escenario de cierta desorientación. La lucha contra el cambio climático es urgente, y más vistos los últimos datos, pero hoy, lamentablemente, vive uno de los momentos más débiles en la lista de preocupaciones ciudadanas.

Las mejoras tecnológicas y los avances científicos, así como el compromiso de algunas de las economías regionales y locales más innovadoras, se pueden contar en la columna de positivos, pero no serán una realidad sin que la preocupación llegue a la calle y los retos ambientales sean comentados en las puertas de las escuelas, en las salas de espera de los hospitales o en las sobremesas con amigos, y esta preocupación compartida, este intercambio de información, se traduzca también en compromiso por la acción y en presión política. Hemos caminado mucho en treinta años y hemos avanzado más. Pero no es suficiente porque el cambio climático, en realidad, no es tanto un desafío a la naturaleza, bien acostumbrada al cambio, sino a nuestro modelo de civilización.

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