Suecia transforma residuos del océano en materiales clave para la industria cultivando macroalgas de 5 metros en el fondo del mar

Publicado el: 24 de abril de 2026 a las 15:33
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Cultivo de macroalgas kelp en el mar de Suecia para producir materiales industriales sostenibles.

El mar suele salir en las noticias como el lugar donde acaban los residuos, sobre todo los plásticos que nadie sabe muy bien cómo “desaparecen” de nuestras vidas. Pero en la costa oeste de Suecia está creciendo otra historia, una que intenta usar el océano no como vertedero, sino como fábrica natural de biomasa.

La clave está en una macroalga muy común en aguas frías, el kelp de azúcar (Saccharina latissima). Un proyecto liderado por Axfoundation junto con la Universidad de Lund quiere convertir ese cultivo marino en un suministro estable para la industria europea, con el objetivo de reemplazar parte de los materiales de origen fósil que hoy están en envases, textiles o componentes técnicos. Y no, no es magia, es cadena de valor.



Un plan industrial

La iniciativa se llama Seaweed Materials Initiative y tiene un enfoque muy concreto. No se centra en vender algas como alimento, sino en crear estándares y procesos para que el kelp de azúcar pueda ser una materia prima industrial fiable, con calidades definidas y una logística que funcione.

En palabras del equipo del proyecto, “Locally produced marine biobased materials can play an important role in the transition to circular material flows”, una idea que resume bien el objetivo de fondo. El proyecto se desarrolla de 2026 a 2028 y reúne a toda la cadena, desde cultivadores hasta marcas y empresas que quieren prototipos reales, no solo pruebas de laboratorio.



Entre los socios aparecen actores de sectores muy distintos, desde química y materiales a automoción y moda, y también un grupo de referencia donde figura Inter IKEA. Esa mezcla no es casualidad, porque si el material no llega a la industria con regularidad, se queda en una promesa bonita.

Por qué kelp

El kelp de azúcar, Saccharina latissima, es una de esas especies que ya existen en el ecosistema del Atlántico norte y que, bien gestionadas, se pueden cultivar en el mar sin ocupar tierra agrícola. Su lámina puede alcanzar longitudes muy grandes, de hasta 5 metros, y tiende a crecer con fuerza en los meses fríos.

Aquí hay un detalle importante para entender el interés industrial. Al cultivarse en el océano, no compite por suelo ni por agua dulce, y esa diferencia pesa mucho en Europa, donde el espacio agrícola está bajo presión y el agua es un tema cada vez más delicado.

En la propia descripción del proyecto se recuerda algo básico que a veces se confunde. Hablamos de macroalgas, no de “pastos marinos” (que son plantas con raíces y semillas). Parece un matiz menor, pero cambia cómo se gestiona el cultivo y cómo se evalúan sus impactos.

Del alga al material

La parte difícil no es solo cultivar. El reto grande viene después, cuando hay que transformar la biomasa en fracciones útiles y repetibles, con una calidad que sirva para fabricar productos sin sorpresas. Por eso el proyecto pone tanto peso en la estandarización, la clasificación y el escalado de procesos desde el laboratorio a plantas piloto.

El kelp de azúcar puede fraccionarse en componentes con usos muy distintos, como alginatos, celulosa, proteínas y minerales. La idea es aprovechar la misma biomasa en “cascada”, extrayendo primero lo de mayor valor y usando el resto en aplicaciones como materiales bio‑basados, fertilizantes, biogás o energía, para minimizar residuos.

En el mundo de la investigación ya se exploran técnicas para hacer estos procesos más eficientes, incluidos pretratamientos físicos como campos eléctricos pulsados, que se estudian como alternativa de menor energía frente a ciertos tratamientos térmicos. Ojo, esto no significa que sea “la receta” de un único proyecto, pero sí indica hacia dónde se mueve la tecnología cuando se quiere escalar sin disparar costes ni impactos.

Lo que gana el agua

Una de las razones por las que las macroalgas están en el radar climático es que, mientras crecen, capturan dióxido de carbono y también absorben nutrientes como nitrógeno y fósforo. Esto último importa mucho en zonas costeras con eutrofización, donde el exceso de nutrientes alimenta blooms de algas y problemas de oxígeno.

En la costa oeste sueca, trabajos académicos sobre cultivo de kelp apuntan a que los efectos ambientales negativos pueden ser limitados si se elige bien el emplazamiento y se gestiona correctamente. El investigador Wouter Visch lo resumía así al presentar resultados de una granja experimental, “We only found minor negative effects…”, mientras destacaba también la captura de nutrientes como posible beneficio.

A cambio, ni la UE ni los científicos lo venden como barra libre. La propia Comisión Europea advierte de que expandir el cultivo en el mar no debería alterar el equilibrio de los ecosistemas ni repetir en el océano errores históricos de producción intensiva en tierra. Traducido a la vida real, el sitio y la escala importan, y mucho.

Europa quiere más algas

Este movimiento sueco no aparece de la nada. La Comisión Europea ya planteó en 2022 que la demanda europea de algas podría pasar de unas 270.000 toneladas en 2019 a 8 millones de toneladas en 2030, con un valor estimado de 9.000 millones de euros y potencial de crear alrededor de 85.000 empleos.

En el mismo documento se menciona algo que explica por qué proyectos como el sueco miran tanto a la industria local. Europa es un gran importador y, además, gran parte de su “producción” tradicional proviene de recolección silvestre, mientras que en Asia domina la acuicultura a gran escala. Esa dependencia externa es justo lo que se intenta reducir construyendo cadenas de valor europeas.

El objetivo, por tanto, no es solo “cultivar algas”. Es conseguir que haya suficiente biomasa, con calidad controlada, con procesos industriales eficientes, y con un mercado que absorba materiales nuevos sin que se queden en prototipos de feria.

Lo que hay que vigilar

¿Significa esto que en pocos años compraremos todo en envases de algas y se acabó el plástico? No tan rápido. Para que un material sea realmente sostenible, cuenta el ciclo completo, desde el cultivo y el transporte hasta el consumo energético del procesado y la gestión final del producto. Y eso exige datos, no solo buenas intenciones.

También está la parte de seguridad y calidad. Algunas algas pueden acumular elementos como yodo o ciertos metales dependiendo de la zona y del tratamiento, y la industria necesita estándares claros para evitar riesgos y garantizar consistencia. Precisamente por eso, en este proyecto la estandarización aparece como una prioridad, porque sin esa base no hay fabricación seria.

Y queda el cuello de botella típico de la “economía verde”, la normativa y los permisos. En Suecia, investigadores que han estudiado granjas de kelp ya señalaban hace años que la legislación puede ser un obstáculo para crecer, incluso cuando las condiciones naturales son buenas. Ese detalle suele decidir si una idea llega a la estantería del supermercado o se queda en un piloto permanente.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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