A mediados de febrero de 2026, equipos de rescate y vigilancia en el estado de Victoria (Australia) reanudaron la búsqueda de una ballena jorobada juvenil vista con una cuerda enrollada en el cuerpo, cerca de Wilsons Promontory. La última localización confirmada la situaba a unos 250 metros de la costa de Cape Wellington, avanzando hacia el sur, y su aspecto preocupó a quienes la observaron por su delgadez y las heridas visibles.
El caso es un recordatorio incómodo de algo que solemos olvidar cuando miramos el mar desde la orilla. Un trozo de cabo, una línea de pesca o un resto de red pueden convertirse en una trampa que arrastra durante kilómetros a un animal de varias toneladas. Y cuando además cambian los “relojes” de la naturaleza, como la migración, localizar y ayudar a tiempo se vuelve aún más difícil.
Un avistamiento fuera de temporada
Ver ballenas jorobadas por esa zona en febrero no es lo habitual. Las autoridades de Victoria recordaron que, en general, estos cetáceos suben hacia el norte en invierno para criar en aguas más cálidas y regresan más tarde hacia las zonas de alimentación en la Antártida.
Entonces, ¿por qué aparece una cría tarde y sola, y además enredada? Una parte de la respuesta puede estar en su situación concreta, porque los expertos creen que se separó de su madre durante el viaje y aún no tiene aprendido del todo “el mapa” de la ruta. Otra parte tiene que ver con un océano que está cambiando, y ahí el margen de error se estrecha.
Una cuerda que corta la piel
El aviso llegó desde una embarcación turística que estaba en la zona de Refuge Cove, en Wilsons Promontory, y que vio al animal en dificultades. Según relató el guía Graeme Burgan, la ballena se acercó con curiosidad, pero al verla de cerca comprobó que la cuerda le había producido varias lesiones en la espalda mientras nadaba arrastrándola.
Lo más inquietante es que no se trataba solo de la cuerda, sino del estado general del animal. En la entrevista con la radio local de ABC, Burgan explicó que se le marcaban las costillas y que la veía “muy lenta”, como si estuviera gastando la energía que le quedaba en seguir avanzando. Son señales que hacen temer por su capacidad de sobrevivir a una migración tan exigente.
Por qué no puedes acercarte
A cualquiera le puede entrar el impulso de “cortar y ya está”, sobre todo cuando el animal pasa cerca. Pero las emergencias con ballenas enredadas son operaciones de alto riesgo, tanto para la tripulación como para la propia ballena, y por eso están reservadas a equipos entrenados.
El Departamento de Energía, Medio Ambiente y Acción Climática de Victoria (DEECA) insiste en algo muy claro. Si se ve una ballena enredada hay que avisar a la Whale and Dolphin Emergency Hotline (1300 136 017) y mantenerse a distancia, con embarcaciones, drones o aeronaves al menos a 300 metros. Además, interferir con estos mamíferos marinos está prohibido y puede conllevar sanciones.
Recuperación y nuevas amenazas
Las ballenas jorobadas son uno de los mejores ejemplos de recuperación cuando se dejan de hacer las cosas mal. Tras décadas de caza, la población del este de Australia llegó a caer a posiblemente unos 200 individuos a principios de los años 60, y desde entonces se ha recuperado hasta niveles previos a la caza comercial.
Esa recuperación no significa que estén a salvo. La propia Autoridad del Parque Marino de la Gran Barrera de Coral señalaba que, con el aumento de población y el clima cambiando, el riesgo ligado a actividades humanas sigue ahí, incluida la posibilidad de enredos y los impactos del ruido de embarcaciones. Y a nivel global, la moratoria de la Comisión Ballenera Internacional sigue siendo una pieza clave para que esa historia de recuperación no se dé la vuelta.
Las autopistas azules del océano
Hay un dato que ayuda a entender la dimensión del problema. WWF y decenas de grupos científicos impulsaron BlueCorridors.org, una plataforma que reúne más de 3,2 millones de kilómetros de seguimiento por satélite de más de 1.400 ballenas migratorias y lo cruza con amenazas como tráfico marítimo, artes de pesca, ruido submarino, contaminación plástica y cambio climático.
En la práctica, estas rutas son como “autopistas” que conectan zonas de cría y alimentación. El problema es que, cada vez más, el viaje se parece a una carrera de obstáculos, y un solo cabo perdido puede marcar la diferencia entre seguir adelante o quedarse atrás. No es poca cosa.
Lo que puedes hacer hoy
En Victoria, la recomendación para la ciudadanía es sencilla y muy concreta. Si alguien detecta una ballena herida, varada o enredada, lo responsable es avisar, compartir la localización y mantener la distancia de seguridad, aunque cueste quedarse mirando. Ese aviso rápido es lo que permite que los equipos especializados organicen una intervención cuando el mar lo permite.
Y luego está lo menos heroico, pero igual de importante, que empieza en tierra. El Gobierno australiano recuerda que no tirar basura y evitar que líneas, cuerdas y plásticos acaben en el agua es una forma directa de proteger a ballenas y delfines. Es el típico gesto que parece pequeño, como recoger un hilo o una bolsa antes de irse de la playa, hasta que imaginas lo que puede pasar cuando no se hace.
La guía oficial para reportar emergencias con ballenas y delfines en Victoria está publicada por DEECA.












