Vertidos mineros en el Guadalquivir podrían multiplicar la contaminación por diez, una advertencia respaldada por datos científicos que confirman la acumulación de metales pesados en el estuario desde 2009.
Las organizaciones ecologistas han reaccionado ante un escenario que prevé el vertido de más de 117.000 millones de litros de aguas contaminadas durante años, con efectos directos sobre biodiversidad, economía y salud pública.
El problema se origina principalmente en la acumulación de metales pesados y residuos tóxicos procedentes de actividades mineras, que terminan filtrándose hacia el cauce del río.
Sustancias como el arsénico, el plomo o el cadmio pueden permanecer durante décadas en el ecosistema, afectando no solo a la calidad del agua, sino también a la fauna y flora que dependen de ella. Peces, aves y otras especies podrían sufrir alteraciones graves, con consecuencias que se extienden a toda la cadena trófica.
Vertidos mineros en el Guadalquivir podrían multiplicar la contaminación por diez
Protestas en Sevilla alertan del impacto de más de 117.000 millones de litros de vertidos con metales pesados en el río.
Los proyectos mineros de Los Frailes (Aznalcóllar) y Cobre Las Cruces (Gerena) plantean un volumen de vertidos de enorme magnitud, con más de 85.000 millones de litros previstos durante 18 años en el primer caso y otros 32.000 millones de litros durante 14 años en el segundo.
Estos vertidos, cargados de metales pesados, se realizarían en puntos estratégicos del Guadalquivir próximos a Sevilla, lo que incrementa de forma significativa el impacto potencial sobre el estuario y sus ecosistemas asociados.
Un estudio científico elaborado por las universidades de Sevilla, Cádiz y Granada ha demostrado que el estuario ya presenta contaminación acumulada desde 2009, detectando niveles de plomo superiores a los límites establecidos por la Unión Europea en albures, un pez de consumo habitual en la zona.
Además, se ha identificado arsénico en concentraciones cercanas al límite legal en galeras, lo que evidencia que los metales pesados ya han entrado en la cadena alimentaria y suponen un riesgo directo para la seguridad alimentaria.
El río actúa como trampa de contaminantes por su dinámica hidrológica
El comportamiento físico del Guadalquivir agrava el problema, ya que el alto contenido de sedimentos en suspensión favorece que los metales pesados se adhieran y se depositen en el fondo del estuario.
Factores como la presa de Alcalá del Río, que actúa como barrera, y el fenómeno del tapón salino en la desembocadura, dificultan la evacuación de estos contaminantes hacia el mar, provocando su acumulación progresiva durante años.
La acumulación de metales pesados en los sedimentos implica su incorporación a la red trófica, afectando directamente a especies marinas y fluviales, lo que impacta en sectores como la pesca y la acuicultura.
Además, el uso de estas aguas en agricultura y ganadería puede trasladar la contaminación al sistema alimentario, y en situaciones de sequía, el Guadalquivir podría convertirse en fuente de abastecimiento humano, incrementando el riesgo sanitario.
La contaminación podría multiplicarse por diez en un sistema ya tensionado
Factores como la presa de Alcalá del Río, que actúa como barrera, y el fenómeno del tapón salino en la desembocadura, dificultan la evacuación de estos contaminantes hacia el mar, provocando su acumulación progresiva durante años.
Según los datos aportados por las organizaciones ecologistas y los estudios científicos disponibles, la suma de los nuevos vertidos podría provocar que la contaminación por metales pesados en los sedimentos se multiplique por diez, agravando una situación ya existente desde hace más de una década.
Este incremento situaría al estuario del Guadalquivir en un escenario crítico, con efectos acumulativos sobre biodiversidad, economía local y salud pública en una de las principales cuencas del sur de Europa.
Expertos reclaman medidas urgentes para frenar estos vertidos y reforzar los controles ambientales. Sin una intervención rápida y eficaz, el deterioro podría volverse irreversible. La situación exige una respuesta coordinada entre administraciones, empresas y sociedad para proteger uno de los entornos naturales más importantes del sur de Europa.

















