¿Sabías que las marismas son capaces de rebajar la fuerza que traen las olas entre un 10 % y un 50 % en el caso de costas que están resguardadas; y eso teniendo en cuenta de que su vegetación pierde capacidad protectora ante este envite.
Son las conclusiones de un estudio que se ha centrado en analizar cómo es la fuerza de estos temporales en el mar frente a la resistencia de estas marismas y qué potencial tienen para la defensa natural del litoral.
Y como ejemplo, nada mejor que el trabajo de un equipo científico que trasladó bloques de marismas de los Países Bajos al canal experimental Delta Flume, donde reprodujo condiciones extremas con olas de hasta dos metros de altura.
Los resultados contribuyen a precisar en qué condiciones estas marismas pueden ayudar a proteger el litoral frente a la erosión y la acción del oleaje. Su conservación y recuperación pueden complementar otras infraestructuras de defensa costera, como los diques, siempre que las soluciones se adapten a las características de cada zona.
Este trabajo pone de manifiesto lo importante que es estudiar el comportamiento de los ecosistemas costeros ante fenómenos extremos para determinar hasta dónde pueden contribuir a reducir los riesgos asociados a los temporales.
Marismas y su lucha ante los temporales
En España llamamos marismas a terrenos muy llanos y bajos, junto a la costa o en la desembocadura de los ríos, que el mar cubre y deja al descubierto con el vaivén de las mareas. Son paisajes de barro y plantas adaptadas a la sal, como las marismas del Odiel, la bahía de Cádiz o Santoña. Destacan por albergar una excepcional biodiversidad.
En Países Bajos, las marismas saladas (o kwelders, en neerlandés) se extienden sobre todo por la costa del mar de Frisia y del delta suroccidental, a menudo delante de los diques. Allí, las tormentas del mar del Norte pueden subir el nivel del agua varios metros y dejar la marisma sumergida bajo olas grandes, algo poco habitual en España.
Su papel como barrera natural es clave en un país donde una cuarta parte del territorio está por debajo del nivel del mar y casi el 60 % puede inundarse.
Ahora, un experimento publicado en Nature ha puesto a prueba esa protección frente a olas de hasta dos metros. El suelo de la marisma apenas se erosionó, pero su vegetación se fue rompiendo y solo frenó el oleaje de forma notable en costas resguardadas, con olas de hasta un metro.
El reto de trasladar una marisma
En septiembre y octubre de 2023, el proyecto cortó 66 bloques de marisma real, de entre 3 000 y 6 000 kilos, en la reserva de Peazemerlannen (mar de Frisia). Los extrajeron de la zona alta de la marisma, por encima del nivel de las mareas vivas, con moldes de 2 × 2 metros y excavadoras de 35 a 50 toneladas. Eligieron el periodo entre la época de cría y la de temporales para no molestar a la fauna.
Pim Willemsen, investigador de la Universidad de Wageningen y Deltares, lo compara con usar “un cortador de galletas gigante”. Unos veinte camiones llevaron los bloques al Deltares Delta Flume, uno de los mayores canales de oleaje del mundo, donde los investigadores los cuidaron durante todo el invierno. Casualmente, días después de recoger los últimos bloques y retirar todo el equipo, la marisma quedó inundada. “¡Bastante emocionante!”, recuerda.
Estos humedales se consideran cada vez más una defensa natural frente a los temporales. Frenan las olas por dos vías: su suelo elevado y el rozamiento de su vegetación. Sin embargo, faltaban datos sobre qué ocurre con olas de más de un metro.
El suelo de las marismas aguanta temporales
En el canal Delta Flume, el equipo montó 306 metros cuadrados de marisma delante de un dique artificial y la sometió durante unas 29 horas a olas cada vez mayores, de 0,75 a 2 metros de altura. En las últimas ocho horas retiraron la parte aérea de las plantas para medir cuánto aportaba.
“En condiciones de temporal extremo, el suelo de la marisma se mantuvo estable”, explica Willemsen a SINC. En 21 horas, la superficie bajó de media solo siete milímetros, sujeta por las raíces. La vegetación, en cambio, perdió hasta el 80 % de su biomasa y casi la mitad de la longitud de sus tallos. “Aun así, su contribución a frenar las olas se mantuvo”, añade Willemsen.
Al extrapolar los resultados a todo el mundo, los autores calculan que, en costas resguardadas con olas de hasta un metro, las plantas reducen el oleaje entre un 10 y un 50 %. Con olas mayores, no más de un 10 %.
Aliadas, no sustitutas
Estos humedales se consideran cada vez más una defensa natural frente a los temporales. Frenan las olas por dos vías: su suelo elevado y el rozamiento de su vegetación. Sin embargo, faltaban datos sobre qué ocurre con olas de más de un metro.
“Las marismas no pueden sustituir a los diques. Deberíamos aspirar a una defensa costera híbrida, en la que diques y marismas vayan de la mano”, señala Willemsen.
Sobre las marismas españolas, el investigador es prudente. Como muchas están en costas abrigadas, espera “oleajes de temporal moderados”, aunque “para sacar conclusiones habría que evaluar mejor la situación local”.
Jesús M. Castillo, catedrático de Ecología de la Universidad de Sevilla que investiga las marismas del golfo de Cádiz, señala a SINC que el estudio muestra “la importancia de conservar y restaurar ecológicamente las marismas costeras, entre otros motivos para atenuar el impacto de los temporales”. Pero también que “esta capacidad de protección tiene un límite, un umbral que no se debe pasar en la intensidad de los temporales si queremos que las marismas sigan protegiéndonos”.
Otra voz externa, Vicente Negro, catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, matiza en declaraciones al SMC España que las marismas españolas, inundadas sobre todo por la marea, no tienen “relación con el oleaje extremo que se ensaya”. Además, advierte que los bloques estaban confinados en el canal, por lo que en terreno natural los resultados “serían probablemente peores”. Aun así, valora la investigación como “de mucho valor e interesante”.
Los propios autores reconocen que solo probaron una especie, la gramínea Elymus athericus, en estado invernal. Como se rompe con facilidad, consideran sus resultados una estimación conservadora.
Para Willemsen, el primer paso es “proteger lo que tenemos” y dar a las marismas sedimento y espacio para crecer con la subida del mar. Un cambio de mirada en un país que lleva siglos ganando terreno al mar con diques y pólderes, y que ahora busca en ellas aliadas para defenderlo.
Conservar estos suelos también tiene valor climático: las marismas forman parte de los ecosistemas de carbono azul, junto con los manglares y las praderas marinas. Según la NOAA, gran parte de ese carbono se almacena bajo tierra, en sedimentos saturados de agua donde la descomposición es lenta. Su protección conserva así una reserva de carbono que complementa sus funciones como refugio de biodiversidad y defensa frente al oleaje.













