La Universidad de Oviedo combina observaciones de 96 especies vegetales con imágenes de Sentinel-2 y Landsat para avanzar en el seguimiento de los ecosistemas alpinos de Omaña.
Los cambios de la alta montaña también dejan señales que pueden captarse desde el espacio. Un estudio liderado por la Universidad de Oviedo ha conectado imágenes de satélite con mediciones sobre el terreno para identificar indicadores del funcionamiento de los ecosistemas alpinos. El trabajo, publicado en Alpine Botany, abre nuevas posibilidades para cartografiar y seguir estos hábitats de difícil acceso.
La investigación se desarrolló en pastizales de Omaña, en León, donde el equipo registró 96 especies de plantas vasculares en 40 parcelas. También midió la temperatura y el potencial hídrico del suelo en cuatro localidades entre 2021 y 2025. Después comparó esas observaciones con indicadores obtenidos mediante Sentinel-2 y Landsat.
La temperatura superficial fue el indicador más consistente de la temperatura del suelo y del estrés hídrico en las comparaciones entre fechas. Por su parte, el índice de vegetación ajustado al suelo captó diferencias relacionadas con la estructura y la productividad vegetal. Los resultados permiten reconocer señales ecológicas concretas, aunque no describir desde el espacio toda la diversidad de plantas de estas comunidades.
Ecosistemas alpinos
Un estudio liderado por la Universidad de Oviedo ha demostrado que los satélites permiten detectar desde el espacio señales clave del funcionamiento de los ecosistemas alpinos.
Los resultados del trabajo, publicados en ‘Alpine Botany’, sientan las bases para desarrollar herramientas de cartografía y seguimiento de estos hábitats de montaña, ha informado este lunes la institución académica.
En la alta montaña, la topografía, la nieve y las propiedades del suelo cambian a pocos metros de distancia, una diversidad que «dificulta la interpretación de las imágenes de satélite, mientras que el acceso al terreno limita los muestreos repetidos«.
Un equipo de la Universidad de Oviedo y el Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad ha evaluado hasta qué punto las observaciones desde el espacio pueden ampliar la información obtenida en campo.
El estudio se realizó en pastizales alpinos de la comarca leonesa de Omaña y los investigadores registraron 96 especies de plantas vasculares en cuarenta parcelas y analizaron su relación con el suelo y la topografía, mientras que en cuatro localidades también midieron la temperatura y el potencial hídrico del suelo entre 2021 y 2025.
Los investigadores compararon en su trabajo esas observaciones con indicadores de vegetación, humedad y temperatura superficial derivados de Sentinel-2 y Landsat.
La textura del suelo, especialmente su contenido en arcilla y limo, ayudó a explicar las diferencias entre comunidades vegetales.
Entre los indicadores satelitales, el índice de vegetación ajustado al suelo fue el único asociado de forma «significativa y consistente» con la composición de las parcelas: captó parte del gradiente de estructura y productividad, aunque no toda la diversidad florística.
En las comparaciones realizadas en diferentes fechas, la temperatura superficial fue el indicador «más consistente» de la temperatura del suelo y del estrés hídrico. Las relaciones variaron según la escala espacial de análisis.
«Estamos conectando lo que medimos directamente en el ecosistema con lo que observa un satélite. No podemos ver desde el espacio toda la complejidad florística de una comunidad alpina, pero sí señales ecológicas concretas relacionadas con su productividad, humedad o funcionamiento térmico», ha explicado José Manuel Álvarez, investigador del Departamento de Biología de Organismos y Sistemas y del IMIB y primer autor del trabajo.
La escala de observación ayuda a entender tanto el potencial como los límites de esta herramienta. Sentinel-2 registra información en 13 bandas espectrales, con resoluciones de 10, 20 y 60 metros, según la Agencia Espacial Europea. En las bandas de mayor detalle, cada píxel representa aproximadamente 100 metros cuadrados de terreno, una superficie que puede reunir plantas, suelo y condiciones distintas. Combinar esas imágenes con mediciones de campo permite interpretar mejor qué cambios está captando el satélite y convertirlos en información útil para el seguimiento de la montaña.













