El Eurobarómetro revela que el 85% de los europeos reclama un etiquetado claro para los alimentos innovadores, mientras que en España se demuestra una aceptación inferior a la media europea.
Los alimentos innovadores podrían ganar espacio en la dieta europea si ofrecen ventajas concretas: el 35 % de los encuestados consumiría estos productos con mayor regularidad si contribuyeran a reducir el uso de plaguicidas, fertilizantes o antibióticos.
Así lo recoge un Eurobarómetro que analiza la percepción de ingredientes y cultivos desarrollados mediante tecnologías como la modificación genética o determinados procesos de fermentación.
La transparencia aparece como una exigencia ampliamente compartida: el 85% reclama un etiquetado que identifique claramente estas tecnologías e informe sobre el origen y la composición del producto. Sin embargo, las reservas de los ciudadanos siguen pesando. La mitad de los europeos consultados tiene una opinión negativa de estos alimentos, frente al 39 % que los valora positivamente.
En España, la percepción favorable baja al 36%, mientras que la mitad de los españoles los rechaza. La encuesta también plantea un caso específico: la compra de un ingrediente producido con microorganismos, autorizado conforme a las normas de seguridad europeas y claramente etiquetado. El 38% de los españoles lo compraría y el 58% no, frente al 42% y el 54%, respectivamente, del conjunto europeo.
¿Quién consumiría alimentos innovadores?
Un 35 % de europeos encuestados consumiría «alimentos innovadores» si estos contribuyeran a la reducción del uso de pesticidas, fertilizantes o antibióticos, según apuntó un informe del Eurobarómetro publicado este lunes.
Los llamados «alimentos innovadores» incluyen ingredientes y cultivos desarrollados con nuevas tecnologías como la modificación genética o técnicas de fermentación para determinados fines – resistencia al cambio climático, enfermedades o preferencias de los consumidores.
Según los datos de la encuesta, el 35% de los europeos afirmaron que una reducción en el uso de pesticidas, fertilizantes o antibióticos les animaría a consumir estos alimentos con mayor regularidad, seguido de un 23% y un 22% que lo haría si trajera beneficios para el bienestar animal y un menor impacto medioambiental o beneficios nutritivos, respectivamente.
Por otro lado, un 85 % de los encuestados está de acuerdo en que los alimentos desarrollados con nuevas tecnologías deberían estar claramente etiquetados como tales, con información transparente sobre su origen y composición.
De lo contrario, un 75 % opina que podrían suponer una amenaza para «tradiciones culinarias y patrimonio rural». Uno de cada siete encuestados también ve potencial en este sector para crear nuevas oportunidades de empleo e investigación.
Europa se muestra cauta al respecto
En general, los europeos todavía se muestran cautos a la hora de introducir estos alimentos en su dieta, con la mitad de europeos señalando que tienen una opinión negativa de ellos frente al 39 % que tiene una opinión positiva. En España, solo un 36 % afirma tener una opinión positiva frente al 50 % que tiene una percepción negativa, mientras que el resto se mantuvo neutral.
Finalmente, el informe revela que ante un ingrediente alimentario producido con microorganismos que cumple con las normas de seguridad de la UE y está claramente etiquetado, el 42 % de los europeos estaría dispuesto a comprarlo, mientras que el 54 % se muestra reacio. En España, la aceptación es inferior, con un 38 % que lo compraría frente a un 58 % que no.
Los resultados también varían mucho dependiendo del país europeo y se observa que Países Bajos y Suecia obtienen más de un 60 % de aceptación, al contrario que países como Grecia y Chipre, donde se sitúa cerca del 20 %.
¿Cómo se acepta un alimento innovador?
La evaluación de seguridad cuenta con un procedimiento específico cuando un producto se encuadra en la categoría legal de «nuevo alimento». Según la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, el análisis científico debe completarse en nueve meses si el expediente contiene toda la información necesaria, aunque el plazo puede suspenderse para solicitar datos adicionales.
La evaluación examina varios aspectos como la composición, los procesos de producción, la toxicidad y la alergenicidad: información que permite explicar al consumidor qué se ha comprobado antes de autorizar su comercialización.











