El calor extremo amenaza a las personas sin hogar en España. El país afronta veranos cada vez más sofocantes por el calentamiento global. Los pronósticos prevén hasta un mes adicional de calor extremo antes del fin del presente siglo, lo que disparará las muertes atribuibles a las temperaturas extremas.
Las recomendaciones sanitarias habituales resultan inútiles para miles de personas que se encuentran en situaciones vulnerables. Los ciudadanos que malviven en las calles, en asentamientos o en cuartos sin ventilación, están absolutamente desprotegidos ante las devastadoras olas de calor que el calentamiento global agrava.
Dormir sobre el asfalto abrasador provoca una rápida pérdida de la autorregulación corporal. Esta constante exposición a los factores climáticos provoca varios problemas: deshidratación, mareos y colapsos graves. Y este es un riesgo que se multiplica entre enfermos crónicos, ancianos o adictos.
Aunque diversas organizaciones reparten suministros de emergencia, los refugios públicos no dan abasto para ayudarles. Las entidades sociales insisten en que garantizar un hogar digno constituye la única defensa sanitaria real frente a la crisis climática que enfrenta el mundo.
El calor extremo amenaza a las personas sin hogar en España y la situación va a peor
El termómetro no da tregua y España lleva años encadenando veranos asfixiantes. Sin embargo, el escenario actual roza lo crítico. El avance del cambio climático amenaza con sumar entre 20 y 30 jornadas extras de calor abrasador al año antes de que acabe el siglo.
Los datos de la Agencia Estatal de Meteorología apuntan a una subida media de tres décimas por década, un repunte en apariencia modesto, pero con un impacto demoledor sobre la salud pública.
Los registros lo confirman: el sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria del Instituto de Salud Carlos III atribuyó 2.904 decesos a las altas temperaturas en 2025; este año, la cifra ya roza los 3.630 fallecimientos.
El calor extremo amenaza a las personas sin hogar en España. Las autoridades sanitarias repiten el mismo guion de siempre: refugiarse en casa, abusar del aire acondicionado, beber agua con frecuencia, ducharse a menudo y evitar la calle en las horas centrales del día. Pero, ¿qué ocurre cuando careces de un techo bajo el que resguardarte?
Sin techo y expuestos al calor excesivo
Mientras las estadísticas oficiales del INE contabilizan a unos 28.500 desamparados, organizaciones como HOGAR SÍ elevan la realidad a más de 37.000 personas. Desde la Fundación Luz Casanova matizan además que el sinhogarismo abarca a quienes malviven en habitaciones sin ventilación, asentamientos o chabolas insalubres donde el verano resulta insufrible.
Quienes pernoctan al raso sufren de lleno un desgaste físico extremo. El asfalto, capaz de alcanzar los 60 grados, abrasa los cuerpos, mientras encontrar una sombra se convierte en una odisea diaria. Más de la mitad de los sintecho en Barcelona admite dificultades para hallar cobijo durante los picos de calor.
El calor es muy dañino, especialmente si hay patologías o adicciones previas
Esta exposición continuada pasa factura al organismo. Según el doctor José Javier Varo, de la Clínica Universidad de Navarra, cuando colapsan los mecanismos de autorregulación, aparecen mareos, náuseas y calambres.
La situación empeora en pacientes con problemas de salud mental, patologías crónicas o adicciones, cuya percepción del peligro se adormece hasta desencadenar golpazos de calor potencialmente letales que superan los 40 grados corporales.
Frente a esta crisis, la respuesta asistencial apura sus recursos. Entidades como Luz Casanova redoblan esfuerzos en época estival repartiendo agua, crema solar y ropa ligera, además de ofrecer duchas, comedor y soporte psicológico a unas 80 personas al día.
No obstante, los conocidos como refugios climáticos urbanos —bibliotecas, centros sociales o parques acondicionados— sufren problemas de estigmatización y horarios rígidos que ahuyentan a los colectivos más vulnerables.
Por ello, ONG como HOGAR SÍ sostienen que la única solución definitiva no pasa por repartir botellas de agua o flexibilizar centros de día, sino por garantizar el acceso a una vivienda digna. Contar con cuatro paredes y una llave deja de ser un mero recurso social para convertirse en la verdadera línea de defensa sanitaria frente al cambio climático.



