Vacíos en carbono azul frenan acción climática global, una alerta científica contundente que expone una de las mayores contradicciones en la lucha contra el cambio climático: los ecosistemas costeros con mayor capacidad de capturar carbono siguen marginados de las estrategias oficiales.
La investigación, publicada en Nature Ecology & Evolution y con participación de la UAB, revela que solo el 20 % de los países incorpora estos sistemas en sus inventarios nacionales de gases de efecto invernadero, dejando fuera un mecanismo capaz de compensar millones de toneladas de CO₂ cada año.
Uno de los principales problemas es la falta de datos precisos sobre la cantidad real de carbono que pueden absorber y retener estos ecosistemas a largo plazo. Aunque diversos estudios han demostrado su alta eficiencia, las mediciones varían según la región, las condiciones ambientales y el estado de conservación.
Esta variabilidad complica la creación de estándares internacionales fiables. La comunidad científica insiste en la necesidad de invertir en investigación, mejorar la recopilación de datos y fomentar la cooperación internacional. Sin estos avances, el potencial del carbono azul seguirá infrautilizado en un momento en el que cada herramienta cuenta para frenar la crisis climática.
Vacíos en carbono azul frenan acción climática global y evidencian un fallo estructural
Un estudio internacional con participación de la UAB revela una debilidad estructural: los ecosistemas más eficaces para capturar CO₂ siguen fuera de las políticas climáticas globales.
Manglares, marismas y praderas marinas forman los ecosistemas de carbono azul, auténticos sumideros naturales capaces de almacenar carbono durante siglos. A diferencia de los bosques terrestres, estos sistemas retienen el CO₂ en sedimentos de forma mucho más estable.
Sin embargo, siguen siendo infravalorados y escasamente reconocidos en las políticas climáticas, lo que limita su potencial real en la mitigación del calentamiento global.
Los científicos estiman que la protección y restauración de estos ecosistemas podría compensar entre un 1 % y un 3 % adicional de las emisiones globales. Traducido: millones de toneladas de CO₂ evitadas cada año.
El problema no es su capacidad, sino su ausencia en marcos regulatorios, mercados de carbono y estrategias nacionales, una brecha que está frenando su despliegue a gran escala.
Diez preguntas clave que marcarán el futuro del carbono azul
Esta variabilidad complica la creación de estándares internacionales fiables.
El estudio identifica diez prioridades urgentes: desde mejorar la medición de flujos de carbono hasta integrar estos datos en políticas climáticas, pasando por escalar la gestión y conectar la conservación con el desarrollo económico local.
Esta hoja de ruta busca resolver el gran bloqueo actual: la distancia entre el conocimiento científico avanzado y su aplicación práctica.
La investigadora Ariane Arias-Ortiz (UAB) destaca que la ciencia del carbono azul ha alcanzado un punto de inflexión. El uso de teledetección, modelos mecanísticos y datos abiertos permite calcular con precisión el balance de gases. Aun así, persisten incertidumbres en procesos clave como los flujos laterales de carbono, lo que exige seguir profundizando en la investigación.
El estudio se enmarca en la Década de los Océanos (2021-2030) de Naciones Unidas. Han participado 15 instituciones internacionales, junto al programa GO-BC y la Agencia Internacional de la Energía Atómica.
El mensaje es claro: el carbono azul es una herramienta estratégica global que sigue sin aprovecharse plenamente.
En este contexto, cerrar los vacíos de conocimiento se ha convertido en una prioridad urgente. Aprovechar plenamente estos ecosistemas podría marcar una diferencia significativa en los esfuerzos globales por reducir emisiones y mitigar los efectos del cambio climático.

















