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En 1980 México protegió a más de 1 millón de mariposas monarca tras una orden histórica de conservación; 40 años después es un ecosistema reconocido por la UNESCO

México inició en 1980 la protección de la mariposa monarca y su gran refugio acabaría reconocido como Patrimonio Mundial.

En 1980 México protegió a más de 1 millón de mariposas monarca tras una orden histórica de conservación; 40 años después es un ecosistema reconocido por la UNESCO

¿Cómo encuentra un insecto que pesa menos que un clip un bosque concreto a miles de kilómetros de distancia? Cada otoño, la población oriental de mariposa monarca cruza Canadá, Estados Unidos y México hasta reunirse en los bosques de oyamel del centro del país. El viaje puede alcanzar unos 4.800 kilómetros y prolongarse cerca de dos meses.

La protección legal mexicana empezó en 1980, aunque el bosque y su compleja red de vida ya existían mucho antes. Los decretos de 1986 y 2000 fijaron límites más precisos y ampliaron la protección hasta una reserva de 56.259 hectáreas, reconocida como Patrimonio Mundial en 2008. México no creó este ecosistema, pero sí estableció el marco para conservar uno de los principales refugios invernales de la especie.

El decreto de 1980

El punto de inflexión científico llegó en 1975. Ken Brugger y Catalina Aguado localizaron los principales refugios de hibernación tras décadas de trabajo de Fred y Nora Urquhart y de miles de voluntarios que marcaban mariposas por Norteamérica. El hallazgo se dio a conocer en 1976, sin revelar entonces la ubicación exacta de las colonias.

El primer decreto declaró zonas de reserva y refugio, pero no señaló localidades concretas y limitó las actividades extractivas durante la temporada de hibernación. En 1986 se definieron cinco áreas que sumaban 16.110 hectáreas y, en 2000, nació la actual Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca. Fue una protección por capas, como colocar primero un paraguas y después reforzar el tejado.

Hay un matiz importante. Como el seguimiento regular comenzó en 1993, en las fuentes oficiales revisadas no aparece un censo equivalente que permita ligar el decreto de 1980 a una cifra cerrada de “más de un millón” de mariposas. Presentarla como un recuento exacto sería engañoso.

Un bosque que funciona como abrigo

Los oyameles son abetos de montaña que forman una cubierta fresca y húmeda a gran altitud. Ese dosel actúa como una manta, reduce el viento y amortigua los cambios bruscos de temperatura que podrían agotar o matar a las mariposas. Allí bajan su actividad y conservan la grasa que necesitarán para regresar al norte.

La reserva tampoco es una simple sala de espera para insectos. Sus laderas generan distintos microclimas, albergan plantas y animales propios de la región y captan agua que alimenta el Sistema Cutzamala. Proteger la monarca significa conservar un bosque que presta servicios mucho más allá de sus límites.

Una migración por relevos

Ninguna mariposa completa por sí sola todo el recorrido anual de ida y vuelta. Las tres primeras generaciones avanzan hacia el norte, se reproducen y viven entre dos y seis semanas, mientras que la generación migratoria puede sobrevivir hasta nueve meses. Es una carrera de relevos escrita en los genes.

¿Cómo regresan a montañas que nunca han visto? Christine Merlin, Robert Gegear y Steven Reppert demostraron que las antenas contienen relojes internos que ayudan a corregir el rumbo según la posición del Sol. Otro trabajo publicado en 2023 encontró neuronas relacionadas con la dirección objetivo, pero el mecanismo completo que las lleva hasta los mismos bosques sigue sin estar resuelto.

Una reserva de alcance mundial

En 2008, la UNESCO inscribió la reserva en la Lista del Patrimonio Mundial por su extraordinaria concentración invernal de monarcas. El espacio protegido incluye ocho de las catorce colonias reconocidas en su evaluación y cerca del setenta por ciento de la población oriental durante la hibernación. Todo ello ocurre en pequeños parches de bosque dentro de un territorio mucho mayor.

Pero una línea en el mapa no conserva un bosque por sí sola. El territorio reúne 59 ejidos, terrenos de propiedad social, además de comunidades indígenas mazahuas y otomíes, pequeñas propiedades y zonas públicas. La vigilancia, la restauración y un turismo bien gestionado dependen tanto de sus habitantes como de las instituciones.

Una recuperación todavía frágil

El seguimiento más reciente, firmado por Eduardo Rendón-Salinas y otros cinco especialistas de WWF México, la Dirección de la Reserva y Danaidas Conservación, registró nueve colonias en la temporada 2025-2026. Ocuparon 2,93 hectáreas de bosque, un 64 por ciento más que el invierno anterior. Cinco colonias estaban dentro de la reserva y cuatro fuera.

La subida es una buena señal, pero no equivale a una recuperación completa. El máximo de la serie fue de 18,19 hectáreas en 1996-1997 y continúan pesando la pérdida de algodoncillo por los herbicidas, los cambios en el uso del suelo y el cambio climático. “Su conservación es un compromiso colectivo”, señaló Alicia Bárcena al presentar el balance.

Eso explica por qué México no puede proteger esta migración en solitario. Las mariposas necesitan flores y algodoncillo, la planta de la que se alimentan sus orugas, en Canadá y Estados Unidos, corredores seguros durante el viaje y bosques intactos al llegar. Si falla uno de esos eslabones, el espectáculo entero se tambalea.

El informe oficial más reciente se ha publicado a través de WWF México, con participación de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas y Danaidas Conservación y Desarrollo Sustentable.

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