Las secuoyas gigantes llevan miles de años conviviendo con el fuego, que abre claros, libera semillas y prepara el suelo. Pero los incendios actuales han cruzado una línea peligrosa. Un nuevo estudio calcula que el 17,6 % de los ejemplares grandes ha muerto por incendios desde 1984, casi todos desde 2015, y no es poca cosa.
La paradoja es dura de explicar a simple vista. El fuego que antes renovaba el bosque puede convertirse ahora en una pared de llamas que consume las copas, mata los árboles que producen semillas y deja zonas enteras sin capacidad suficiente para recuperarse. Entre 2015 y 2024 ardió el 82 % del área ocupada por estos bosques, frente al 24 % quemado entre 1910 y 2014.
Árboles hechos para el fuego
La secuoya gigante solo crece de forma natural en una franja estrecha de la vertiente occidental de Sierra Nevada, en California. Algunos ejemplares superan los 3000 años y cuentan con una corteza gruesa y una copa elevada que les permite resistir muchos incendios de superficie. Su historia está escrita, literalmente, en cicatrices de fuego.
Las llamas de intensidad baja o moderada eliminan parte de la vegetación acumulada, devuelven nutrientes al terreno y dejan zonas de suelo mineral desnudo. El calor favorece la liberación de semillas y los claros permiten que llegue la luz necesaria para que las plántulas crezcan. Sin ese proceso, la reproducción cae con fuerza.
Cuando las llamas se descontrolan
El problema aparece cuando el fuego deja de avanzar a ras de suelo y alcanza las copas durante grandes extensiones. Los incendios recientes han creado manchas continuas de alta severidad de hasta 265,7 hectáreas, mientras que la mayor detectada entre 1984 y 2014 fue de solo 2,3 hectáreas. La escala ha cambiado por completo.
Los investigadores estiman que han muerto unas 12.340 secuoyas grandes, definidas en el trabajo como árboles con más de 107 centímetros de diámetro medido a la altura del pecho. El rango estadístico sitúa la pérdida entre el 16,4 % y el 18,8 %. El cálculo podría quedarse corto, porque muchas evaluaciones se hicieron uno o dos años después del incendio y parte de la mortalidad tarda más en aparecer.
Una secuoya de 1000 años pudo convivir con más de 60 incendios a lo largo de su vida. Que árboles así mueran de forma masiva muestra hasta qué punto el régimen actual se sale de lo conocido durante siglos. Y eso se nota.
El riesgo de que no vuelvan
El estudio sitúa alrededor del 13 % del área natural de la especie en algún riesgo de desaparición local. Esto no significa que las secuoyas vayan a extinguirse mañana en todo el planeta, sino que podrían dejar de existir en zonas concretas donde faltan árboles vivos que aporten semillas. Un 8 % del territorio está en riesgo alto o muy alto.
La fotografía general tampoco invita a relajarse. Solo el 26 % del área analizada presenta una resistencia alta frente a incendios severos, mientras que el 38 % tiene resistencia moderada, el 2 % baja y el 16 % ninguna. Otro 18 % corresponde a bosque maduro ya perdido por fuegos de alta severidad.
¿Qué ocurre después de una llamarada extrema? Si las copas se consumen por completo, desaparecen muchos árboles semilleros y la regeneración puede desplomarse, justo al contrario de lo que sucede con un fuego más pequeño y desigual. Ahí está la diferencia clave.
El problema no empezó ayer
Durante buena parte del siglo XX se excluyó el fuego de estos bosques para intentar protegerlos. A cambio, aumentaron los árboles pequeños, los arbustos, las ramas y la madera muerta que pueden llevar las llamas desde el suelo hasta las copas. El cambio climático, el calor y las sequías han añadido más presión a esa carga de combustible.
El contexto de 2026 tampoco da tranquilidad. El Departamento de Recursos Hídricos de California informó de que, el 1 de abril, la nieve acumulada en el estado se encontraba en solo el 18 % de la media para esa fecha tras un marzo excepcionalmente cálido y seco. Ese dato no permite predecir por sí solo la temporada de incendios, pero añade preocupación en unos bosques ya sometidos a calor y sequía.
Restaurar antes del próximo incendio
La respuesta ya está en marcha, aunque la tarea es enorme. La Giant Sequoia Lands Coalition asegura que desde 2022 se han realizado trabajos de restauración en 44 de los 94 bosquetes que utiliza en su planificación. Solo en 2025 se trataron 4508 acres, unas 1825 hectáreas, repartidas por 25 bosquetes.
Los trabajos incluyen quemas prescritas, quemas culturales dirigidas por comunidades tribales, clareos y retirada de combustible. También se plantan especies autóctonas en zonas donde los árboles semilleros murieron y la regeneración natural es muy baja. «Las amenazas a las secuoyas gigantes no han disminuido, pero nuestra respuesta colectiva se ha fortalecido», afirmó Ben Blom, responsable de restauración de Save the Redwoods League.
Durante 2025 se plantaron 65.345 árboles autóctonos y, desde 2022, la cifra acumulada supera los 682.000. Son números grandes, pero también lo es la superficie dañada. El reloj corre.
No basta con apagar el fuego
La investigación deja una idea incómoda, pero clara. Proteger las secuoyas no consiste en eliminar cualquier llama, sino en recuperar fuegos menos severos y reducir antes la vegetación acumulada cuando sea necesario. Los tratamientos que combinan el aclareo con el fuego prescrito suelen ofrecer más protección que el aclareo por sí solo.
Además, no todo lo quemado está perdido. Buena parte de los incendios recientes tuvo efectos bajos o moderados y creó áreas que ahora pueden reforzarse con nuevas actuaciones, aunque esa oportunidad dura poco porque el combustible vuelve a acumularse. En la práctica, hay que actuar antes de que el bosque vuelva a cerrarse.
El reto es devolver al fuego su papel ecológico sin permitir que se transforme en una fuerza capaz de borrar bosques milenarios.
El estudio completo sobre las pérdidas, los riesgos y las oportunidades para las secuoyas gigantes ha sido publicado en la revista científica Fire Ecology.
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