Bajo las copas de los bosques tropicales existe un mundo más fresco, húmedo y estable que el paisaje abierto que lo rodea. Sin embargo, un nuevo estudio advierte de que ese refugio natural podría calentarse con rapidez y registrar temperaturas sin precedentes antes de 2050.
Las proyecciones apuntan a un aumento medio de entre 1,4 °C y 2,1 °C en las horas más calurosas del día. Además, entre el 52 % y el 66 % de las zonas forestales podrían superar los máximos registrados durante el periodo de referencia, dependiendo de las emisiones y de la evolución de la cubierta vegetal.
El bosque como refugio térmico
Las copas de los árboles funcionan como una enorme sombrilla. Reducen la radiación que llega al suelo, retienen humedad y suavizan los cambios bruscos de temperatura que se producen fuera del bosque.
Ese pequeño clima interior se conoce como microclima. Para muchas plantas, animales y hongos no es un detalle, sino la condición que les permite sobrevivir donde el calor exterior puede resultar extremo.
¿Qué ocurre cuando se abre la cubierta por la tala, los incendios o la fragmentación? Entra más sol, se pierde humedad y el sotobosque se parece cada vez más a un claro expuesto. Y eso se nota.
Cómo midieron el calor
El equipo combinó mediciones tomadas en 46 bosques del sudeste asiático con información de satélite y proyecciones climáticas. Los sensores registraron la temperatura a unos 15 centímetros del suelo, justo en la franja donde viven numerosas especies pequeñas y germinan muchas plantas.
Los investigadores utilizaron como referencia el periodo comprendido entre 1984 y 2014. Después calcularon cómo podría cambiar la temperatura máxima del sotobosque en 2050 bajo escenarios que incluyen el calentamiento de la atmósfera y las modificaciones futuras de la cubierta forestal.
Uno de esos escenarios contempla una trayectoria intermedia de emisiones. El otro representa un futuro con emisiones muy elevadas. Son caminos posibles que permiten medir el riesgo, no una fotografía exacta de lo que ocurrirá.
Un salto térmico desigual
En el escenario intermedio, la temperatura máxima del microclima forestal aumentaría alrededor de 1,4 °C de media. En el escenario de altas emisiones, la subida alcanzaría unos 2,1 °C, aunque algunas zonas podrían registrar incrementos cercanos a los 4 °C.
Puede parecer una diferencia pequeña si se compara con el calor de una ciudad en verano. Pero muchas especies tropicales viven dentro de márgenes térmicos estrechos y no siempre tienen un lugar cercano al que escapar.
El estudio identifica cambios especialmente fuertes en Brunei, Indonesia y Malasia. Las tierras bajas de Camboya, Borneo y varias áreas de Indonesia aparecen entre los puntos más expuestos, mientras que ciertas regiones montañosas de Laos y Myanmar podrían conservar condiciones relativamente más frescas.
Temperaturas nunca vistas
La cifra más llamativa no es solo cuánto subirá el termómetro. Lo preocupante es que entre el 52 % y el 66 % de los bosques podrían experimentar máximas superiores a cualquier valor registrado durante el periodo de referencia.
Eso significa que una parte importante del sotobosque entraría en condiciones nuevas para las especies que lo habitan. Los organismos podrían enfrentarse a un ambiente para el que su fisiología y su comportamiento no han tenido tiempo de adaptarse.
«Muchas especies tropicales ya viven cerca de sus límites de tolerancia térmica», explicó Erone Ghizoni Santos, autor principal del trabajo. Un calentamiento adicional puede afectar a la supervivencia, la reproducción, la alimentación y las relaciones entre especies.
El riesgo va más allá de un animal
Los primeros afectados podrían ser los organismos con poca movilidad, como algunas plantas, hongos e invertebrados. También sufrirían las especies que no pueden desplazarse hacia zonas más altas o regular bien su temperatura mediante cambios de comportamiento.
Pero el problema no termina ahí. Si disminuyen ciertos insectos, frutos, hongos o plantas, también cambia la comida disponible para aves y mamíferos. El impacto puede avanzar por el ecosistema como una fila de fichas.
Con el tiempo podrían alterarse la descomposición de la materia orgánica, el movimiento de nutrientes, el ciclo del agua y la capacidad del bosque para almacenar carbono. No es poca cosa, porque estos procesos sostienen la biodiversidad y servicios esenciales para las personas.
La degradación empeora el problema
Un bosque intacto no detiene el calentamiento global, pero suele amortiguar mejor sus efectos. Una cubierta densa mantiene más sombra y humedad, mientras que un bosque degradado deja pasar más radiación y pierde parte de esa protección.
La diferencia se entiende fácilmente al caminar por el campo. No se siente el mismo calor bajo una masa cerrada de árboles que al cruzar un terreno abierto al mediodía. En el sotobosque ocurre algo parecido, aunque sus habitantes no siempre pueden salir de allí.
Por eso, conservar los bosques existentes puede ser tan importante como restaurar los dañados. Plantar árboles puede ayudar, pero recuperar una estructura forestal compleja, alta y continua requiere tiempo.
Dónde actuar primero
Los autores proponen utilizar estas proyecciones para orientar la conservación. Los bosques intactos y las zonas de mayor altitud que mantengan temperaturas estables podrían convertirse en refugios climáticos para especies desplazadas por el calor.
A la vez, las áreas bajas con mayor calentamiento previsto necesitarán medidas específicas. Restaurar la cubierta, reducir la fragmentación y conectar manchas de bosque puede facilitar que los animales y las plantas se desplacen hacia lugares más adecuados.
En el fondo, el mapa térmico permite evitar una conservación a ciegas. Protege lo que todavía funciona como refugio y señala dónde la restauración puede reducir un riesgo que ya empieza a tomar forma.
Lo que aún falta por saber
La temperatura es una pieza central, pero no explica por sí sola cómo responderá cada especie. La humedad, el viento, la luz solar, la disponibilidad de agua y las relaciones entre organismos también pueden aumentar o reducir el estrés.
Harán falta más estudios ecológicos y fisiológicos para traducir estas proyecciones en efectos concretos. Aun así, el mensaje principal es claro. Reducir las emisiones y mantener bosques densos y conectados ofrece más opciones que dejar que el calor y la degradación actúen al mismo tiempo.
El estudio ha sido publicado en Geophysical Research Letters.
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