El sonido de las cotorras no pasa desapercibido. Puede aparecer de repente en un jardín, en una plaza, junto a una avenida o en ese árbol enorme que da sombra a media calle. No es un canto dulce como el de otros pájaros. Es fuerte, repetitivo y, para muchos vecinos, bastante incómodo.
Pero ese ruido no es casual. Cuando escuchas cotorras argentinas cerca de casa, tu barrio está contando algo sobre sus árboles, su comida disponible y la forma en que la fauna se ha adaptado a la ciudad. Eso sí, hay un matiz importante. En España, la cotorra argentina (Myiopsitta monachus) figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, así que su presencia no debe leerse solo como una buena noticia para la naturaleza urbana. Es una señal de vida, sí, pero también de un desequilibrio creado en buena parte por la actividad humana.
No cantan por cantar
Las cotorras no «cantan» en el sentido más clásico de la palabra. Lo que hacen son llamadas sociales, avisos y contactos sonoros que les sirven para coordinarse dentro del grupo. Para nosotros puede sonar como una algarabía. Para ellas, en cambio, es una forma de mantenerse unidas.
Un estudio reciente realizado con cotorras en parques urbanos de Barcelona analizó la vida social y los sonidos de más de 300 ejemplares. Los investigadores registraron 5599 vocalizaciones y observaron que estas aves se comunican con muchos sonidos distintos, ligados a sus relaciones sociales. En la práctica, esos chillidos son casi su red de mensajería.
Por eso se escuchan tanto cuando se mueven en grupo, cuando están cerca de los nidos o cuando varias aves se reúnen en un mismo árbol. No es un ruido vacío. Es coordinación, aviso y contacto constante. Y eso se nota.
Lo que dice del barrio
Si las oyes a menudo, lo más probable es que cerca haya árboles altos, parques, jardines arbolados o zonas con suficiente refugio para formar colonias. El MITECO señala que, aunque en Sudamérica es una especie generalista, en España muestra una clara preferencia por parques urbanos y suburbanos y jardines con arbolado.
Esto significa que tu entorno todavía ofrece cierta estructura verde. Hay ramas donde apoyarse, lugares donde construir nidos y espacios donde encontrar alimento. En mitad del asfalto, eso no es poca cosa.
Ahora bien, que haya verde no significa que todo vaya bien. Las cotorras son muy buenas aprovechando las oportunidades que dejan las ciudades. Donde otras especies lo tienen difícil, ellas pueden instalarse, reproducirse y expandirse con rapidez.
La parte incómoda
Aquí entra la parte que conviene contar sin adornos. La cotorra argentina no es una especie autóctona en España. Su presencia procede de ejemplares ligados al comercio como aves de jaula y de escapes o sueltas, algo que permitió que poblaciones domésticas acabaran estableciéndose en libertad.
La ley española es clara con las especies incluidas en el catálogo. Su inclusión conlleva la prohibición general de posesión, transporte, tráfico y comercio de ejemplares vivos, además de la prohibición de introducirlas en el medio natural. Dicho de forma sencilla, no se deben soltar, criar, comprar ni mover por cuenta propia.
El problema no es solo el ruido. En Madrid, el Ayuntamiento ha señalado riesgos para la biodiversidad, molestias vecinales y nidos que pueden alcanzar hasta 200 kilos, con peligro en caso de desprendimiento. También advierte de que su comportamiento invasor puede desplazar a aves autóctonas como los gorriones.
Por qué se han adaptado tan bien
Las cotorras tienen varias ventajas en la ciudad. Son sociales, aprenden rápido, aprovechan árboles ornamentales y pueden construir nidos comunales muy grandes. Además, muchas ciudades españolas tienen inviernos más suaves que otras zonas interiores, algo que facilita que sobrevivan.
La historia de su expansión también tiene mucho que ver con el comercio de mascotas. Un trabajo publicado en Ardeola analizó las importaciones de cotorra argentina y cotorra de Kramer en España y mostró que se importaron más de 190 000 cotorras argentinas desde Uruguay y Argentina. Aunque la importación fue prohibida en España en 2005, las poblaciones asilvestradas ya eran autosuficientes.
Una investigación más reciente va en la misma línea de fondo. El modelo global de riesgo de invasión de Myiopsitta monachus indica que los factores humanos explican algo más del 54% de los patrones observados, mientras que el clima explica casi el 40% y la topografía alrededor del 5%. En otras palabras, no es solo «culpa» del ave. La forma en que urbanizamos, comerciamos y nos movemos también pesa mucho.
Qué hacer si están cerca
Si tienes cotorras junto a casa, lo primero es no actuar por tu cuenta. No conviene retirar nidos, capturar ejemplares ni tocar aves heridas sin avisar a los servicios competentes. Puede ser peligroso para las personas, para los animales y también puede meterte en un problema legal.
Si el nido está en un árbol privado, en una comunidad de vecinos o cerca de una zona de paso, lo prudente es comunicarlo al ayuntamiento o a la autoridad ambiental correspondiente. Sobre todo si hay riesgo de caída, cables, farolas o molestias acústicas constantes.
Tampoco es buena idea alimentarlas. Darles comida puede parecer un gesto amable, pero ayuda a reforzar colonias y a aumentar el problema. Con las especies invasoras, la compasión mal enfocada puede acabar dañando más a la fauna local.
Un aviso verde
Escuchar cotorras en el jardín puede despertar curiosidad, incluso simpatía. Son aves inteligentes, llamativas y muy visibles. En una ciudad llena de motores, bocinas y prisas, su presencia recuerda que la naturaleza sigue buscando huecos. A veces los encuentra donde menos lo esperamos.
Pero esa imagen tiene dos lecturas. Por un lado, muestra que los barrios con árboles son más vivos y más habitables. Por otro, recuerda que no toda fauna urbana beneficia al ecosistema. Algunas especies prosperan precisamente porque hemos alterado demasiado el equilibrio.
La respuesta no debería ser ni odiarlas ni protegerlas como si fueran aves autóctonas. Lo sensato es entender qué significan, evitar favorecer su expansión y apoyar una gestión pública basada en datos, bienestar animal y protección de la biodiversidad local. El estudio científico más reciente ha sido publicado en The Condor.












