En Missouri están creciendo algas mutantes que huelen a naranja y que están limpiando los mares porque son imanes del plástico

Publicado el: 21 de junio de 2026 a las 08:02
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Investigadora junto a biorreactores con algas modificadas genéticamente capaces de capturar microplásticos del agua.

Una tecnología desarrollada por investigadores de la Universidad de Misuri acaba de poner sobre la mesa una idea tan extraña como prometedora. Usar algas modificadas genéticamente para juntar microplásticos, hacer que se hundan y retirarlos del agua con mucha más facilidad.

El estudio, publicado en Nature Communications, logró retirar el 91,4 % de microplásticos en una hora en condiciones de laboratorio, con una capacidad de 0,1 gramos de microplástico por cada gramo de biomasa. La clave está en una cepa que produce limoneno, el compuesto natural asociado al olor de la piel de naranja. Suena casi a truco de cocina, pero detrás hay mucha ingeniería biológica.



Un olor a naranja con química detrás

El limoneno no se usa aquí por su aroma, sino por lo que hace en la superficie de estas algas. Al producir este aceite natural volátil, las células se vuelven más repelentes al agua. En ciencia se dice que se vuelven más hidrofóbicas.

¿Y por qué importa eso? Porque muchos microplásticos también repelen el agua. Cuando las algas modificadas y esas partículas diminutas se encuentran, tienden a unirse entre sí. No es magia. Es una interacción física que los investigadores han aprovechado para limpiar agua contaminada.



El resultado son grumos que terminan cayendo al fondo y forman una biomasa más fácil de recoger. Justo ahí está el cambio importante, porque una cosa es tener microplásticos dispersos por el agua y otra muy distinta es concentrarlos en una masa sólida que se pueda retirar.

Cómo cazan los microplásticos

Los filtros tradicionales funcionan bien con fragmentos grandes, pero los microplásticos son otro problema. Son tan pequeños que pueden escapar de muchos sistemas de tratamiento y acabar en ríos, lagos, aguas residuales e incluso en peces destinados al consumo humano, según explicó Susie Dai, investigadora de la Universidad de Misuri.

El equipo no se limitó a observar que las partículas se pegaban. El trabajo describe una plataforma llamada RUMBA, por sus siglas en inglés, pensada para combinar la retirada de microplásticos con el tratamiento de aguas residuales y el aprovechamiento posterior del material recuperado. En el fondo, lo que busca es convertir un residuo incómodo en algo manejable.

Además, los autores probaron la interacción con distintos tipos de plásticos, entre ellos poliestireno, PET y polietileno. Eso importa porque no todos los plásticos se comportan igual en el agua. La contaminación real no llega ordenada por familias, llega mezclada. Y eso complica todo.

Tres problemas en una misma idea

La parte más interesante del método no está solo en capturar microplásticos. Estas algas también pueden crecer en aguas residuales y aprovechar nutrientes sobrantes mientras se desarrollan. Es decir, podrían ayudar a limpiar el agua por más de una vía.

Dai lo resumió de forma directa al explicar que este enfoque permite abordar «tres problemas con un solo método». Se refiere a retirar microplásticos, depurar aguas residuales y usar después ese material recuperado para crear productos plásticos compuestos o bioplásticos.

El estudio también plantea que la biomasa cargada de microplásticos puede transformarse en materiales compuestos con nuevas prestaciones. No significa que el problema del plástico desaparezca de golpe. Pero sí abre una puerta interesante, porque retirar el residuo sin saber qué hacer con él suele ser solo la mitad del trabajo.

Por qué interesa a las depuradoras

En la práctica, las depuradoras se enfrentan a un enemigo pequeño y persistente. Muchos tratamientos están pensados para sólidos más grandes, mientras que las partículas microscópicas pueden seguir su camino. Por eso terminan apareciendo en ecosistemas acuáticos y en lugares donde nadie quiere encontrarlas.

La propuesta de Misuri resulta atractiva porque no exige imaginar un sistema completamente ajeno al tratamiento del agua. Dai explicó que su objetivo a largo plazo es integrar este proceso en plantas de tratamiento existentes para que las ciudades limpien mejor sus aguas y reduzcan la contaminación. Pero hay una palabra clave. Largo plazo.

De momento, el trabajo sigue en una fase temprana. El laboratorio ya cultiva algas en grandes biorreactores, incluido uno de 100 litros llamado «Shrek», creado inicialmente para procesar gases industriales. La idea es construir versiones más grandes que puedan adaptarse a aguas residuales y otros contaminantes.

Lo que falta por demostrar

El dato del 91,4 % en una hora es llamativo, pero conviene leerlo con calma. Es un resultado de laboratorio y no una prueba definitiva en una depuradora real, con mezclas complejas, concentraciones bajas, otros residuos y condiciones cambiantes. Ahí es donde muchas tecnologías prometedoras se la juegan.

Los propios autores reconocen que el trabajo futuro debe optimizar el proceso para escenarios ambientales complejos, donde los microplásticos aparecen mezclados con muchas impurezas. También habrá que estudiar cómo se escala el sistema, cuánto cuesta, cómo se controla la biomasa y qué garantías ofrece antes de pensar en una aplicación amplia.

Aun así, la idea tiene algo poderoso. No intenta perseguir cada partícula con un filtro cada vez más fino, sino cambiar el comportamiento del conjunto para que el plástico se agrupe y pueda retirarse. A veces, la solución no está en atrapar mejor, sino en hacer que el contaminante deje de esconderse.

Una ayuda, no una excusa

Este tipo de avances no debe usarse como excusa para fabricar y tirar más plástico. La prioridad sigue siendo reducir el uso innecesario, mejorar el reciclaje y evitar que los residuos lleguen al agua. Ninguna alga, por muy ingeniosa que sea, puede limpiar por sí sola décadas de mala gestión.

Pero también sería un error ignorar estas herramientas. Los microplásticos ya están ahí y hacen falta métodos más eficaces para retirarlos. Si una tecnología consigue capturarlos, ayudar a depurar aguas residuales y dar una segunda vida al material recuperado, merece ser observada de cerca.

El estudio oficial ha sido publicado en Nature Communications.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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