Cuatro machos de tortuga laúd fueron equipados con transmisores satelitales en el Atlántico Sur. Es la primera vez que la investigación marina argentina consigue seguir de esta forma a ejemplares masculinos de Dermochelys coriacea, una especie enorme, migratoria y todavía llena de incógnitas.
Los primeros datos ya dibujan dos comportamientos distintos. Tres animales utilizaron el entorno del Río de la Plata y Cabo San Antonio, mientras que el cuarto recorrió la costa bonaerense hasta la desembocadura del río Negro. El hallazgo obliga a mirar estas aguas de otra manera, aunque todavía no demuestra que exista una población estable.
Un vacío bajo el agua
Las hembras pueden estudiarse cuando salen a playas tropicales para poner sus huevos. Los machos adultos, en cambio, permanecen en el mar, por lo que localizarlos exige buscarlos desde embarcaciones y trabajar en aguas abiertas. Ahí estaba el gran hueco de información.
Victoria González Carman, investigadora del Proyecto Tortuga Laúd, lo resumió así. «Hoy estamos siguiendo de cerca el comportamiento de los machos, de los cuales se sabe muy poco en todo el mundo». No es poca cosa, porque conocer dónde comen y por dónde viajan es el primer paso para protegerlos.
Así funciona el rastreo
La primera etapa se cerró en marzo de 2026, cuando el equipo colocó el cuarto transmisor. Los dispositivos se instalaron sobre el caparazón de tortugas localizadas frente a San Clemente del Tuyú, en la provincia de Buenos Aires. Cada vez que una sale a respirar, el aparato envía su posición y permite reconstruir el recorrido casi en tiempo real.
Los transmisores están preparados para desprenderse de forma natural y el seguimiento puede durar hasta ocho meses. La tecnología no cuenta toda la historia por sí sola, pero convierte movimientos invisibles bajo el agua en puntos sobre un mapa. Y esos puntos empiezan a hablar.
Las primeras rutas
Durante el primer mes y medio, los cuatro machos permanecieron cerca del lugar donde habían sido marcados. Después se separaron. Tres entraron varios días en el Río de la Plata, regresaron al área inicial y continuaron alimentándose cerca de Cabo San Antonio.
El cuarto hizo algo diferente. Bordeó la provincia de Buenos Aires hacia el sur durante cerca de un mes y llegó a las proximidades de la desembocadura del río Negro. Los investigadores relacionan estas estancias con la abundancia de medusas, el alimento principal de la tortuga laúd.
Pescadores que abrieron una puerta
Encontrar animales de este tamaño en el océano no es tan sencillo como divisarlos desde una playa. Los avisos de pescadores artesanales y deportivos fueron decisivos para que los científicos pudieran acercarse a los ejemplares en el momento adecuado.
Esta colaboración aporta una lección práctica. Quienes trabajan cada día en el mar observan comportamientos que no siempre aparecen en los registros científicos. Cuando esa experiencia llega a los investigadores, el conocimiento avanza más deprisa.
Lo que todavía no sabemos
Los recorridos iniciales apuntan a que el mar argentino puede ser una zona habitual de alimentación y no un lugar al que las tortugas llegan solo por accidente. Pero cuatro individuos y 45 días de datos no bastan para describir a toda una población. Esa es la cautela necesaria.
Harán falta más temporadas, más ejemplares y registros completos de sus desplazamientos hacia aguas cálidas. También será importante determinar de qué poblaciones reproductoras proceden mediante evidencias adicionales, como los análisis genéticos. La telemetría abre la ventana, pero aún queda mucho océano detrás del cristal.
Una gigante muy distinta
La laúd es la tortuga más grande del mundo. Un adulto suele medir entre 1,5 y 1,8 metros y pesar entre 340 y 450 kilos. A diferencia de otras tortugas marinas, no posee un caparazón duro cubierto de escamas, sino una piel resistente y flexible con siete crestas longitudinales.
Su cuerpo está preparado para viajar lejos. Algunos ejemplares recorren más de 16.000 kilómetros al año entre las zonas de alimentación y reproducción, y pueden realizar inmersiones extraordinariamente profundas. Se alimentan sobre todo de medusas y otros animales gelatinosos.
Una especie bajo presión
La Lista Roja de la UICN clasifica globalmente a la tortuga laúd como vulnerable y con una tendencia poblacional decreciente. NOAA estima que su población mundial ha caído alrededor de un 40 por ciento durante las tres últimas generaciones. La situación, además, cambia mucho de una región oceánica a otra.
La captura accidental en artes de pesca es su principal amenaza mundial. También pesan los golpes con embarcaciones, la pérdida de playas de anidación, el calentamiento de la arena y los residuos marinos. Una bolsa flotando puede parecerse demasiado a una medusa, y ahí empieza el problema.
De puntos a protección
El valor real del transmisor aparece cuando sus rutas se comparan con zonas de pesca, tráfico marítimo y áreas de alimentación. Así pueden detectarse lugares y épocas con más riesgo, algo útil para estudiar cambios en las artes de pesca, medidas temporales o nuevas precauciones para la navegación.
Eso no significa que cuatro mapas vayan a crear una protección automática. Los datos deben mantenerse, analizarse y convertirse en decisiones coordinadas entre provincias y países. Argentina forma parte desde 2010 de la Convención Interamericana para la Protección y Conservación de las Tortugas Marinas.
Qué hacer al ver una tortuga
El proyecto pide a pescadores, kayakistas y demás usuarios del mar que comuniquen cualquier avistamiento. En la costa bonaerense, si una tortuga laúd aparece en la playa, debe avisarse al 103 o al 106, porque puede estar herida, debilitada o muerta.
No hay que tocarla, mojarla, alimentarla ni devolverla al agua sin asistencia profesional. El impulso de ayudar es comprensible, pero las organizaciones piden esperar a los especialistas. A veces, ayudar significa llamar y no intervenir.
Una red detrás del proyecto
La iniciativa reúne a AquaMarina, Fundación Vida Silvestre Argentina, Fundación Mundo Marino, INIDEP, IIMyC-CONICET-UNMdP, CESIMAR-CONICET y las reservas naturales Rincón de Ajo y Bahía Samborombón. También cuenta con el apoyo científico de Sea Turtle, Inc. y la University of Exeter.
La primera fase aún no permite obtener una conclusión definitiva, pero ya deja un mapa que antes no existía.
El comunicado oficial con los primeros resultados ha sido publicado por Fundación Mundo Marino.
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