En 1976, un equipo australiano plantó una mezcla de eucaliptos sobre una zona agrícola salinizada del suroeste de Australia. La idea parecía lógica. Sus raíces profundas y su gran consumo de agua podían bajar el nivel del agua subterránea y evitar que la sal siguiera llegando a la superficie.
Quince años después, los árboles sí habían consumido más agua que los cultivos y pastos vecinos, y también habían alterado las aguas subterráneas. Pero el afloramiento salino seguía activo. El resultado dejó una lección incómoda y útil a la vez, porque plantar árboles no basta cuando la geología conduce el problema por debajo.
Una prueba a escala de cuenca
La plantación ocupaba alrededor del 12 por ciento de una pequeña cuenca agrícola situada sobre una zona donde el agua salada afloraba y dañaba el terreno. Los investigadores controlaron una reserva profunda de agua subterránea y otra más superficial que aparecía por temporadas. Para seguir sus cambios usaron piezómetros, unos tubos que permiten medir el nivel y la salinidad del agua bajo el suelo.
El trabajo fue encabezado por E.A.N. Greenwood junto con E.F. Biddiscombe, A.L. Rogers, J.D. Beresford y G.D. Watson. No buscaban solo comprobar si los árboles sobrevivían. También querían comparar qué especies podían utilizar más agua mediante datos como la superficie de sus hojas y la supervivencia.
Los eucaliptos sí cambiaron el agua
Los árboles crecieron con rapidez hasta 1981, aunque su ritmo disminuyó después. Los cambios en el nivel del agua y la aparición de bolsas de agua poco profundas indicaron que la plantación consumía más que los cultivos y pastos próximos. En ese aspecto, la idea funcionó.
Entre 1977 y 1984, la concentración de cloruro en el acuífero profundo cayó cerca de un 20 por ciento, con un descenso mayor en la parte media de la pendiente. Aun así, se acumularon depósitos de sal más grandes en las zonas bajas y hubo señales visibles de descarga salina durante todo el experimento. El agua cambió, pero el problema no desapareció.
La geología puso el límite
La cuenca tenía un acuífero profundo aparentemente confinado en su parte baja. En palabras sencillas, esa reserva estaba encajada en el subsuelo y no respondía fácilmente a lo que ocurría junto a la superficie. La ubicación de la plantación, por tanto, limitó su capacidad para controlar la vía que seguía alimentando el afloramiento salino.
Elegir árboles que beben mucha agua no garantiza que la salinidad retroceda. También importan la posición del acuífero, la dirección del flujo subterráneo y el lugar exacto donde se planta. Una revisión posterior de casi 80 emplazamientos del suroeste australiano llegó a una conclusión parecida, ya que las plantaciones pueden ayudar de forma local, pero su efecto depende de conocer bien la hidrogeología, que estudia cómo se mueve el agua bajo el terreno.
Cuatro especies destacaron
Tras 15 años, las especies más prometedoras fueron Eucalyptus cladocalyx variedad nana, Eucalyptus cladocalyx, Eucalyptus occidentalis y Eucalyptus sargentii. Habían crecido o sobrevivido mejor en aquellas condiciones difíciles. Eso no significa que fueran capaces de eliminar por sí solas la salinidad.
En la práctica, los eucaliptos pueden ser una herramienta dentro de un plan adaptado a cada paisaje, no una solución automática. Antes de plantar, hace falta entender qué agua está alimentando la zona salinizada y por dónde se mueve. Lo decisivo puede estar varios metros bajo los pies.
El estudio principal se publicó en Agricultural Water Management.










