Unos marineros soltaron conejos en las islas Kerguelen en 1874 para dar carne a posibles náufragos. Los dejaron en Grande Terre, la isla principal de este archipiélago francés del sur del océano Índico. Así lo cuenta el plan de gestión 2018-2027 de la Reserva Natural de las Tierras Australes Francesas.
Aquel animal cambió las plantas y el suelo de las islas durante el siglo XX. Aun así, el mismo plan concluye que hoy sería prematuro eliminarlo de las islas donde sigue. La razón está en otras plantas llegadas de fuera.
La col de Kerguelen pierde terreno
Kerguelen tiene 29 especies de plantas vasculares, el grupo de las hierbas y los helechos. Lo recoge la primera lista roja de su flora, publicada en abril de 2024 por las Tierras Australes y Antárticas Francesas (TAAF). Dos de esas especies no crecen en ningún otro lugar.
La TAAF pone el ejemplo de la col de Kerguelen (Pringlea antiscorbutica). Crece en todo el territorio, pero algunas poblaciones están «muy afectadas» por conejos, renos y ratones introducidos. El daño es mayor en Grande Terre.

Los equipos del Instituto Polar Francés vieron que el conejo hacía desaparecer la col y la azorela (Azorella selago). Esta última crece en cojines compactos. Su sitio lo ocupó Acaena magellanica, una planta autóctona que forma praderas casi de una sola especie.
Un testigo de 90 centímetros
Para fechar el cambio, Gentile Francesco Ficetola y su equipo perforaron el fondo del lago La Poule. En diciembre de 2014 sacaron un cilindro de sedimento de 90 centímetros. Ficetola firmó el trabajo desde el Laboratorio de Ecología Alpina de Grenoble y la Universidad de Milán.
El lago mide 220 por 120 metros y está a 100 metros de altitud. Se encuentra en la meseta central de Grande Terre.
Su estudio, publicado en Science Advances en 2018, cruzó tres pistas del barro. Usó ADN ambiental, esporas de hongos que crecen sobre excrementos y la tierra arrastrada al agua. Con el ADN ambiental también se sigue a los peces soltados en los lagos del Monte Rainier.
Gracias a esas pistas, el equipo reconstruyó unos 600 años de historia de la cuenca. Hasta 1941, la azorela reunía entre el 44 y el 72 % del ADN vegetal. Entre 1941 y 1948 llegó al 95 %, un pico que los autores atribuyen probablemente al pastoreo y a las madrigueras, que arrastraron su ADN al lago, y no a un aumento real de la planta.
A partir de 1948 se desplomó y Acaena pasó a dominar. El ADN del conejo surge en las capas de los años cuarenta. Los registros históricos dicen que no estaba en la zona en 1932 y que en los sesenta probablemente sí.
Más del doble de erosión
Los sedimentos también guardan cuánta tierra bajaba de las laderas. Hasta 1941, la erosión no pasaba de 0,15 gramos por centímetro cuadrado al año. Después de 1948 superó los 0,3 y a partir de 1964 volvió a caer.
Según los autores, los conejos aumentan la erosión al cavar madrigueras y al dejar el suelo con menos plantas. En las laderas del oeste del lago, el equipo encontró muchas madrigueras y marcas fuertes de erosión.
El resumen del trabajo dice que sus impactos «fueron muy rápidos y más fuertes que los efectos del cambio climático durante el siglo XX». No hubo fase de espera. Los efectos más fuertes llegaron nada más aparecer el animal.
Tres islas sin conejos
Para ver qué pasaba al quitar el animal, los científicos lo erradicaron de tres islas del golfo de Morbihan. Fueron Verte en 1992, Guillou en 1994 y la isla aux Cochons en 1997. En 2003 le tocó a la isla Stoll.
Después llegó una vuelta lenta de la col, la azorela y algunas gramíneas nativas, según el plan. Jean-Louis Chapuis, Yves Frenot y Marc Lebouvier publicaron ese seguimiento en 2004 en Biological Conservation.
A mediados de los años noventa, las sequías de verano frenaron esa recuperación. Retrocedieron especies nativas y avanzaron el diente de león y varias gramíneas introducidas. Una de ellas es Poa pratensis.
Otras islas han seguido un camino parecido con éxito. Es el caso de la isla de Desecheo, en Puerto Rico, que tardó 10 años en librarse de las ratas.
Praderas de Poa pratensis
El seguimiento anual comparó islas con conejo, como Cimetière, Inskip y Chat, con la isla Mayes, que no tiene. En la década previa al plan aparecieron praderas de Poa pratensis sola. Lo hicieron en las islas sin conejo y en aquellas donde se erradicó.
En las islas que conservan el conejo, esa hierba no logra asentarse. Los dientes de león también crecen menos. Por eso el plan ve al animal como «un auxiliar de gestión» con el clima actual.
La reserva concluye que «parece actualmente prematuro» erradicarlo donde sigue. En Grande Terre, de 6500 kilómetros cuadrados, ni siquiera es viable. Allí el conejo convive además con gatos y ratones introducidos.
Retirar animales traídos por el hombre sí ha funcionado en otros lugares, como con los cerdos de la isla de Santa Cruz, en California. En Kerguelen, el plan se da hasta 2027 para decidir si merece la pena en alguna isla.
Un único lago fechado
El registro de La Poule sale de un solo cilindro de sedimento y de una cuenca de 1,5 kilómetros cuadrados. Fecha el cambio en ese punto. No demuestra que toda Grande Terre cambiara al mismo ritmo.
El plan tampoco da cifras de cuánto ha avanzado Poa pratensis en cada isla. Y otras especies llegadas de fuera siguen dañando islas lejanas, como los pósums que llegaron a Nueva Zelanda en 1837.
En septiembre de 2026, un equipo encabezado por Xaali O’Reilly-Berkeley, de la Universitat Autònoma de Barcelona y el CREAF, aportó otra referencia. Con ADN de sedimentos reconstruyó 11.080 años de vegetación en Grande Terre. Describe una flora «relativamente estable» antes de la llegada humana, aunque no estudia los conejos.
Ese trabajo salió en Journal of Quaternary Science. El estudio completo sobre el lago La Poule se ha publicado en Science Advances.
Foto: Yves Frenot / CNRS Images








