Argelia, Nigeria y Níger han dado un paso que llevaba años sobre la mesa. Sonatrach ha anunciado el inicio oficial de las obras del tramo argelino del Gasoducto Transahariano, un proyecto pensado para transportar gas natural desde Nigeria, cruzar Níger y conectarse con la red argelina que mira hacia el Mediterráneo y Europa.
La cifra llama la atención. El trazado previsto alcanza unos 4.128 kilómetros y podría mover hasta 30.000 millones de metros cúbicos de gas al año. Pero conviene leerlo con calma. No hablamos de una solución climática, porque el gas sigue siendo un combustible fósil, sino de una pieza más en la complicada búsqueda europea de energía sin depender de Rusia.
Qué se ha puesto en marcha
El lanzamiento de las obras se realizó en Aoulef, en la provincia argelina de Adrar. En el acto participaron Mohamed Arkab, ministro argelino de Hidrocarburos, Ekperikpe Ekpo, ministro nigeriano de Recursos Petrolíferos encargado del gas, y Hamadou Tini, ministro de Petróleo de Níger. No es un detalle menor. El proyecto solo tiene sentido si los tres países avanzan de forma coordinada.
Según Sonatrach, el tramo argelino seguirá el corredor de la carretera transahariana desde la frontera entre Argelia y Níger hasta el Centro Nacional de Distribución de Gas en Hassi R’Mel. Desde allí, se conectará con la red nacional de transporte de gas y con las infraestructuras de exportación que Argelia ya tiene en funcionamiento.
Esto cambia un matiz importante. La conexión oficial mencionada por Sonatrach es Hassi R’Mel, no Hassi Messaoud. Puede parecer un detalle técnico, pero en un proyecto de miles de kilómetros los nombres importan, porque indican dónde entra realmente el gas en la red que puede llevarlo hacia los mercados internacionales.
La ruta por el Sáhara
La idea es sencilla de explicar, aunque difícil de construir. El gas saldría de la zona de Warri, en el sur de Nigeria, atravesaría Níger y llegaría a Argelia. Después, el sistema argelino permitiría moverlo hacia terminales e infraestructuras de exportación conectadas con Europa.
Enerdata recoge que el reparto previsto del gasoducto sería de 1.037 kilómetros en Nigeria, 841 kilómetros en Níger y 2.310 kilómetros en Argelia. En total, esos 4.128 kilómetros convierten al Transahariano en una de las obras energéticas más ambiciosas del continente africano. No es poca cosa.
El reto está en que una tubería no vive solo de mapas bonitos. Hacen falta financiación, seguridad, contratos de compra, mantenimiento y protección física del trazado. Reuters ya recordaba en 2022 que la idea llevaba más de 40 años planteada y que el avance se había quedado atascado durante años.
Por qué Europa lo mira de cerca
Europa observa este proyecto con interés porque su relación energética con Rusia cambió por completo tras la invasión de Ucrania. La Comisión Europea afirma que la dependencia del gas ruso cayó del 45% de las importaciones al 12% en 2025, pero también reconoce que todavía quedan unos 35.000 millones de metros cúbicos de gas ruso al año dentro del mercado europeo.
La UE ya ha convertido esa retirada en una hoja de ruta política y legal. Según la Comisión, el objetivo es poner fin a las importaciones de gas ruso por gasoducto y de gas natural licuado ruso para noviembre de 2027. Ahí entra el valor estratégico del gas africano. No sustituye toda la energía de golpe, pero da margen.
¿Qué significa esto para alguien que vive en España o en otro país europeo? No quiere decir que la factura de la luz vaya a bajar automáticamente. Los precios dependen de muchas cosas, desde la demanda y el mercado mayorista hasta los impuestos y el peso de las renovables. Pero sí puede reducir la presión geopolítica sobre el suministro.
El punto incómodo para el clima
Aquí aparece la parte menos cómoda de la historia. El gas natural emite menos CO2 que el carbón cuando se quema, pero sigue siendo una energía fósil. Además, su cadena de extracción y transporte puede liberar metano, un gas de efecto invernadero muy potente.
La Agencia Internacional de la Energía calcula que el sector de los combustibles fósiles representa alrededor del 35% de las emisiones de metano causadas por la actividad humana. Dentro de esas cifras, las actividades ligadas al gas natural sumaron cerca de 36 millones de toneladas de metano en 2025. Y eso se nota.
Por eso, si este gasoducto avanza, la vigilancia ambiental será clave. No basta con construir la infraestructura. Harán falta mediciones, control de fugas, normas claras y una reducción real de la quema o pérdida de gas en origen. Si no, el proyecto puede vender seguridad energética mientras arrastra un problema climático serio.
Lo que falta por demostrar
El inicio del tramo argelino es una señal política fuerte, pero todavía no equivale a tener el gas circulando hasta Europa. Quedan tramos, acuerdos de financiación, calendarios de obra y garantías de seguridad en una zona compleja. Decir que el proyecto ya está resuelto sería exagerar.
También queda una pregunta de fondo. ¿Este gasoducto servirá solo como puente temporal mientras crecen las renovables o terminará alargando la dependencia europea del gas durante décadas? Esa es la línea fina que Europa tendrá que vigilar si quiere combinar seguridad energética y transición ecológica.
En la práctica, el Gasoducto Transahariano puede convertirse en una nueva ruta estratégica entre África y Europa. Pero no es una revolución verde. Es, sobre todo, una herramienta para diversificar el suministro y reducir el peso de Rusia en el mercado energético europeo.
El comunicado oficial sobre el inicio de las obras del tramo argelino del Gasoducto Transahariano ha sido publicado por Sonatrach.











