Durante décadas, el eucalipto pareció una solución redonda para el monte del noroeste de España. Crece rápido, ofrece madera útil para pasta de papel y mueve una economía importante en Galicia. Pero un bosque lleno de árboles no siempre es un bosque lleno de vida.
Un estudio realizado en el entorno de las Fragas do Eume, en Galicia, pone cifras a una sospecha que muchos naturalistas llevaban años repitiendo. Allí donde aumenta la proporción de eucalipto, bajan la riqueza y la abundancia de aves forestales. Por eso vuelve a sonar una expresión dura, aunque muy gráfica, «desierto verde». Verde por fuera, mucho más pobre por dentro.
El problema no es solo que haya eucaliptos
El trabajo científico analizó 240 parcelas de bosques autóctonos y plantaciones de eucalipto en el noroeste ibérico. La conclusión principal es clara. La cobertura de eucalipto fue el factor que más explicó la reducción de aves forestales, por encima de otros rasgos de la vegetación.
Esto no significa que cada árbol sea un enemigo por sí solo. El problema aparece cuando el paisaje se simplifica demasiado y una especie de crecimiento rápido ocupa grandes superficies. En Galicia, según el propio estudio, el eucalipto cubre ya alrededor del 30 % de la superficie forestal regional.
¿Qué cambia en la práctica? Cambia el alimento, cambia el refugio y cambian los lugares donde criar. Y cuando eso ocurre, el monte puede seguir pareciendo frondoso desde la carretera, pero sonar mucho menos al amanecer.
Menos aves y menos refugios
Los investigadores comprobaron que las plantaciones de eucalipto tenían menos especies y menos ejemplares de aves que los bosques nativos. El resumen del estudio señala que los árboles autóctonos maduros son esenciales para muchas aves forestales, mientras que los eucaliptos maduros no sustituyen ese papel ecológico.
La explicación es bastante sencilla. Muchas aves necesitan insectos, cavidades naturales, cortezas viejas, ramas muertas y una estructura vegetal variada. Un eucaliptal de turno corto ofrece menos de todo eso, sobre todo si se tala antes de que el árbol envejezca de verdad.
El equipo lo expresó de forma directa al explicar que las plantaciones «albergan muchas menos especies y ejemplares de aves que los bosques nativos». No es una diferencia menor. Las aves insectívoras ayudan a controlar plagas y son un termómetro bastante fiable de la salud del monte.
El monte que parece bosque pero funciona distinto
La palabra «desierto» puede parecer exagerada al ver una ladera cubierta de verde. Pero aquí no se habla de falta de árboles, sino de falta de funciones ecológicas. Un bosque autóctono maduro tiene capas, huecos, hojas distintas, insectos distintos y ritmos más lentos.
En un eucaliptal intensivo, muchas de esas piezas desaparecen o quedan muy reducidas. El estudio detectó que la estructura y la composición de la vegetación eran muy diferentes entre los bosques nativos y las plantaciones, y que esa simplificación afectaba a la comunidad de aves.
Ahí está la clave. Plantar árboles puede ser bueno, pero no cualquier plantación cumple el papel de un bosque. Es una idea incómoda, porque choca con el mensaje fácil de «más árboles igual a más naturaleza». No siempre.
Una economía difícil de ignorar
El debate no se puede separar del dinero ni del empleo. La cadena forestal-madera de Galicia supera las 3.300 empresas, facturó casi 2.500 millones de euros en 2025 y suma más de 19.400 afiliados en sus principales ramas de actividad, según datos difundidos por la Xunta.
Para muchas zonas rurales, el eucalipto ha sido una fuente de ingresos rápida y previsible. Es comprensible. Cuando una familia tiene monte, necesita que ese terreno le dé algo a cambio, igual que quien mira la factura de la luz espera que las cuentas salgan.
Pero el estudio obliga a mirar el coste oculto. Si el paisaje se empobrece, también se debilitan servicios naturales que no siempre aparecen en una factura. Menos aves insectívoras pueden significar menos control natural de plagas. Menos bosque maduro puede significar menos refugio para fauna. Y eso se nota.
Galicia ya ha movido ficha
La Xunta anunció en octubre de 2025 la ampliación de la moratoria del eucalipto hasta 2030, aunque introdujo flexibilizaciones para permitir determinados relevos de masas ya existentes y casos vinculados a pinos afectados por la banda marrón. La administración defiende que busca producir más y mejor en menos superficie, diversificar el monte y combatir el abandono.
La medida muestra hasta qué punto el asunto es delicado. No se trata solo de prohibir o permitir. Se trata de ordenar un paisaje donde conviven propietarios, industria, biodiversidad, incendios, empleo rural y normas ambientales.
Y aquí el reloj corre. Si las plantaciones siguen ocupando espacio sin dejar hueco a la vegetación autóctona, la recuperación de las aves será mucho más difícil. La naturaleza necesita continuidad, no parches sueltos.
La solución no pasa por arrancarlo todo
Los autores del estudio no plantean una erradicación total e inmediata del eucalipto. Su propuesta va por otro camino, más realista y probablemente más útil. Recomiendan integrar franjas de retención sin gestionar dentro de las plantaciones para aumentar la diversidad del hábitat y conservar recursos críticos para aves y otros animales.
Dicho de forma sencilla, se trata de dejar respirar al monte. Permitir zonas libres de eucalipto, con vegetación autóctona, árboles maduros y más variedad estructural. Pequeños refugios dentro de un paisaje productivo.
No convertirán una plantación en una fraga de un día para otro. Pero pueden marcar la diferencia para insectos, aves y otros animales que necesitan algo más que troncos alineados. No es poca cosa.
Lo que deben tener en cuenta ahora los propietarios
Para un propietario forestal, el mensaje no debería leerse como una condena automática. El eucalipto seguirá formando parte del monte gallego durante años. La cuestión es cómo, dónde y con qué límites.
La ciencia apunta a una gestión más mezclada. Menos monocultivo continuo, más frondosas, más bordes vivos, más árboles viejos y más zonas donde no todo se mida por el próximo turno de corta. En el fondo, se trata de que el monte produzca sin quedarse vacío por dentro.
La imagen del «desierto verde» funciona porque resume una paradoja muy gallega y muy actual. Hay árboles, hay madera y hay actividad económica. Pero si faltan las aves, los insectos y los refugios, falta una parte esencial del bosque.
El estudio completo ha sido publicado en la revista científica Forest Ecology and Management.



