Y después del incendio, qué

Los incendios forestales son un desastre para la flora y la fauna, pero, para el bosque, casi nunca es el fin. Tras los calores de agosto, esos páramos ennegrecidos viven un proceso febril por recuperar la vida: aparecen arbustos que sujetan el suelo contra la erosión de otoño; muchos de los árboles “heridos” rebrotan en la siguiente primavera; otros nacen a partir de las semillas esparcidas en medio de las llamas; los técnicos entierran plantones que van echando raíces, y el bosque va recuperando poco a poco su pulso. En las zonas que sufrieron grandes incendios, sobre todo si son “reincidentes”, la regeneración será más difícil.

 

En los últimos 10 años se han quemado en España 627.000 hectáreas de monte arbolado, nada menos que el 11,4% de la superficie nacional. Podría pensarse en una devastación progresiva que convertiría España en el Sáhara europeo en apenas nueve años, pero, afortunadamente, la realidad es otra: según el Inventario Forestal Español 1997-2006, la superficie de monte arbolado ha crecido desde el anterior Inventario (1986-1996) en algo más de un millón de hectáreas, nada menos que el 39%. El abandono de tierras agrícolas que se cubren pronto de vegetación tiene mucho que ver con este “reverdecimiento de España”, pero también ha jugado a favor la recuperación del propio bosque calcinado, mucho más preparado de lo que pensamos a sufrir un fenómeno tan frecuente como el fuego en áreas de clima mediterráneo.

 

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“Si el bosque no ha ardido en años anteriores –explica José Antonio Barrios, ingeniero forestal de la empresa Forestaux, que trabaja para la Consejería valenciana de Medio Ambiente- se intenta que regenere por sí solo. Se retira la madera quemada si es factible hacerlo y se espera cinco o seis años, y sólo si no crecen los árboles, se repuebla”. Así, especies como el pino carrasco o el pino pinaster reaparecen con facilidad cuando se queman adultos porque las piñas se abren con el calor y esparcen las semillas de los futuros árboles.

 

En el barcelonés Macizo de Monserrat, por ejemplo, ardieron en el verano de 1986 más de 6.000 hectáreas de superficie arbolada. Cinco años después, apenas quedaban secuelas, y hoy, las encinas y los pinos de más de cuatro metros hacen casi inimaginable aquel gran incendio. Y además, sin replantar nada: tratándose de un incendio ocasional, tan sólo hizo falta retirar la madera quemada y acondicionar el suelo para evitar la erosión y facilitar así el regreso de vegetación. El resto lo hizo la propia naturaleza.

 

Matorral oportunista

 

Sea espontánea o inducida la regeneración, las plantas y animales inician un nuevo ciclo biológico tras el fuego. El suelo carbonizado se descubre para todos y se da una terrible competencia por colonizarlo. En esa batalla, los herederos “legítimos” de los árboles muertos (los árboles rebrotados o replantados) reclaman su derecho milenario, pero esa vegetación oportunista y voraz que es el matorral aprovechará los malos tiempos y su asombrosa capacidad de adaptación para robarle el terreno y los nutrientes al árbol. En ocasiones, la retama, la maleza o las zarzas acaban matando al árbol joven. Los estudios de la Dirección General de Conservación de la Naturaleza sobre la regeneración de la Sierra de Gredos, quemada en 1986, han constatado que los pinos replantados o rebrotados que se criaban junto a las matas de escoba morían asfixiados por éstas. En la valenciana Sierra Calderona, que ardió en septiembre de 1994, el matorral fue por contra la primera vegetación que se plantó para evitar que las erosión (sobre todo, las lluvias de otoño) arrastrasen las capas fértiles de suelo.

 

Incluso, cierto tipo de ecosistemas compuestos básicamente de brezos (un arbusto ramoso bien adaptado a suelos pobres y periodos de sequía) no sólo resisten bien el fuego sino que lo necesitan para ganarle la batalla competitiva a otras especies: mientras estas otras perecen con las llamas, las plantas del brezal perpetúan su existencia desde las cenizas. ¿Cómo? Esparciendo un gran número de semillas -al parecer, el humo favorece la germinación de esas semillas- y rebrotando muchas de las plantas quemadas meses atrás. El brezal además arde más fácilmente cuanto más maduras están sus plantas y preparadas para soltar semillas reproductoras. En cambio, con pocos años de vida y escasas probabilidades de producir y esparcir semillas, el brezal es naturalmente menos propenso a un incendio fortuito y, si, de todos modos, éste se produce -intencionado o natural-, la escasez de biomasa reduce enormemente el alcance de las llamas.

 

En el peor de los casos, el fuego arrasa toda la vida del bosque. Los incendios más graves queman todos los nutrientes del suelo, las semillas esparcidas y los microorganismos indispensables en la cadena biológica. De no mediar una fuerte repoblación, el bosque calcinado quedará para siempre en un páramo de maleza que anticipa el desierto.

 

En el Monte Abantos, incendiado casi por completo el 20 de agosto de 1999, se han plantado nada menos que 400.000 árboles de diversas especies, muchos de ellos, sometidos a sofisticadas técnicas de riego para que la sequía estival no los matara. También fue preciso retirar la madera quemada y otros restos susceptibles de recibir y propagar plagas, así como el cerramiento de la zona afectada para evitar que el ganado se comiera literalmente la repoblación. No por casualidad, la Comunidad de Madrid ha invertido en este espacio de gran valor ecológico de la Sierra de Guadarrama una cifra inhabitual para estos trabajos -720.000 euros-, pero los resultados son espectaculares 10 años después del suceso.

 

Programas de investigación forestal

 

En España existen 31 centros científicos dedicados a desvelar los secretos del bosque. Digitalización de zonas arboladas, “pruebas” del cambio climático en los árboles, efectos de la contaminación en la salud de las plantas, remedios contra la terrible grafiosis de los olmos o identificación del ADN de especies arbóreas para conocer sus diferencias y semejanzas son algunos de los campos de estudio en los que trabaja esa treintenta de centros científicos.

También se estudia, por supuesto, la dinámica post-incendio de los montes. Es el caso del Programa de Regeneración Natural del Pino Pinaster tras Incendios Forestales, un imporante trabajo plurianual que desarrollan el Instituto de Investigaciones Agrarias (INIA, dependiente del Ministerio de Ciencia y Tecnología) y el Centro de Investigaciones Forestales de Lourizán de la Xunta de Galicia. El objetivo de este programa es conocer los factores que condicionan el éxito o no de la regeneración natural del pino pinaster, una de las especies arbóreas más comunes en el monte español. De los resultados del estudio, que serán presentados este otoño, se deduce que los principales factores para esperar que un bosque de “pinaster” incendiado se recupere por sí solo son la intensidad y la frecuencia del fuego(bosques jóvenes y/o que hayan sufrido grandes temperaturas durante el incendio precisan más “cuidados humanos”), las adaptaciones regionales de los pinos (en la zona mediterránea, por ejemplo, las piñas se abren con el fuego más fácilmente que en los bosques gallegos) y la competencia adaptativa de otras especies que pueden invadir el espacio del pinaster tras el fuego.”Son muchos los factores -matiza Carmen Hernando, coordinadora del estudio por parte del INIA- y nos va a resultar difícil obtener un modelo de regeneración para todos los sitios”.

 

Rafael Carrasco / ECOticias.com

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