Nuestra escasa predisposición para hacer frente con éxito a un hipotético cambio climático severo debería hacernos pensar y llevarnos a actuar con mayor prudencia

Podemos preguntarnos por qué un fenómeno meteorológico natural devasta espacios naturales. O no es tan natural como parece, o los espacios forestales no son tan naturales comos creemos, o quizá ya es natural que ello ocurra cíclicamente. Seguramente son las tres cosas. El cambio climático ocasionado por el calentamiento global será (ya es) el sumatorio de muchas alteraciones en el régimen atmosférico, no necesariamente conducentes a climas más cálidos. Nuestros bosques, a su vez, son formaciones forestales secundarias, subsiguientes a talas multiseculares, que exigen tutela permanente, en cuyo defecto, como es el caso, entran en barrena. Finalmente, el «rejuvenecimiento» recurrente de las masas forestales desencadenado por incendios, aludes, nevadas, etc. es un fenómeno natural ecológicamente sabido.

El problema es, en contextos económicos y climáticos progresivamente adversos, no poderse ocupar de los bosques secundarios y, a la par, esperar de ellos prestaciones de primer nivel. El paisaje forestal tiene costo, aunque les salga gratis a excursionistas, oteadores o buscadores de setas. Con los actuales precios de la madera y sin demanda de leña, los propietarios no pueden mantenerlos adecuadamente.. Los exabruptos meteorológicos lo acaban de complicar.

Amfípodos

Como siempre, el problema no es del planeta, sino de los humanos. Los bosques se regenerarán, pero no al ritmo y del modo ajustado a nuestras expectativas. Cincuenta años, que no es nada para un ecosistema forestal, es toda una vida para una persona. No podemos transferir nuestro tempo al entorno, la biosfera tiene el suyo y va a la suya.

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Es capaz de hacerse presente en los sitios más inhóspitos, por ejemplo en las aguas australes sepultadas bajo las ingentes masas de hielo de las banquisas antárticas, o sea los hielos flotantes que permanecen pegados al continente y, en la práctica, prolongan su superficie. Bajo la enorme banquisa permanente de Ross, casi tan grande (485.000 kilómetros cuadrados) como la península Ibérica y con grosores de casi doscientos metros de agua helada, el equipo de Robert Bindschadler, geofísico norteamericano que lleva un cuarto de siglo estudiando los hielos de la Antártica, ha encontrado hace poco un pequeño crustáceo tan campante. Se trata de un anfípodo de la familia de los lisianásidos, parecido a las pulgas de mar de nuestras playas, aunque mucho mayor. Sorprendente hallazgo.

La abrumadora nevada que acaba de afectarnos habría parecido un guiño estival a este animalito; nuestras suavidades primaverales, una insoportable canícula extrema. Estamos más cerca de los pinos tronchados por la nieve que de la pulga marina antártica. Una modesta alteración meteorológica nos provoca gran zozobra. Nuestra escasa predisposición a hacer frente con éxito a un hipotético cambio climático severo debería hacernos pensar. Y movernos a la prudencia.

Ramon Folch – www.sostenible.cat

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