Los albatros que llegan a las aguas de Perú para alimentarse se están encontrando con una trampa que no estaba pensada para ellos. Las líneas de palangre, cargadas de carnada y anzuelos, atraen a estas aves marinas y algunas acaban enganchadas o ahogadas bajo el agua. La buena noticia es que los científicos ya están probando una solución muy simple, una línea con cintas que las aleja del peligro.
No hablamos de un caso aislado. En la costa peruana coinciden una de las zonas marinas más productivas del planeta, el sistema de Humboldt, y varias pesquerías artesanales que usan palangre o espinel. Ahí llegan especies que han cruzado medio Pacífico, algunas desde Nueva Zelanda o Galápagos, justo cuando los barcos también están trabajando. Y ahí empieza el choque.
El anzuelo que no se ve
El palangre funciona con una línea principal de la que cuelgan muchos anzuelos cebados. Para un pez, eso es una trampa. Para un albatros hambriento, puede parecer comida fácil flotando detrás del barco.
El problema aparece durante el lanzamiento y la recogida del aparejo. Las aves se acercan, intentan robar la carnada y pueden tragarse el anzuelo o quedar enredadas. Muchas no salen a la superficie. Es una muerte silenciosa, de esas que casi nadie ve desde tierra.
No hay una cifra cerrada y actualizada para todo Perú, y ese matiz importa. Pero los investigadores sí hablan de un impacto serio. Carlos Zavalaga lo resume con una frase dura y prudente a la vez: «Hablamos de cientos, hasta miles de individuos muertos solo en Perú».
Un mar demasiado atractivo
Perú no es una escala cualquiera para estas aves. El sistema de afloramiento de Humboldt concentra alimento y atrae peces, calamares, petreles, pardelas y albatros de larga distancia. Para la vida marina, es como una gran despensa abierta.
El albatros de Chatham es uno de los ejemplos más llamativos. Puede recorrer más de 7000 kilómetros desde Nueva Zelanda hasta aguas peruanas en apenas unos días. No es poca cosa. Cuando llega, busca comida en las mismas zonas donde operan embarcaciones artesanales.
A eso se suma otro detalle muy cotidiano en la pesca. Algunos restos y vísceras se arrojan al mar, y para las aves funcionan como un imán. Javier Quiñones, biólogo marino del IMARPE, lo describió de forma muy gráfica al hablar de ese descarte: «Es como un manjar para los albatros y petreles».
Especies con poco margen
Entre las especies que preocupan está el albatros de Galápagos, también conocido como albatros ondulado. Pro Delphinus recuerda que esta ave se encuentra en Ecuador y Perú, cría casi exclusivamente en las islas Galápagos y se alimenta sobre todo frente a la costa peruana.
También aparece el albatros de Chatham, clasificado como vulnerable, además del albatros de Salvin y varias especies de petreles y pardelas. El riesgo es mayor porque algunas poblaciones dependen de zonas de cría muy concretas. Si el mar donde comen se vuelve peligroso, el esfuerzo de proteger sus nidos se queda a medias.
ACAP recoge incluso una estimación antigua que ayuda a entender la alarma. Según esa referencia, la pesca artesanal con palangre en Perú pudo llegar a capturar cada año una cantidad equivalente al 5 % o el 13 % de las poblaciones de albatros de Galápagos y de Chatham que se alimentan frente al país. Es una cifra que debe leerse como antecedente, no como cálculo actual cerrado.
Una cuerda con cintas
La medida que más llama la atención por su sencillez es la llamada línea espantapájaros o «tori line». Consiste en colocar una cuerda en la popa con cintas visibles que se mueven con el viento. No captura aves, no cambia la especie objetivo y no requiere una tecnología imposible para una embarcación pequeña.
Los primeros resultados son prometedores. Según el reporte citado por los investigadores, el uso de estas líneas espantapájaros durante la pesquería de tiburón redujo en un 96 % la frecuencia con la que las aves buceaban hacia las artes de pesca. Dicho de otra forma, no elimina el problema de un plumazo, pero baja mucho el riesgo en el momento clave.
ACAP recomienda combinar varias medidas cuando se trata de palangre pelágico. Entre ellas están las líneas con peso para que los anzuelos se hundan rápido, el calado nocturno y las líneas espantapájaros. En la práctica, esto significa cerrar la ventana de tiempo en la que el cebo queda al alcance de las aves.
El reto del perico
Ahora el foco está en una pesquería muy concreta. Quiñones advierte que «las posibilidades de que se produzca una captura incidental» son menores en la pesquería de tiburón que en la de perico. Y eso cambia mucho las prioridades.
La pesca artesanal de perico, también llamado mahi mahi, se concentra de noviembre a abril. La de tiburón azul y tiburón mako se da de mayo a octubre. Son calendarios distintos, con aves distintas y con riesgos que no siempre se comportan igual. Por eso no basta con copiar una receta. Hay que probarla en cada barco y en cada campaña.
¿Qué significa esto para los pescadores? Que la solución tiene que ser barata, segura y fácil de usar. Si una medida complica demasiado la faena, acaba guardada en puerto. Y entonces no salva ni aves ni carnada.
Satélites y normas
El seguimiento por satélite es la otra pieza del rompecabezas. Los científicos están colocando transmisores para saber por dónde vuelan las aves, cuánto tiempo pasan cerca de los barcos y en qué zonas se cruzan con la pesca. Sin esos mapas, regular es casi disparar a ciegas.
El siguiente paso no es solo científico, también político y social. Harán falta formación, incentivos y normas que conviertan estas buenas prácticas en algo normal a bordo. No se trata de enfrentar a pescadores y albatros, sino de evitar que una actividad necesaria mate especies que ya viven al límite.
El informe técnico de referencia del proyecto ha sido publicado por el Acuerdo para la Conservación de Albatros y Petreles (ACAP).













