El hielo parece cosa de invierno y de termómetros, pero la física tiene truco. El agua puede estar por debajo de 0 °C y seguir líquida si no tiene una “semilla” que le ayude a organizarse y cristalizar, algo que a veces vemos en botellas muy frías que se congelan de golpe con un golpe seco.
Un equipo internacional ha identificado ahora una nueva clase de proteínas en hongos del suelo capaces de actuar como ese interruptor. En sus experimentos, las muestras más eficientes congelaron gotas en torno a los -5,6 °C, y el propio artículo recuerda que los nucleadores biológicos más potentes pueden actuar cerca de -2 °C. El estudio se publicó el 11 de marzo de 2026 y apunta a usos en meteorología, criopreservación y alimentos congelados, aunque antes hay que validar seguridad, producción y eficacia en condiciones reales.
Por qué el agua no se congela siempre a 0 °C
Congelar agua no es solo bajar la temperatura. El primer paso es crear un núcleo de hielo, una estructura mínima que luego crece, y eso tiene una barrera energética que puede frenar el proceso aunque el termómetro ya marque valores negativos.
Los autores recuerdan un dato que lo explica muy bien, por encima de -46 °C la nucleación homogénea (cuando el hielo aparece sin “ayuda”) es muy lenta. Por eso, en la naturaleza mandan los nucleadores, desde polvo mineral hasta moléculas biológicas que hacen de plantilla y aceleran la cristalización.
El hongo que pone el hielo en marcha sin estar vivo
El trabajo describe proteínas de hongos de la familia Mortierellaceae, habituales en suelos, que promueven la formación de hielo con alta eficiencia. Los ensayos con lavados acuosos de micelio mostraron modos de congelación alrededor de -5,6 °C a -7,5 °C.
La diferencia con las bacterias “clásicas” es clave para pensar en aplicaciones. En bacterias como Pseudomonas syringae, las proteínas más potentes suelen depender de la membrana celular, mientras que aquí hablamos de proteínas independientes de membrana y solubles, capaces de actuar sin llevarse la célula entera. Eso facilita imaginar una proteína purificada en lugar de usar células vivas.
Un gen bacteriano que acabó en un hongo
Al buscar el origen, el equipo encontró que los genes fúngicos son ortólogos de InaZ, el gen bacteriano asociado a nucleación de hielo, y que lo más probable es que llegaran a los hongos por transferencia horizontal de genes. Los datos apuntan a un salto evolutivo antiguo, de cientos de miles o incluso millones de años, que luego el hongo mantuvo y afinó.
Boris Vinatzer, coautor del trabajo, lo resumió con sorpresa, “se sabe que los hongos pueden adquirir genes de bacterias, pero no es algo común”. Y añadía que no esperaba que “este gen fúngico tuviera origen bacteriano”. Esto ayuda a entender cómo la vida reutiliza “herramientas” y las mejora con el tiempo.
Qué podría cambiar en la siembra de nubes
La siembra de nubes busca aumentar la probabilidad de precipitación en ciertas condiciones, introduciendo nucleadores de hielo en nubes con agua superenfriada. El yoduro de plata es un agente muy usado y el propio estudio recuerda que suele iniciar hielo alrededor de -5 °C.
Aquí conviene bajar el entusiasmo un punto. La Organización Meteorológica Mundial advierte de que es imposible “crear” sistemas nubosos o lograr efectos espectaculares a gran escala, y que las tecnologías que prometen eso deben tratarse con desconfianza. En el fondo, es una herramienta local o regional, no una palanca para el clima global.
La idea de una proteína fúngica entra por otra puerta, la de cambiar el “material” con el que se hace el intento. Vinatzer apunta que, si se aprende a producir suficiente proteína de forma barata, podría usarse en nubes y “hacer la siembra de nubes mucho más segura”. Aun así, la OMM recuerda que cualquier agente nuevo o un aumento grande de uso debe venir acompañado de evaluación ambiental y de salud, y que también hay que vigilar posibles efectos no deseados a sotavento.
De la criopreservación al helado del supermercado
Más allá del cielo, el hielo también importa en laboratorio y en casa. En criopreservación, inducir la congelación antes puede ayudar a evitar cristales grandes que dañan tejidos y células, y Vinatzer lo explicaba así, un nucleador fúngico haría que el agua alrededor de la célula “se congele mucho antes” para proteger lo delicado.
En alimentos congelados, el tamaño del cristal influye en la textura final, y una proteína bien definida podría dar más control que estrategias basadas en células completas. Pero el freno, por ahora, es claro, producir estas proteínas en grandes cantidades y a bajo coste, además de probar su seguridad y su comportamiento real en aplicaciones.
Saber qué moléculas ayudan a congelar el agua en las nubes también puede mejorar cómo los modelos climáticos estiman cuánta radiación atraviesa o refleja una nube. Los investigadores apuntan que identificar esta proteína facilitará medir su presencia en el aire.
El estudio ha sido publicado en Science Advances.

















