En 1867, Nueva Zelanda empezó a liberar truchas comunes para poder recrear la pesca deportiva europea. Para el año 1921, se habían liberado 60 millones de ejemplares, una escala que incluso hoy, resulta complicada de llevar a cabo.
Décadas después se comprobó que esta introducción supuso un cambio en los ríos del país. Un estudio de Colin R. Townsend, de la Universidad de Otago llegó a la conclusión de que esto redujo la población de peces nativos, las separó en refugios pequeños y provocó extinciones locales durante algunos cursos del agua.
Una campaña colonial masiva
Las denominadas sociedades de aclimatación son organizaciones para introducir especies europeas en las colonias. Las sociedades de aclimatación incluso construyeron criaderos y repartieron por un gran número de ríos alevines, convencidos de que así estaban mejorando el paisaje y, de paso, abriendo nuevos horizontes de ocio.
Los ejemplares llegaron de poblaciones británicas en Tasmania, y la expansión fue muy rápida, siendo, a día de hoy, el pez introducido más extendido Nueva Zelanda, así lo recoge Earth Sciences New Zealand.
Peces nativos arrinconados
Varios galáxidos endémicos, pequeños peces propios de Nueva Zelanda fueron los que más pagaron las consecuencias, ya que no estaban aclimatados a convivir con un depredador como este. Las truchas devoran indistintamente, jóvenes y adultos, y además, compiten entre ellos por el alimento y por el espacio.
El resultado podría asemejarse a un mapa roto, es decir, en muchos sistemas, los galáxidos quedaron relegados a lugares que estaba protegidos naturalmente por cascadas, o tramos con poca profundidad, u otros espacios inaccesibles para la trucha. A día de hoy, muchas poblaciones continúan fragmentadas, eso las que aún no se han extinguido.
El cambio llegó a todo el arroyo
Pero los efectos también afectaron a algunas ninfas que permanecían escondidas durante el día bajo piedras para que no las cazaran, y solo salían por la noche para poder alimentarse. Esto reducía el consumo de algas durante las horas de luz. Solo con la presencia de un depredador, se veían afectados los comportamientos de los insectos, y eso provocaba más acumulación de algas.
Proteger sin aislar demasiado
A día de hoy, se están retirando truchas de arroyos prioritarios, y se están instalando barreras para que no pueden regresar. Martha Jolly, de la Universidad de Canterbury, señala que esta gestión por aislamiento, tiene la capacidad de salvar poblaciones vulnerables, pero también las encierra en espacios pequeños.
El riesgo es evidente, por ejemplo, en 2024, el Departamento de Conservación identificó a dos truchas que habían superado las barreras, en Corbies Creek. Ahí, la población de galáxidos se redujo de cien a doce ejemplares. “Retirar las dos truchas salvó a la población de una probable extinción en pocos meses”, explicó el guarda Dean Nelson.
La presión no es solo por las truchas, también por otras especies indígenas que está presionando a los peces nativos.
El estudio principal se publicó en Biological Conservation.



