En la aldea de Ano Vouves, en el oeste de Creta, hay un árbol que descoloca la intuición moderna sobre el tiempo y la biología. El llamado olivo monumental de Vouves mantiene la copa verde y, en la mayoría de los años, vuelve a florecer y a dar una cosecha modesta pero constante. Esa continuidad es la que alimenta su fama (y también el debate) sobre su antigüedad, que las fuentes sitúan en un rango muy amplio, desde los 2.000 hasta más de 4.000 años.
La discusión no es un detalle menor. Si el olivo lleva en pie más de cuatro milenios, su vida habría atravesado el largo arco de la civilización mediterránea (desde las primeras culturas del Egeo hasta el turismo masivo). Si su edad real se acerca más a los dos mil años, seguiría siendo un organismo excepcional, pero el relato cambia. En el caso de Vouves, lo que puede afirmarse con mayor seguridad es que se trata de uno de los olivos productivos más antiguos conocidos y que, además, su conservación se ha institucionalizado como patrimonio natural.
El tronco ayuda a entender por qué el árbol se ha convertido en símbolo. Es grueso, retorcido, con cavidades y formas que parecen esculpidas. Una fuente local lo describe con 12,5 metros de circunferencia y 4,6 metros de diámetro (medidas que lo sitúan fuera de escala frente a un olivar convencional).
Cómo se “mide” la edad de un árbol sin sus anillos
En un pino abatido, la cuenta de anillos suele bastar. En Vouves, no. La madera central se ha degradado con el paso de los siglos, de modo que los anillos más antiguos ya no existen. Eso obliga a trabajar con aproximaciones indirectas, combinando el tamaño del tronco con el contexto arqueológico de la zona y con estimaciones comparativas. En esa incertidumbre se explica que convivan horquillas tan distintas (entre 2.000 y 4.000 años, con autoridades locales que estiran aún más el rango).
La propia literatura científica recoge la magnitud de la estimación. Un trabajo publicado en la revista Plants, centrado en el análisis genómico del árbol, lo presenta como el olivo productor más antiguo conocido y le atribuye una “edad estimada” que supera los 4.000 años.
El hallazgo silencioso que explica su supervivencia
La parte más interesante, desde el punto de vista biológico, no es solo cuántos años tiene, sino cómo ha logrado seguir activo. En el estudio genético y en reconstrucciones divulgativas aparece una explicación clave (el árbol es el resultado de un injerto). En términos prácticos, la base correspondería a un tronco de olivo silvestre o muy antiguo, sobre el que se injertó una variedad cultivada (citada como Mastoidis o Tsounati). Es una tecnología agrícola antigua y eficaz (combinar resistencia y productividad) que, en Vouves, queda literalmente fosilizada en un organismo vivo.
Esa condición de “archivo” agrícola enlaza con un debate más amplio en el Mediterráneo (la diversidad genética del olivo como seguro frente a plagas, sequías y calor extremo). En España, por ejemplo, el Banco Mundial de Germoplasma del Olivo (en Córdoba) mantiene una colección de más de 1.200 variedades procedentes de 29 países, precisamente con la lógica de conservar material genético útil ante un clima cada vez más exigente.
Un monumento natural con efecto turístico
La pervivencia del olivo no se ha quedado en curiosidad botánica. La Región de Creta le otorgó protección formal como monumento natural en 1997, según recoge documentación divulgativa local.
Y el árbol atrae visitantes. La cifra varía según la fuente, pero se mueve en torno a 20.000 personas al año, un flujo notable para un enclave rural.
A su alrededor se ha consolidado un pequeño circuito cultural, con el museo del olivo de Vouves como pieza de acompañamiento para contextualizar herramientas y prácticas tradicionales de cultivo. Ese equipamiento aparece integrado en la oferta de museos del municipio de Platanias, que lo incluye entre sus puntos de interés.


















