Las investigaciones sugieren que el día de la Tierra duró sólo 19 horas durante aproximadamente mil millones de años

Publicado el: 6 de enero de 2026 a las 20:03
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Amanecer sobre la Tierra visto desde el espacio, imagen que ilustra un estudio sobre días de 19 horas

Durante casi mil millones de años, si hubieras vivido en la Tierra habrías tenido días de solo 19 horas. Menos tiempo de luz, menos noche y un planeta que giraba más rápido que hoy. ¿Qué tiene que ver esto con la atmósfera, con la Luna y con la propia vida que respiramos ahora? Los geofísicos empiezan a encajar las piezas y el resultado es bastante sorprendente.

Un día “atascado” en 19 horas

Lo que se enseña en los libros es sencillo. La Luna tira de los océanos, genera mareas y esa fricción roba un poco de energía a la rotación de la Tierra. Con el tiempo, los días se alargan muy despacio, del orden de unas pocas milésimas de segundo por siglo.



El nuevo trabajo va más allá. Un equipo liderado por Ross Mitchell ha recopilado decenas de estimaciones de la duración del día a lo largo de los últimos 2.500 millones de años, usando rocas sedimentarias muy especiales. En esas capas se registran ritmos ligados a las mareas y a los ciclos orbitales de la Tierra, lo que permite calcular cuántas horas tenía un día cuando se formó cada estrato.

Cuando analizaron todos esos datos no vieron una curva suave, sino algo mucho más llamativo. Entre unos 2.000 y 1.000 millones de años atrás, muchas señales independientes se agrupan en torno a un valor muy parecido. El día se quedaba una y otra vez en unas 19 horas.



En palabras de Mitchell, la duración del día dejó de aumentar y “se quedó plana” durante ese intervalo, el periodo que muchos geólogos conocen como el “mil millón aburrido”.

Cuando la atmósfera empuja tanto como la Luna frena

La explicación no está en los océanos, al menos no solo. Además de las mareas marinas, el Sol calienta cada día la atmósfera superior. Ese calentamiento genera oleadas de presión que dan la vuelta al planeta y que se conocen como mareas atmosféricas. Son menos conocidas, pero también ejercen un pequeño empuje sobre la rotación de la Tierra.

La clave está en la frecuencia. Si la duración del día coincide con el “ritmo natural” de esas ondas en el aire se produce una resonancia. Algo parecido a empujar un columpio siempre en el momento justo. En ese escenario las mareas atmosféricas pueden llegar a acelerar ligeramente la rotación, justo en sentido contrario a lo que hace la Luna con los océanos.

El estudio concluye que durante el Proterozoico medio se alcanzó ese equilibrio. La frenada de las mareas oceánicas y el empuje de las mareas atmosféricas se igualaron. El resultado fue una especie de empate cósmico que dejó el día clavado en unas 19 horas durante cerca de mil millones de años.

Días cortos, oxígeno contenido

Ese “atasco” temporal no ocurrió en cualquier momento. Coincide con una etapa en la que la mayor parte del oxígeno del planeta lo producían microorganismos fotosintéticos, sobre todo cianobacterias que formaban alfombras en los fondos marinos someros. Durante el día liberaban oxígeno y por la noche consumían una parte.

Experimentos y modelos con tapetes microbianos modernos muestran algo importante. Cuando los días son demasiado cortos, por debajo de unas 16 horas, estos sistemas llegan a consumir prácticamente todo el oxígeno que generan. A medida que el día se alarga aumenta el tiempo de luz disponible y una fracción mayor de oxígeno consigue escapar al agua y a la atmósfera.

Si la Tierra se mantuvo durante tanto tiempo en días de 19 horas, esa duración habría permitido una producción neta de oxígeno, pero sin grandes excesos. Esta idea encaja con los registros geoquímicos, que apuntan a niveles de oxígeno moderados y bastante estables durante ese “mil millón aburrido” antes de los grandes saltos que favorecieron la aparición de organismos más complejos.

En el fondo, la historia sugiere algo muy potente. La forma en que gira el planeta y la forma en que respira la biosfera están más conectadas de lo que parece.

Lo que sigue pasando hoy con la longitud del día

Todo esto ocurrió hace miles de millones de años, pero la rotación terrestre sigue cambiando. Los relojes atómicos permiten medir que la duración del día moderno varía unas milésimas de segundo de un año a otro. Esas oscilaciones se deben a los vientos, a las corrientes oceánicas e incluso a movimientos del metal fundido en el núcleo externo.

Un análisis de datos entre 1962 y 2012 detectó un ciclo de aproximadamente 5,9 años en la velocidad de rotación, asociado a cambios bruscos en el campo magnético conocidos como “choques geomagnéticos”. Son pequeñas sacudidas en el núcleo líquido que aceleran o frenan de forma sutil el giro del planeta.

Y hoy se suma un actor que conocemos bien: el cambio climático. El deshielo de glaciares y casquetes polares está moviendo grandes masas de agua desde las latitudes altas hacia zonas más cercanas al ecuador. Ese desplazamiento de masa está ralentizando un poco la rotación y alargando el día unas milésimas de segundo por siglo, hasta el punto de que los cálculos indican que a finales de este siglo el efecto del clima podría igualar o incluso superar al de las mareas lunares.

En la vida diaria no notaremos que el día dure unas milésimas de segundo más, pero para los sistemas de posicionamiento, las telecomunicaciones o la definición oficial del tiempo estos cambios ya son relevantes. Y recuerdan que lo que hacemos en la superficie altera también, aunque sea muy poco, la forma en que gira nuestro planeta.

Al final, la misma Tierra que pasó mil millones de años con días de 19 horas sigue llevando esa historia escrita en sus rocas, en su atmósfera y en cada milisegundo que añadimos o quitamos a nuestros relojes. El estudio científico original, titulado «Mid-Proterozoic day length stalled by tidal resonance», ha sido publicado en la revista Nature Geoscience.

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ECOticias.com El periódico verde

Equipo editorial de ECOticias.com (El Periódico Verde), integrado por periodistas especializados en información ambiental: naturaleza y biodiversidad, energías renovables, emisiones de CO₂, cambio climático, sostenibilidad, gestión de residuos y reciclaje, alimentación ecológica y hábitos de vida saludable.

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