Los biólogos no dan crédito: le ponen un GPS a un oso polar y descubren que ha recorrido 88 kilómetros de aguas abiertas

Publicado el: 12 de marzo de 2026 a las 08:05
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Oso polar nadando en el Ártico durante un largo desplazamiento por aguas abiertas debido al deshielo

En los últimos días ha circulado la historia de un joven oso polar con collar GPS que habría nadado unos 88 kilómetros seguidos por el mar de Beaufort, entre Alaska y Canadá, para encontrar hielo donde descansar y cazar. El detalle exacto de ese caso todavía no aparece en ningún estudio científico o nota oficial, pero encaja casi al milímetro con lo que la ciencia viene documentando desde hace más de una década. Los osos polares están viéndose obligados a nadar mucho más y mucho más lejos porque el hielo se les escapa mar adentro.

La pregunta clave es sencilla. ¿Se trata de hazañas aisladas o del síntoma de un problema estructural en el Ártico? Los datos apuntan a lo segundo.



Nados extremos ya documentados por la ciencia

En 2012, un equipo del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) analizó los movimientos de 52 hembras adultas con collar GPS en los mares de Beaufort y Chukchi. Identificaron 50 nados de larga distancia, todos por encima de 50 kilómetros, con recorridos que iban desde unos 54 hasta 687 kilómetros y duraciones de entre menos de un día y casi diez jornadas completas.

De media, esas travesías duraban unas tres jornadas y suponían más de 150 kilómetros a brazadas en aguas que raramente superan unos pocos grados sobre cero. No es un paseo corto hasta la piscina del barrio. Son desplazamientos duros, que exigen mucha grasa acumulada y que resultan especialmente peligrosos para crías, animales viejos o delgados.



Otro trabajo, liderado por investigadores de la Universidad de Alberta y publicado más tarde en la revista Ecography, siguió osos entre 2004 y 2012. En 2012, año de récord de deshielo, el 69 por ciento de las hembras adultas monitorizadas en el mar de Beaufort realizaron al menos un nado de más de 50 kilómetros. En años con menos pérdida de hielo la proporción caía por debajo del 30 por ciento.

El mensaje de estos trabajos es claro en lo esencial. Los osos polares pueden nadar largas distancias, pero lo hacen cada vez más a menudo, y cuando el hielo se rompe antes o se aleja de la costa el riesgo de agotamiento, pérdida de masa corporal y muerte aumenta de forma notable.

El hielo se aleja y el riesgo sube

¿Por qué tienen que lanzarse al agua durante tantos días seguidos? Porque el escenario de fondo ha cambiado. El hielo marino de final de verano en el Ártico se reduce desde 1979 alrededor de un 13 por ciento por década, con mínimos históricos en los últimos años. Esto significa que las plataformas de hielo desde las que los osos cazan focas son cada vez más pequeñas y, sobre todo, se forman y se derriten más lejos de la orilla.

Como resume el especialista Andrew Derocher, que lleva estudiando esta especie desde los años 80, «cuando empecé a estudiar osos polares en 1984, el hielo en el mar de Beaufort se veía desde la costa todo el año». Hoy en septiembre el borde del hielo puede quedar a varios cientos de kilómetros mar adentro, algo impensable hace unas décadas.

En esas condiciones, algunos animales eligen seguir el hielo flotante a medida que se retira y otros se quedan más cerca de la costa. Los que se quedan se ven forzados a cruzar grandes superficies de agua abierta para alcanzar de nuevo zonas con hielo o tierra firme. En 2004, por ejemplo, un estudio con observaciones aéreas describió varias osas ahogadas tras una tormenta, y estimó que decenas de animales podrían haber muerto durante esos nados forzados en mar abierto.

Nadar, además, sale caro en términos energéticos. Un análisis publicado en la revista Science calculó que las osas adultas gastan de media más de 12.000 kilocalorías al día y que sus necesidades energéticas son un 60 por ciento mayores de lo que se pensaba. Si para colmo tienen que cubrir cientos de kilómetros a nado porque el hielo falta, el margen entre sobrevivir y perder demasiada masa se estrecha todavía más. Y eso se nota.

Oso Polar | Vídeo: USGS

Una especie ya en la cuerda floja

A escala global, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasifica al oso polar como especie «Vulnerable», con una población mundial de unas 26.000 individuos repartidos en 19 subpoblaciones. No es una cifra bajísima, pero los modelos apuntan a descensos importantes si el hielo sigue desapareciendo.

Un estudio publicado en 2020 en la revista Nature Climate Change estimó que, si las emisiones de gases de efecto invernadero continúan en los niveles actuales, muchas poblaciones podrían empezar a sufrir fallos reproductivos graves a partir de mediados de siglo, con colapsos locales antes de 2100.

Al mismo tiempo, otros trabajos recuerdan que la respuesta no es idéntica en todo el Ártico. En zonas como Svalbard, algunos osos muestran por ahora una condición física relativamente buena, en parte porque han diversificado su dieta o concentran la caza donde aún queda hielo. Esa aparente resiliencia, sin embargo, se considera probablemente temporal si el calentamiento continúa.

Qué tiene que ver todo esto con nosotros

Detrás del largo nado de un oso concreto, del récord de 687 kilómetros de una hembra seguida por GPS o del aumento de nados de más de 50 kilómetros en el mar de Beaufort, hay un denominador común. El hielo sobre el que los osos polares dependen para cazar focas se está rompiendo antes, se aleja más de la costa y permanece menos tiempo cada año, en línea con los mínimos históricos de hielo marino y las olas de calor que vienen señalando servicios como Copernicus en los últimos veranos.

Reducir las emisiones de CO2 y de otros gases de efecto invernadero no es una idea abstracta ni una consigna lejana. En la práctica significa alargar la temporada en la que hay hielo suficiente para que los osos cazen sin tener que jugarse la vida en travesías imposibles. Significa menos días de ayuno y más margen para que las crías lleguen a la edad adulta, y al mismo tiempo reduce los impactos del cambio climático sobre la salud humana en forma de olas de calor cada vez más mortales.

Los científicos insisten en que aún estamos a tiempo de evitar los escenarios más extremos, pero el reloj corre más deprisa que la política. Medidas como acelerar la transición a renovables, mejorar la eficiencia energética o reducir el desperdicio de combustibles fósiles no solo afectan a la factura de la luz en casa. También determinan cuántos osos seguirán caminando sobre el hielo dentro de unas décadas y cuánto margen tendrá el Ártico para seguir funcionando como regulador climático del planeta.

El estudio científico de referencia sobre estos nados de larga distancia se ha publicado en el Canadian Journal de Zoology.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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