Naturaleza

Los gigantes de África desaparecieron porque dejaron de evolucionar: 23 millones de años cambian la historia

Animales enormes con formas muy diferentes a los que conocemos en la actualidad desaparecieron de la faz de la tierra por no poder evolucionar, según han descubierto un grupo de científicos gracias al estudio de fósiles y la IA.

Los gigantes de África desaparecieron porque dejaron de evolucionar: 23 millones de años cambian la historia

¿Y si nos equivocamos desde siempre culpando a nuestros ancestros de acabar con las grandes especies? Un nuevo hallazgo desmonta el mito de que el ser humano fue el ‘agente’ exterminador en África. El verdadero responsable detrás de esta catástrofe histórica te dejará sin palabras. Los gigantes de África desaparecieron porque dejaron de evolucionar.

Los colosales animales de más de una tonelada no cayeron bajo lanzas ni trampas humanas. La ciencia confirma que su trágico final empezó muchísimos milenios antes de que existiera cualquier cazador capaz de fabricarse sus propias armas mortales.

Analizando miles de fósiles mediante inteligencia artificial, los paleontólogos descubrieron un desequilibrio fatal: la naturaleza redujo severamente su ritmo de evolución mientras el clima transformaba drásticamente el continente en un árido desierto.

Las especies pequeñas se multiplicaron adaptándose al entorno, pero los gigantes colapsaron al ser incapaces de renovarse. Es evidente que hoy debemos cuestionarnos si estamos cometiendo el mismo error al ‘jugar’ con el futuro de nuestro planeta.

Los gigantes de África desaparecieron porque dejaron de evolucionar y la naturaleza es sabia

Imagínate África hace millones de años. No era la sabana que conocemos hoy, sino el reino de animales enormes que superaban holgadamente la tonelada: elefantes con colmillos curvos hacia abajo como guadañas, hipopótamos descomunales, jirafas gigantescas y unas criaturas rarísimas llamadas calicotéridos. Durante décadas, nos han contado que terribles cambios climáticos acabaron con la existencia de estos titanes o que fueron nuestros antepasados los que los cazaron hasta borrarlos del mapa.

Un estudio recientemente publicado en Nature Communications le da la vuelta a la tortilla: estos colosos se extinguieron sencillamente porque eran lentos a la hora de evolucionar. No les daba la vida para crear nuevas especies al ritmo vertiginoso que exigía un planeta cada vez más seco y devorado por las praderas.

Los gigantes de África desaparecieron porque dejaron de evolucionar. Detrás de este descubrimiento hay un equipo de científicos liderado por Juan López Cantalapiedra (del Museo Nacional de Ciencias Naturales, MNCN-CSIC), junto a integrantes del CENIEH, la Estación Biológica de Doñana y la Universidad de Alcalá, que además demostraron que el declive empezó muchísimo antes de que el ser humano pisara con fuerza el planeta.

¿Cómo lo han averiguado? Muy sencillo: se han propuesto reconstruir el árbol genealógico de los herbívoros africanos de los últimos 23 millones de años, analizando nada menos que 3.327 fósiles de 396 especies. Mezclando la paleontología clásica con algoritmos de inteligencia artificial, descubrieron que hace 7,2 millones de años el clima se volvió árido y desértico y gracias a ello, algunas especies desaparecieron y otras dieron un salto cuantitativo en cuanto a su evolución.

La extinción se produjo en el Pleistoceno

Pero el verdadero punto de no retorno ocurrió hace casi tres millones de años, en pleno Pleistoceno. La extinción iba mucho más rápido que la vida, por lo que se morían más individuos de los que nacían. Y ojo, que esto pasaba cuando cazar mamuts era impensable, puesto que no existían las herramientas que permitieran semejante hazaña.

En esa trituradora evolutiva cayeron joyas de la naturaleza como el Deinotherium —un pariente del elefante con los colmillos hacia el suelo que parecía sacado de una pesadilla— o los Anthracotheriidae, unos primos lejanos del hipopótamo bastante parecidos a un cerdo gigante.

«La idea de que los más grandes caían más rápido es un mito. De hecho, su tasa de extinción era un pelín menor. El problema real es que tardaban una eternidad en parir especies nuevas«, explica Juan L. Cantalapiedra.

Para que te hagas una idea: en plena sequía extrema, los animales de menos de 45 kilos se extinguían un 15 % más rápido que las moles de una tonelada, pero compensaban el golpe creando especies nuevas a un ritmo 2,2 veces superior. Eran pura dinamita evolutiva.

«Esa agilidad salvó a los pequeños y medianos», apunta Óscar Sanisidro, de la Universidad de Alcalá. «Los gigantes, en cambio, se quedaron sin repertorio. No nacían suficientes para reponer las bajas. Y por si fuera poco, la aridez recortó un 20 % la aparición de nuevas especies grandes».

Al final, las praderas ganaron terreno, el agua escaseó y el ecosistema entero mutó. Por eso, como zanja Ignacio A. Lazagabaster (CENIEH): «Aunque el humano haya rematado a cuatro en la recta final, la culpa de que estos titanes desaparecieran no fue nuestra, sino de su propia lentitud biológica».

Los gigantes de África desaparecieron porque dejaron de evolucionar al ritmo que exigían los cambios

Los gigantes de África desaparecieron porque dejaron de evolucionar. Los gigantes que una vez dominaron África no se extinguieron porque los matara el gran tamaño, sino porque se quedaron atrapados en su propia lentitud evolutiva. Así de claro lo deja el análisis de 3.327 fósiles de 396 especies distintas: la idea de que ser enorme era una sentencia de muerte inmediata ha sido desmontada. Su verdadero talón de Aquiles fue la falta de reflejos para reinventarse. Mientras las criaturas pequeñas y medianas generaban nuevas especies a un ritmo hasta 2,2 veces más rápido, los grandes colosos veían cómo sus filas se vaciaban sin que naciera nadie para tomar el relevo.

El drama no empezó de la noche a la mañana. Hace 7,2 millones de años, la aridez comenzó a devorar el paisaje africano y hace unos 3 millones de años el problema se agravó. Y todo esto ocurrió muchísimo antes de que los primeros humanos tuvieran la tecnología o la maña necesarias para convertirse en cazadores temibles. Este descubrimiento, capitaneado por el MNCN-CSIC, deja una lección de vida: cuando el suelo que pisas cambia por completo, de nada te sirve aguantar los golpes si no eres capaz de renovarte antes de que se agote el tiempo.

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