Naturaleza

Los grandes abejorros podrían ser los primeros perjudicados por el aumento del CO₂ mientras algunas especies pequeñas salen beneficiadas

El aumento del CO₂ podría estar perjudicando a los grandes abejorros mientras algunas especies pequeñas resisten mejor.

Los grandes abejorros podrían ser los primeros perjudicados por el aumento del CO₂ mientras algunas especies pequeñas salen beneficiadas

Las abejas grandes podrían estar pagando un precio inesperado por el aumento del dióxido de carbono. Un estudio realizado en 25 lugares de Pakistán encontró que, donde las concentraciones locales de CO₂ eran más elevadas, los polinizadores de mayor tamaño aparecían en menor número y con una riqueza de especies más baja.

Las especies pequeñas mostraron una tendencia distinta y, en algunos casos, fueron más abundantes conforme aumentaba el CO₂. Pero esto no significa que todas vayan a salir ganando ni que el gas sea el único responsable. El hallazgo describe una asociación observada en el campo y abre una pregunta seria sobre el futuro de la polinización.

El tamaño marca la diferencia

El equipo dirigido por Shahmshad Ahmed Khan, de la Universidad de Sargodha, dividió a los insectos según su longitud corporal. Las abejas de 15 milímetros o más se consideraron grandes, mientras que en los sírfidos (moscas polinizadoras que a menudo parecen abejas) el límite se fijó en 10 milímetros.

Entre las especies grandes asociadas a los descensos estaban Bombus asiaticus y Xylocopa pubescens. En cambio, grupos pequeños como Ceratina y Lasioglossum parecieron tolerar mejor los lugares con más CO₂. La señal general fue clara, aunque no idéntica para todas las especies.

Conviene aclarar un detalle. El trabajo midió abundancia y riqueza de especies, no diversidad genética. No se analizaron muestras de ADN, por lo que hablar de una pérdida genética directa iría más allá de los datos disponibles.

Cuatro años de observaciones

Los investigadores trabajaron en la meseta de Pothwar, en Punjab, entre septiembre de 2018 y mayo de 2022. Seleccionaron 25 enclaves repartidos por cinco distritos y situados entre 350 y 2291 metros de altitud.

Los muestreos fueron semanales, salvo en diciembre y enero, cuando la actividad era baja. En cada lugar se recorrieron cuatro transectos permanentes de 50 metros y se identificaron abejas y sírfidos hasta el nivel de especie cuando fue necesario.

El conjunto abierto reúne 4375 registros. Además del CO₂ medido a un metro del suelo, el análisis incorporó temperatura, humedad, lluvia, altitud, uso del terreno y estructura del hábitat. No es poca cosa.

Lo que todavía no demuestra

El estudio muestra lo que sucede en paisajes reales, no dentro de una cámara de laboratorio. Esa es su fortaleza, pero también su límite. Una relación estadística consistente no demuestra por sí sola que el CO₂ causara directamente cada descenso observado.

Las concentraciones locales cambian con la vegetación, el tráfico, la actividad humana, la altitud o el momento del día. Los autores controlaron varios factores mediante modelos estadísticos, pero siempre pueden quedar variables sin medir. Por eso el resultado es una señal de alerta, no una predicción cerrada para todo el planeta.

Tampoco se identificó un mecanismo fisiológico concreto. El equipo plantea que las mayores necesidades metabólicas de los insectos grandes podrían volverlos más sensibles, aunque esa explicación no fue comprobada directamente.

El CO₂ también cambia las flores

El efecto podría llegar a los polinizadores a través de las plantas. Una investigación anterior comprobó que el aumento del CO₂ redujo alrededor de un 25 % la proteína del polen de la vara de oro canadiense, un alimento importante para muchas abejas norteamericanas.

Pero no todas las flores responden igual. Un experimento publicado en 2024 encontró efectos pequeños y muy dependientes de la especie sobre la química del polen y el crecimiento vegetal. En un prado real, la respuesta puede ser bastante desigual.

Para una abeja grande, una pérdida de calidad podría pesar más porque necesita más energía para crecer y volar. Las especies pequeñas requieren menos recursos y pueden aprovechar flores más modestas. Es una explicación posible, no una prueba de lo ocurrido en Pakistán.

Por qué importan las abejas grandes

El tamaño no es solo una cuestión de apariencia. Las abejas grandes suelen recorrer distancias mayores y transportar más polen, conectando plantas separadas dentro del paisaje.

Algunas, como las carpinteras del género Xylocopa, realizan polinización por vibración. Se agarran a la flor y hacen trabajar los músculos del tórax como un pequeño diapasón para liberar el polen. Tomates, berenjenas y numerosas plantas silvestres se benefician de este comportamiento.

Si disminuyen estos visitantes, una especie pequeña no siempre puede sustituirlos con la misma eficacia. Más del 75 % de los principales tipos de cultivos alimentarios depende al menos en parte de la polinización animal, mientras que los polinizadores influyen en torno al 35 % de la producción agrícola mundial por volumen. Lo que ocurre en una flor termina llegando al mercado.

No existe un umbral universal

En los datos del estudio, la mayor abundancia y riqueza se concentró entre 300 y 400 partes por millón de CO₂. Eso no convierte los 400 ppm en una frontera segura para todos los insectos, plantas o regiones.

La concentración media global alcanzó aproximadamente 425,3 ppm en 2025, según Copernicus. Pero esa cifra procede de mediciones satelitales de toda la columna atmosférica, mientras que el estudio tomó lecturas locales cerca del suelo. Compararlas como si fueran idénticas sería engañoso.

Lo relevante es la dirección del cambio. Si otros trabajos confirman esta respuesta, las comunidades podrían perder polinizadores con funciones difíciles de reemplazar aunque el número total de insectos no caiga de inmediato.

Qué se puede hacer

Reducir las emisiones sigue siendo la medida de fondo. Pero los polinizadores también necesitan margen para resistir mientras el clima cambia, y ese margen se construye sobre el terreno.

En España y el resto de Europa, conservar setos, lindes, bosques, pastizales y corredores verdes facilita que encuentren alimento y puedan desplazarse. También ayudan las flores autóctonas durante buena parte del año, menos siegas, menos insecticidas de amplio espectro y la conservación de suelo desnudo, tallos y madera muerta donde muchas abejas silvestres anidan.

Estas acciones no rebajan el CO₂ de un día para otro. Sí evitan que la falta de alimento, la fragmentación y los pesticidas se sumen al mismo tiempo. Para las abejas grandes, cada presión menos puede marcar la diferencia.

El estudio ha sido publicado en Global Ecology and Biogeography.

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